XIX APENAS había terminado Vinicio la lectura de esta carta, cuando Quilón penetró en su biblioteca, sin haber sido anunciado, pues tenían orden los sirvientes de admitirlo a cualquier hora del día o de la noche. —¡Cólmete de favores la divina madre de tu magnánimo antepasado Eneas, cual conmigo lo ha hecho el hijo de Maya! —¿Qué quieres decir? —preguntó Vinicio saltando del asiento donde se hallaba, junto a la mesa. Quilón alzó la cabeza y dijo: — Eureka! El joven patricio se hallaba tan excitado que por largo tiempo no pudo articular palabra. —¿La has visto? —preguntó, por fin. —He visto a Urso y he hablado con él. —¿Sabes, entonces, dónde se hallan ocultos? —No, señor. Otro hombre, por vanidad, hubiera hecho saber al ligio que había adivinado quién era; o bien hubiera intentad

