El silencio que se sentía en esas cuatro paredes era ensordecedor y Adhara no pudo hacer otra cosa que pensar en que esa había sido la habitación en la que su hermana había pasado sus últimos meses de vida.
Dio un vistazo a su alrededor, notando cada cosa: la enorme cama, en la que seguramente había llorado durante muchas noches solitarias; el mullido sillón en el que podía imaginársela leyendo una de sus típicas novelas de romance.
Adriana era una romántica empedernida y lo que más lamentaba de su partida, era saber que no había llegado a conocer el amor, que no la habían llegado a amar como se lo merecía.
Los ojos de Adhara rápidamente se llenaron de lágrimas y no pudo contener la fuerza de aquellas gotas saladas, que no dejaban de fluir cuál cascada desbocada. Los acontecimientos de los últimos días le estaban pasando factura de una forma muy cruel.
Extrañaba a Adriana, extrañaba tenerla consigo… Y odiaba su nueva realidad, esa en la que tenía que fingir ser la esposa de su peor enemigo.
Luego de varias horas de insomnio, Adhara finalmente se había quedado dormida para despertar muy temprano aquel miércoles laboral.
El acuerdo al que había llegado con Oliver se pondría en marcha ese mismo día y estaba ansiosa por conocer al resto del personal de la empresa y poner a funcionar su plan.
Unos repentinos golpes en la puerta hicieron que su cuerpo entrara en tensión.
Luego de la partida de Oliver, se había encargado de colocar el seguro, porque, evidentemente, no podía confiar en ningún m*****o de esa casa, ni siquiera en el personal de limpieza.
—Señora Adriana, ¿está despierta? —la voz educada del otro lado, le hizo saber que se trataba de alguien de la servidumbre.
Adhara se aproximó con cautela y abrió la puerta, dejando solamente una pequeña abertura lo suficientemente grande como para ver de quién se trataba.
La sirvienta del otro lado se quedó extrañada al ver que su señora no parecía dispuesta a apartarse y dejarla entrar, como era costumbre. Así que con una sonrisa amable, señaló la bandeja como única justificación de su presencia a tan tempranas horas.
—¡Muy buenos días, señora, le he traído el desayuno! —anunció con obviedad, al ver que no se movía.
Sin embargo, Adhara no se movió y miró aquella bandeja como si fuese la raíz de todos sus males.
Estuvo tentada ante la idea de decirle que no, que no le apetecía comer nada de lo preparado en ese lugar; pero de repente, una brillante idea paso por su mente. Porque sí, aunque la mente maestra detrás de la muerte de su hermana era Oliver, también tenía que reconocer que había pequeños cómplices que se encargaron de hacer el trabajo sucio. Y uno de esos cómplices podría ser esa mujer que tenía justo al frente.
—Adelante —sonrió Adhara apartándose y permitiendo que introdujera la bandeja con el desayuno.
Greta entró con confianza y dejó el contenido sobre una mesita de noche, luego, sentándose en una silla cercana, juntó las manos en su regazo, antes de comenzar a parlotear con familiaridad:
—Estuvimos muy preocupados por ti, Adriana —la tuteo como si fueran amigas de toda la vida. Dato que Adhara no pasó desapercibido y anotó en su memoria—. Luego de lo que Jorge nos contó sobre cómo la señora te había golpeado, pensamos que no volverías. Pero nos alegra saber que estás de vuelta y…—la miró atentamente con una ligera sospecha—. Y veo que las heridas sanaron rápido. ¡Te ves como nueva!
—¿Entonces estaban preocupados por mí? —repitió Adhara lentamente, como si no terminara de tragarse esa versión de los hechos.
Esa mujer que se comportaba como una confidente, podría ser incluso la encargada de verter el veneno en sus alimentos. Sin duda, su hermana se había sentido lo suficientemente sola como para recurrir a la servidumbre para hacer amistades.
—Sí, por supuesto… —siguió hablando Greta sobre lo ocurrido luego de su partida, sobre cómo aquella mujer, de nombre Anastasia, se marchó ese día con el cabello desacomodado y una sonrisa de satisfacción.
Esos eran sus enemigos e incluso Greta podría formar parte de la lista. Una vez la sirvienta se marchó, Adhara sacó un par de guantes de su cartera y tomó una parte del desayuno para luego enviarlo a examinar al laboratorio, necesitaba confirmar quienes eran sus aliados y, quienes, por el contrario, formaban parte de las marionetas de Oliver.
Para el final de la tarde, Adhara había confirmado que el desayuno tenía una pequeña dosis de veneno, que si era consumido de forma constante podría ser letal, justo como había sido el caso de su hermana Adriana.