Para cuando Rocco aparcó en el garaje, mi mano ya estaba completamente curada, aunque habíamos parado a comer demasiada comida rápida por el camino. Me sorprendió muchísimo, pero Rocco me recordó que la curación rápida era parte de ser un hombre lobo, así que intenté no preocuparme demasiado. Estábamos subiendo las escaleras, chocándonos las manos al caminar, cuando se oyó un fuerte golpe en la puerta principal. Fruncí el ceño y miré a Rocco. Frunció el ceño mirando hacia la puerta. —Puedes vestirte, yo te ayudo —me dijo, bajando las escaleras. Aunque mi lobo quizá no hubiera tenido problema con tanta separación, no quise comprobarlo. Sobre todo porque quería ver quién llamaba a la puerta tan tarde. Rocco abrió la puerta de un tirón, y mis cejas se alzaron cuando miré por encima de s

