Aparté la cortina de la ducha y entré con el imbécil al que tenía ganas de estrangular. Se giró hacia mí, sorprendido. Me puse las manos en las caderas. —Tenemos que hablar. Me da igual si quieres o no; al menos me debes una maldita conversación antes de que me vaya de aquí—. Parpadeó. Y parpadeó de nuevo. —¿Qué?— —¿Qué quieres decir con «qué»? Tu lobo me atacó... ¡Me mordió, justo en la parte interna del muslo! —Señalé mi pierna, justo debajo de la v****a. Rocco me miró fijamente más tiempo del debido antes de volver a negar con la cabeza y sostenerme la mirada—. Así que, como mínimo, dime por qué les has mentido a tus padres sobre la muerte de tu hermano y por qué estás tan empeñada en odiarme. Se burló. —Te estaba preguntando 'qué' cuando dijiste que te ibas a mudar—. Me reí sin

