Capítulo 1: La armadura de una líder
La secundaria no es una escuela; es una selva. Y como en toda selva, o eres el depredador o eres la presa.
Yo venía de ser la reina de la cadena alimenticia en la primaria. Siempre fui la líder, la que organizaba los juegos, la que todas querían tener como mejor amiga porque era divertida, amable y, sobre todo, porque no le tenía miedo a nada. O eso era lo que les hacía creer. Mi mamá, una mujer forjada en hierro, me grabó una máxima en el alma desde que aprendí a dar mis primeros pasos: "El hecho de que cojees no te hace diferente. El que te señale es peor que tú, porque su ceguera mental es más grande que tu defecto físico".
Así crecí. Con mis dos hermanos varones y mi hermana mayor cuidándome entre juegos rudos y una delicadeza que a veces me asfixiaba. Pero la secundaria... la secundaria era otro boleto.
El primer día sentí un frío que no tenía nada que ver con el clima de la Ciudad de México. Mientras nos formaban por grupos, yo sentía cómo la mirada de las otras niñas me devoraba. Ya no era la niña líder de la primaria; ahora era "la niña que camina raro" en un mundo donde todas empezaban a usar labial, a plancharse el pelo y a buscar desesperadamente la aprobación de los niños.
Mi extroversión era mi escudo. Ser la "rebelde", la que contestaba, la que siempre tenía un chiste ácido en la punta de la lengua era agotador, pero necesario. Por dentro, solo quería gritar que estaba cansada de ser valiente. Que me moría de miedo de que alguien me rechazara antes de conocerme.
Durante ese primer año, aprendí a navegar las aguas de la adolescencia. Vi besos de esos que solo salían en La Usurpadora, de esos intensos que se daban en las jardineras de la escuela, y por primera vez, sentí el golpe.
Fue como un batazo directo al centro del pecho. Se llamaba Felipe.
Iba en segundo año. Era alto, de piel clara y con esas mejillas siempre chapeadas que lo hacían ver como salido de un sueño. Cada vez que pasaba cerca, mi seguridad se desmoronaba como un castillo de naipes. Mis amigas, con esa insistencia adolescente, se ofrecían a presentármelo, pero yo siempre decía que no con una sonrisa arrogante.
—"Ay, no, niñas, qué flojera con ese niño" —decía, mientras por dentro el corazón me latía en la garganta.
La verdad era que me moría de vergüenza. Me aterraba que, al acercarme, él no viera mis ojos o mi sonrisa, sino que bajara la mirada hacia mis piernas y sintiera lástima. O peor aún, asco. El miedo al rechazo es una cárcel silenciosa, y yo me encerré en ella durante todo un año escolar, amando a Felipe en secreto, escribiendo su nombre en libretas que luego rompía.
Nunca le dije nada. Y ahora sé que cuando uno calla, se pierde de una vida hermosa... o de una vida miserable. Pero el silencio nunca te da respuestas.
Lo que yo no sabía, mientras veía a Felipe alejarse por el pasillo de tercer año al terminar el ciclo, era que el destino no se iba a quedar de brazos cruzados. Porque al entrar a segundo, el universo me tenía preparado un encuentro que cambiaría mi forma de caminar para siempre.
No fue Felipe quien rompió mi silencio. Fue alguien que entró a mi vida de la manera más extraña posible.
Este cierre del capítulo 1 es fundamental porque establece el contraste entre la "reina" Noemí y la "rebelde" Valeria, además de introducir ese cambio físico que marca el inicio de su transformación. Aquí tienes la continuación narrativa para tu historia en Dreame:
Terminé el primer año con la sensación de haber sobrevivido a la primera gran prueba. Tenía a mis dos anclas, Camila y Diana, quienes hacían que las risas en el recreo pesaran más que las miradas indiscretas en los pasillos. Porque, aunque yo caminaba como si el suelo fuera mío, no era ciega: sabía que algunos me respetaban, pero otros clavaban sus ojos en mi cadera con una curiosidad que me quemaba la piel.
Y luego estaba Felipe. El solo verlo a lo lejos me robaba el oxígeno. Una vez, el destino —o la mala broma de mis amigas— intentó ponérmelo enfrente para presentárnoslo. Sentí que la sangre se me subía a las mejillas y, por poco, salgo corriendo. Fue humillante, sobre todo porque Felipe se dio cuenta. Se rió. No fue una risa amable; fue esa risa de quien sabe que tiene el control, burlándose de la niña tonta que lo miraba como si fuera un dios. Esa tarde, mi armadura de líder se sintió de papel.
Al llegar las vacaciones, decidí que el segundo año sería diferente. En las secundarias de México, la metodología de mezclar los grupos es casi una tradición para que todos nos conociéramos, y yo no iba a ser la misma.
Me llamo Valeria, tengo doce años —casi trece— y ese verano cometí mi primer gran acto de traición familiar. Mi mamá siempre tuvo la creencia de que el cabello largo era el sello de la feminidad; para ella, cortárselo era sinónimo de rebeldía pura. Yo cargaba con una melena pesadísima que, por reglamento escolar, siempre debía ir recogida en trenzas o coletas apretadas. Así que, un día, simplemente lo hice: me lo corté arriba del hombro.
Me miré al espejo. El cabello corto enmarcaba mis rasgos que empezaban a endurecerse, dejando atrás la cara de niña. Estaba bajando de peso, mi cuerpo comenzaba a cambiar, aunque mis atributos todavía estaban lejos de ser los de una protagonista de novela. Pero me sentía más ligera. Más yo.
El primer día de Segundo "B" fue como entrar a un escenario nuevo. Entre caras conocidas y extraños, elegí un pupitre a mitad de la fila. Y ahí fue donde conocí a Noemí.
Si yo era la rebeldía de cabello corto, ella era la encarnación de una princesa de cuento. Noemí se sentó frente a mí y, honestamente, era intimidante: alta, de piernas torneadas, con una cintura pequeña y un busto que ya marcaba presencia a sus trece años. Tenía una piel blanca impecable y unos ojos claros que te atrapaban al instante.
—Hola, Vale —me dijo con una sonrisa perfecta—. Tú eres muy amiga de Ariel, ¿verdad?
Resulta que Ariel, uno de mis mejores amigos del año pasado, había sido su novio. Noemí me confesó, entre susurros mientras el profesor anotaba el reglamento en el pizarrón, que incluso llegó a sentir celos de mí.
—Él me hablaba mucho de ti —me explicó, con una pizca de melancolía en la voz—. Me puse celosa varias veces, pero luego entendí que solo eran amigos... Lo extraño mucho, ¿sabes? Creo que de verdad quiero estar con él.
La miré y, por un momento, mi seguridad flaqueó. Noemí representaba todo lo que la sociedad esperaba de una niña de secundaria: belleza, dulzura y el drama del primer amor. Yo, en cambio, era la amiga del exnovio, la chica que cojeaba y que se escondía detrás de un corte de cabello rebelde.
Lo que Noemí no sabía es que pronto, ese salón de clases dejaría de ser solo el lugar donde ella suspiraba por Ariel. Porque justo al lado de ella, en el pupitre vecino, estaba por aterrizar el chico que nos pondría la vida de cabeza a las dos.