SERGEI Observo los ojos cristalizados, nublados por una lujuria y un deseo que mi esposa ya no puede ocultar. Había sentido su presencia todo este tiempo; sus ojos devorando cada centímetro de mi cuerpo desnudo desde la entrada del baño. Cree que ha sido silenciosa, pero gracias a mi trabajo y a los años de supervivencia, mis sentidos siempre están en alerta máxima. Ayer intentó evadirme, pensó que me había tragado el cuento de que ya estaba profundamente dormida cuando entré en nuestra habitación. Pero yo sabía la verdad: sentía vergüenza por el beso, quería más, pero se cohibía de pedirlo. Esa fachada de timidez se acaba hoy mismo. Sé que debo tener paciencia con ella; no quiero que su mente colapse mientras me la esté follando por la brutalidad del acto. Sé que, como un buen esposo o

