XIX AL despedirse Vinicio del apóstol, se dirigió a la prisión reconfortado con nuevas esperanzas. En las profundidades de su alma sentía aún voces íntimas de terror y desesperación, pero trató de sofocarlas. Le parecía imposible que la intercesión del vicario de Cristo y el poder de su plegaria no tuvieran eficacia. Temía no tener esperanzas, temía dudar. «He de creer en su misericordia —se decía—, aunque la tenga que ver entre los colmillos de un león». Ante esta idea, a pesar de estremecérsele el alma entera y recorrer un frío sudor sus sienes, creía. Hasta el último latido de su corazón se convertía entonces en una plegaria. Empezó a comprender que la fe podía remover las montañas, porque él mismo sentía ahora una maravillosa fuerza que antes no había advertido en su ser íntimo. Le

