Aflojó los puños y se giró para mirarme de frente. Su mirada me taladró el alma. «Si alguna vez te hiciera daño, de la forma que fuera, mis compañeros de manada me arrancarían la piel de un mordisco, y me lo merecería. No sé qué te ha pasado para que pienses que eso es lo que me pasa por la cabeza, pero jamás se me ocurriría. He intentado con todas mis fuerzas no arrastrarte a mis brazos y hacerte el amor». Mi instinto me decía que no le creyera, pero la parte lógica de mí sí le creyó, porque había tenido muchas oportunidades de hacerme daño y no había aprovechado ninguna. Y… me hizo sentir bien. Así que, cuando volvió a mirar la tele, con el cuerpo aún tenso, le quité el plato de tarta del sofá y me puse a comer. Estaba tan llena que casi vomitaba, pero no podía parar. Cuando terminé

