Capítulo 2

2035 Palabras
16 años AURA —¡Tata, esto está riquísimo! —le digo a mi nana Gioia, con la boca todavía llena de crema. Gioia ha sido mi nana desde que nací. No es solo la mujer que me crio; es la única luz cálida en esta casa que siempre huele a pólvora y resentimiento. También cuidó de mi hermano Nereo, pero yo siempre estuve más pegada a ella. Tal vez porque mi padre nunca quiso mi existencia, y mi madre vive encerrada en su cuarto, ahogando la vergüenza en antidepresivos y alcohol. Gioia me dedica una sonrisa cálida, de esas que me dan ganas de hundirme en su abrazo y quedarme ahí para siempre. —Come con cuidado, bambina. No queremos que te ahogues —me dice, mientras me alcanza una servilleta. Me muevo emocionada alrededor del mesón de la cocina de la finca. Es enorme, fría, como todo aquí. Pero cuando Gioia está, huele a azúcar y aceite caliente, a algo parecido al hogar. He corrido directo aquí apenas salí de la escuela: soy golosa, y mi tata lo sabe. Le doy otro mordisco al crujiente tubo de masa frita, dejando que la crema dulce de ricotta con chocolate explote en mi lengua. Por un instante, siento algo parecido a la felicidad. —No quiero que Nereo se robe mis postres —le digo con la boca llena, intentando sonar seria. Gioia sacude la cabeza, su sonrisa enorme, como si me estuviera mirando crecer y al mismo tiempo despidiéndose de mi niñez. Mi cuerpo se tensa cuando siento el ruido de las llantas de los autos derrapar en la entrada de la finca. Ese sonido siempre me congela la sangre. Rápidamente me limpio la boca y dejo el cannoli en la bandeja, como si esconder la golosina pudiera esconderme a mí. —No dejes que tu padre te vea en la cocina —me advierte Gioia, con esa voz baja que usa cuando teme por mí. Asiento rápido y me escabullo por la puerta trasera. Conozco cada rincón de esta finca; la he recorrido como un fantasma toda mi vida. Cuando eres la hija no deseada, la que nadie ve y todos critican, aprendes a hacerte invisible. Corro por el pasillo que lleva al jardín. Todavía llevo puesto el uniforme de la escuela. Mi cabello dorado recogido en una coleta apretada. Las medias me llegan a mitad del muslo, pero mi falda es larga, por debajo de las rodillas. Mi padre odia que use ropa "demasiado reveladora". Todo en mi vida es una penitencia. Siento la voz, áspera de mi padre y mi hermano. Nereo le está discutiendo de algo, pero ignoro todo. No me detengo. Me apresuro, buscando llegar a mi habitación antes de que alguno me vea. Mi padre odia que deambule por la finca cuando sus soldados rondan. Estoy a punto de alcanzar la escalera que me lleva a mi cuarto cuando choco contra un pecho duro, inmenso. El aire me abandona. Caigo de culo al pasto, jadeando. Mis ojos se posan en Ennio Faddi. Uno de los hombres de confianza de mi padre y el mayor rival de mi hermano Nereo. Una mueca me cruza la cara cuando sus ojos marrones se clavan en mis piernas. La falda se me ha subido por la caída, dejándome expuesta. Me siento sucia al instante, como si sus ojos fueran manos. —Debes tener más cuidado, ragazza —dice con un tono que me revuelve el estómago. Nunca me he sentido cómoda con Ennio. Siempre me mira así, con ese hambre, cuando mi padre y Nereo no lo ven. He hecho todo lo posible por mantenerme lejos de él, porque sé que, si algo pasa, mi padre me culpará. Siempre me culpa. —Lo siento —murmuro, intentando ponerme de pie. Pero Ennio me toma del brazo, fuerte, y me levanta de un tirón. Su cuerpo choca contra el mío y puedo sentir su pecho duro, su enorme barriga. Su olor es una mezcla de sudor rancio y tabaco barato. Es asqueroso. Tiene las cejas pobladas, el cabello grasoso, los dientes amarillos. Parece mayor de lo que es, como si la vida de mafioso lo hubiera podrido por dentro. —Mira cómo has crecido —se relame los labios, y ese gesto me da ganas de vomitar—. Ya eres toda una señorita. Me suelto como puedo. El corazón me late tan fuerte que siento que me va a reventar el pecho. Una bola de nieve se me instala en la garganta. El estómago me da vueltas y tengo que obligarme a no expulsar todo el contenido. —Sí —es lo único que logro responder. —Debes tener cuidado —insiste, su tono ahora abiertamente lascivo—. Ya despiertas el deseo en los hombres. Trago con fuerza. Siento su mirada recorriendo cada centímetro de mi cuerpo. Quiero cubrirme de pies a cabeza, desaparecer. El miedo me sube por la piel como un enjambre de insectos. Voy a decir algo, cualquier cosa, cuando la voz de mi hermano irrumpe. —¡Sol! —me llama Nereo, usando el apodo que siempre me da— ¿Qué haces ahí? Me giro tan rápido que casi tropiezo. Sus ojos azules, tan parecidos a los míos, me encuentran al instante. Nereo es alto, más robusto que papá, con el cabello rubio algo más oscuro que el mío y la piel bronceada. Parece un italiano salido de una postal, pero yo sé que también está marcado por esta familia. Es siete años mayor que yo, y aun así, con apenas veintidós, ya se ha ganado un nombre en la organización de mi padre. Es el único que alguna vez me ha defendido. —Quería ir a mi habitación —le digo, y corro a sus brazos como si fueran un refugio. Nereo fulmina a Ennio con la mirada. Esa mirada que tantas veces lo ha salvado de las garras de este hombre. Entre ellos siempre ha existido rivalidad: mi padre se desvive por Ennio, mientras relega a Nereo a la sombra. Ennio le devuelve una mueca de suficiencia, como si le gustara recordarle quién es el favorito. —¿No deberías estar con los soldados que acaban de llegar? —espeta Nereo, la voz dura, con ese filo de desagrado que siempre usa con él. —Me entretuve un poco —responde Ennio, sin apartar los ojos de mí. Se relame los labios. Esa lengua gruesa, ese gesto, me dan arcadas. Nereo me aprieta más contra su cuerpo. Yo quisiera desaparecer en sus brazos, fundirme en ese refugio. Es el único que me cuida, aparte de mi tata. Mi padre está demasiado ocupado con su organización y con recordarme que soy solo una moneda de cambio. Nereo da un paso adelante, pero yo me aferro a él. Quiero cambiar de tema, quiero escapar de esa tensión. —Tata hizo cannolis de ricotta y chocolate —le susurro a Nereo. Sus ojos azules chocan con los míos y, aunque la rabia aún le tiembla en la mandíbula, me regala una sonrisa suave. —Esos son tus favoritos —dice, bajando la voz. —Quiero compartirlos contigo —sonrío débilmente. Él asiente, pasa un brazo por mis hombros, y comenzamos a caminar de regreso a la cocina. Miro por encima del hombro. Ennio sigue en su lugar. Me guiña un ojo. Yo aparto la mirada rápido, con el corazón golpeando en la garganta. Paso la tarde con Nereo y mi tata. Me aferro a esa normalidad como si fuera la última vez. Entrada la noche, mi padre llama a mi hermano. Se va. Y me quedo sola. Entro a mi habitación con ganas de darme un baño. Mañana tengo clases. No me gusta trasnochar. Quiero que este día acabe. Me despojo de la ropa e ingreso al baño. Abro el grifo y dejo que el agua caliente me relaje los músculos. Tomo mi jabón y lo esparzo por mi cuerpo. Me miro sin querer: no soy muy alta, tengo curvas suaves, el pecho pequeño. Lo que más resalta son mis ojos azules y el cabello dorado que me cae hasta la cintura. Lo amo largo, es lo único mío que siento hermoso. Después de varios minutos bajo el agua tibia, decido salir. Tomo mi toalla, envuelvo mi cuerpo y abro la puerta de mi habitación. Una enorme mano me tapa la boca. El aire se me corta. Intento gritar, pero una voz me silencia al instante. —No hagas ruido, ragazza, si no quieres que te corte el cuello aquí mismo. Mi cuerpo se tensa. El mundo se me cae encima cuando reconozco la voz la voz de Ennio. Trago saliva, el corazón desbocado. —Voy a disfrutar esta noche de este cuerpo que me ha estado tentando todo el tiempo —susurra contra mi oído. Siento su erección presionándose en mi espalda. Me esfuerzo por no vomitar. Cierro los ojos cuando el filo frío de una navaja roza mi piel. —¿Vas a ser una buena chica y no gritar? —me dice con voz burlona—. Si alguien se entera de que estoy aquí, le diré a tu padre que tu hermano trabaja con el enemigo. Y sabes exactamente lo que le hacen a los traidores. Las lágrimas comienzan a desbordarse por mis mejillas. Me arranca la toalla y me tira a la cama. Su cuerpo cubre el mío. Me aplasta, me roba el aire. —Eres demasiado hermosa —gruñe, su voz convertida en un ruido que me atraviesa el cráneo. Comienzo a sollozar. Lo veo abrir la cremallera de los vaqueros. —Shhh, no llores, ragazza. Sé que lo vas a disfrutar tanto como yo... —su mentira es un veneno. Siento asco cuando saca su m*****o, lo masturba delante de mí. Me obliga a abrir las piernas. Sin cuidado. Sin humanidad. Un dolor agudo, un desgarro, me arranca un grito ahogado. El techo se me viene encima. Mi mente se apaga. Me quedo inmóvil, dejando que haga conmigo lo que quiere, intentando escapar a cualquier rincón de mí misma donde él no pueda alcanzarme. Las lágrimas siguen desbordándose por mi rostro, calientes, interminables. Se mezclan con el sudor, con su olor, con el horror. Ennio embiste con fuerza, su cuerpo pesado chocando contra el mío en un ritmo repugnante. Los ruidos que hace —jadeos, gruñidos, ese chasquido húmedo— me taladran los oídos. Quiero vomitar. Quiero desaparecer. Dejo mi mente en blanco. Es la única forma que encuentro para no sentir, para no pensar. Me encierro dentro de mí misma, en un rincón oscuro donde él no pueda entrar. —Esta cereza es mía —gruñe, embistiendo con más violencia—. Sabía que serías deliciosa. Su lengua áspera pasa por mi mejilla. Me estremezco. Es como si me quemara. Quiero que acabe. Que se detenga. Porque en cada empujón me arranca algo que no sé si podré recuperar jamás. No solo mi cuerpo. Mi alma. Mi luz. Pierdo la noción del tiempo. Todo se vuelve un zumbido. Hasta que lo escucho gruñir. Hasta que siento ese calor sucio y extraño dentro de mí. Se viene sin cuidado. Como si yo no existiera. Sale de mi cuerpo con la misma brutalidad con que entró. Yo sigo muda. No me queda voz. —Callada te ves mejor, ragazza —escupe mientras se sube la cremallera, su amenaza afilada—. No queremos que maten a tu hermano por traición. La amenaza me cae encima como una losa. Mi corazón late desbocado, pero no lloro más. El miedo es tan grande que ya no hay espacio para lágrimas. Me cubro rápidamente con las sábanas de mi cama. Quiero tapar mi piel, esconder cada centímetro de mí. —Esto será nuestro secreto —dice antes de salir, su sombra llenando la habitación por última vez. La puerta se cierra. Me quedo ahí. Destrozada. En silencio. El corazón latiendo en un cuerpo que ya no reconozco. Pero tranquila, en medio del horror, porque mi hermano está a salvo. Me han robado algo que no podré recuperar, me han arrancado el alma. Pero no voy a dejar que me quiten lo que más amo.
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