Meses después.
SERGEI
Le doy otro trago al vaso de vodka, dejando que el calor ardiente baje por mi garganta, como una ráfaga que me golpea el pecho. Mis dedos encuentran el puente de mi nariz, presionando mientras suspiro y dejo que el sabor se asiente en mi boca, un alivio temporal para lo jodido que me siento.
Joder me siento como la mierda. Meses evitando a Kali como si fuera una plaga, pero maldita sea me cuesta verla con ese imbécil. Saber puede tener lo que yo por muchos años he anhelado me jode.
Siempre supe que ella tenía una vida s****l activa, pero de saberlo a verlo, hay un abismo que me ahoga. Yo también he follado a más mujeres de las que puedo contar. Pero para mí, ellas no eran más que un desahogo, cuerpos en los que podía vomitar toda la mierda que llevo dentro. No me gusta el sexo común. Me gusta someter, degradar, llevarlas al límite de lo sucio y lo perverso. Era una vía de escape, algo que me alejaba de la realidad que ahora me golpea con fuerza brutal: no puedo tener a la única mujer que realmente quiero.
Vuelvo a tomar otro trago, el vidrio frío en mis manos contrastando con la furia que siento ardiendo en mi interior. No he dormido casi nada en los últimos días, peleando en las jaulas o acechando desde las sombras a la mujer que mi padre me ha encargado proteger. No sé por qué debo cuidarla ni qué busca mi padre con esto, pero me ha dejado claro que esto no debe saberse.
La mujer es hija de un Don italiano que tiene negocios con él. La mujer estuvo encerrada en un convento dado que según los italianos perdió el valor cuando abrió sus piernas y se dejó preñar de uno de los soldados de su padre.
El bastarde tomó a su hija y la encerró por muchos años en ese convento. Allí ella dio a luz a una niña, fruto del pecado como lo llamó su padre. La mujer logró salir porque su hermano acudió a mi padre e hicieron un trato, del cual no tengo la menor idea, yo solo estoy siguiendo órdenes.
Sigo bebiendo, sintiendo que cada trago me acerca más al abismo, pero el vacío que Kali deja en mi pecho no se llena.
—Matando las penas a punta de alcohol —escucho a mis espaldas.
Sacudo al cabeza, no tengo que girarme para saber de quien es la voz. La he escuchado la mayor parte de mi vida.
—Solo tienen penas aquellos que tienen algo que perder —respondo con un encogimiento de hombros—. Los hombres como yo evitamos tener algo que nos importe, para no sufrir por ellas.
Mi padre toma asiento a mi lado. Lleva sus vaqueros habituales, una jersey y su cazadora de cuero. Su cabello está algo despeinado, pero su cuerpo aún conserva esa fuerza y agilidad que siempre lo ha definido. Aunque envejece, parece inmune al paso del tiempo.
—Sufriendo porque no pudiste tener a mi hija —su voz es directa, y cuando lo miro, encuentro sus ojos dorados fijos en mí, esa mirada que puede desarmar a cualquiera.
—No sé de qué me hablas —miento, desviando la vista.
—Crees que no me he dado cuenta de que has estado enamorado de mi hija todo este tiempo? —dice mientras le sirven un vaso lleno de líquido ámbar.
—Es mi hermana —respondo, tratando de sonar convincente, pero ambos sabemos que es mentira.
Nunca la vi como una hermana. Me repetía esa excusa para evitar caer en la locura de mis propios deseos, para no destruir todo lo que había construido.
—No insultes mi inteligencia —replica mi padre, arqueando una ceja con desdén.
Bufo. No digo nada. Nunca me ha gustado hablar de lo que siento, ni de lo jodido que estoy por dentro. No le cuento a nadie sobre las pesadillas, sobre esos años malditos en la casa cural que me dejaron destrozado.
Ambos nos quedamos en silencio. Siempre ha sido así, Agust Darrend sabe cuando quedarse callado, y no me molesta. Me gusta que nunca me ha presionado. Me salvó y me dio un lugar en su casa, junto a su esposa e hija, me tomaron como uno mas y eso siempre lo voy a agradecer.
—¿Cómo vas con la mujer? —rompe el silencio, trayendo mi mente de vuelta.
Mi cuerpo se tensa. Trago con fuerza al recordarla. Joder es hermosa y no voy a negar que algunas de mis pajas han sido con la imagen de ella en mi cabeza. No me culpen, es belleza, parece un ángel.
—Bien —respondo, manteniéndome seco y sin dar detalles.
—Su hermano vino a verme —continúa—. Hizo un trato conmigo.
No pregunto qué trato, si él quiere que algo se sepa lo dice, por el contrario, si no quiere, se puede congelar el infierno que nadie lo sabrá.
—Voy a casarla con uno de nuestros capos —deja caer, sin previo aviso.
No puedo evitar girarme para verlo y puedo ver como me mira con diversión.
—¿Por qué? —pregunto, con los dientes apretados.
—Así funcionan las cosas con los italianos —se encoge de hombros, como si no fuera gran cosa.
—La tomaré para mí —digo antes de poder controlarme.
Mi padre arquea una ceja. No sé de dónde ha salido eso, pero desde la primera vez que la vi, algo pasó en mi pecho. Quería negármelo, seguir aferrado a sentimientos pasados, pero estoy hecho un lio. Solo sé que no puedo permitir que ella pase a manos de cualquier hijo de puta que la vaya a convertir solo en una perra más.
— ¿Estás seguro? —me pregunta, midiendo mi reacción.
—Sí —respondo, encogiéndome de hombros como si fuera la cosa más sencilla del mundo.
—Le diré a su hermano.
—Solo dame un mes —pido—. Un mes para observarla mejor.
Mi padre sacude la cabeza, su sonrisa vuelve, pero ahora es más amplia, casi burlona.
—Un mes más para seguir acosándola, querrás decir.
—Semántica —respondo con una leve sonrisa.
Solo necesito un mes para aclarar mis pensamientos. Después de eso, la haré mía. Tal vez así pueda finalmente olvidar a la mujer que me tormenta todas las noches.