Mi loba se acurrucó junto a Rocco y cerró los ojos. Cuando se durmió, yo también caí rendida. No despertó hasta la mañana siguiente, cuando Ozzy llamó a la puerta sin cesar. Gritó que iba a entrar —seguido de una disculpa, pero admitiendo que le preocupaba que Rocky me hubiera mordido— y unos minutos después, estaba de pie en la puerta. Mi loba le lanzó una mirada soñolienta. Rocco la abrazaba, con el trasero de espaldas a la puerta pero oculto por las mantas. La emoción se reflejó en el rostro de Ozzy. Lo conocía lo suficiente como para saber que sentía gratitud por haber avanzado Rocco y yo a la siguiente etapa del proceso de apareamiento, y tristeza porque Oscar, alias Ryder, nunca había llegado a ese punto con su pareja. —Le haré saber a la manada lo que ha pasado. Llámame cuando

