Capítulo 3

1754 Palabras
AURA El silencio pesa más que el aire. Mi habitación huele a él, a sudor rancio y a miedo. No me muevo. El cuerpo me tiembla, pero no hago ruido. Si hago ruido, tal vez vuelva. Si respiro demasiado fuerte, tal vez aparezca de nuevo. Las sábanas se sienten ásperas contra mi piel, como si me arrancaran en cada roce. Intento cubrirme, tapar cada parte de mí, pero no importa cuánto me envuelva, sigo sintiendo sus manos, su aliento, su voz. Me obligo a poner los pies en el suelo. Están fríos. Camino tambaleante hacia el baño. No me reconozco en el espejo. Mis ojos, siempre azules, parecen más oscuros. Más viejos. Como si en cuestión de minutos hubiera perdido años de vida. La piel está enrojecida por las lágrimas, por su contacto. Paso los dedos por mi rostro, pero siento asco de tocarme. Abro el grifo y dejo que el agua corra. Me meto bajo la ducha con la ropa de cama aún enredada en el cuerpo. El agua cae, tibia primero, después caliente, después hirviendo. Me froto una y otra vez, con las uñas, con desesperación. Pero su olor no se va. No se va. Me encojo en un rincón, bajo la lluvia del grifo. El llanto regresa, silencioso, como un animal escondido. Me han robado algo que no puedo recuperar. Y sin embargo, en medio de este dolor insoportable, me aferro a un pensamiento: Nereo está a salvo. Si debo cargar con este infierno para protegerlo, lo haré. Aunque mi alma haya quedado en pedazos en estas baldosas mojadas. Levanto la mirada hacia el espejo empañado frente a mí. Apenas puedo reconocerme. La niña que era ya no está. En su lugar queda solo un vacío. *** Despierto gritando otra vez. El grito se ahoga en la almohada antes de llegar a mis labios. Han pasado semanas desde que Ennio entró por primera vez en mi cuarto aquella noche, y desde entonces no ha dejado de venir. Cada visita es otra mordida en mi alma. Siempre repite lo mismo: que debo callar si no quiero que Nereo pague las consecuencias. Y por el amor que le tengo a mi hermano he guardado silencio. Mi silencio es mi castigo. Cada noche se lleva un pedazo más de mí. Cada noche me arranca un poco más de la luz que me quedaba. Mis calificaciones han caído. Mis amigas me buscan, pero yo ya no me acerco. Ni siquiera me provoca comer los cannoli que prepara mi tata. Sé que ella y Nereo están preocupados. Lo veo en sus miradas. Pero me he encerrado dentro de mí. Ya no camino por los jardines de rosas. Ya no obligo a mi hermano a ver películas románticas. Sobrevivo. Solo eso. Unas arcadas me sacuden. Corro al baño, me inclino sobre el inodoro y dejo que mi estómago se vacíe. Expulso lo poco que he comido. Cuando ya no queda nada, me levanto temblando. Alzo la vista. Trago con fuerza cuando miro a la chica que me regresa la mirada a través del espejo. A penas la reconozco. Tengo ojeras profundas. Estoy más pálida. Más delgada. Los huesos de la clavícula se marcan como cuchillas bajo la piel. Trago saliva. Un escalofrío me recorre al recordar que no me ha llegado el periodo. Los ojos se me llenan de lágrimas. Corro hacia mi mesita de noche. Tomo el calendario. Varias semanas de retraso. El miedo me aprieta el pecho hasta doler. Nereo nunca se pone condón. Dice que le gusta sentirme piel a piel. Respiro hondo. Rápidamente regreso al baño. Me enjuago la boca. Corro hacia mi armario y me quito el pijama. Me pongo unos vaqueros, un jersey, un buso con capucha. Me escabullo por la ventana. Cruzo el jardín como un fantasma, esquivando a los soldados. Cada paso es un latido más fuerte en mis sienes. Camino hasta una farmacia cercana. Compro la prueba de embarazo sin mirar a la cajera. Mis manos tiemblan cuando agarro la bolsa. Me apresuro a llegar a la finca nuevamente. Me escondo en mi habitación y me hago la prueba. Espero el tiempo que indica las instrucciones. Me muerdo las uñas de las ansias. Cuando ha pasado unos tres minutos tomo la pequeña barra y el mundo se me viene encima cuando leo el resultado. Positivo. El mundo se me viene encima. Un sollozo brota de lo más profundo de mi pecho. Me dejo caer al suelo. No puedo dejar de temblar. Mi padre va a matarme. Ennio va a destruirme. Nadie va a creerme. Siento que alguien abre la puerta. Antes de reaccionar, unas manos me arrancan la prueba. —¿Qué significa esto? —espeta mi madre, los ojos dilatados, la voz como un látigo. Siento como el color abandona mi rostro. Mi madre no suele nunca entrar a mi habitación. —Mamá... —intento hablar, pero un golpe me silencia. —¡Eres una puta! —grita. Todo se vuelve caos. Su cuerpo sobre el mío. Me golpea, me jala del cabello. Yo apenas puedo cubrirme. Su odio me cae encima como fuego. —¡¿Qué crees que haces, mamá?! —la voz de Nereo irrumpe, dura, afilada. Mi madre se congela en su sitio. —Mi niño... —murmura, su voz cambia, se quiebra en una súplica enferma. Nereo se tensa ante ese tono. Su mandíbula marcada. Se recompone rápido. Cruza el cuarto en dos pasos, me toma en brazos. solo ese acto parecer ser un detonante para mi madre porque se lanza nuevamente contra mí. —¿Por qué la tocas? —grita, desesperada, lanzándose otra vez— ¡No debes tocarla! Mi niño, eres solo mío. Mi hermano aprieta la mandíbula, los ojos encendidos. Varios hombres entran de golpe a mi habitación. Sujetan a mi madre que sigue gritando como una demente. Su voz llena de celos, de rabia, de locura. Yo me quiebro en los brazos de mi hermano. Lloro sin aire. La prueba de embarazo rota en el suelo. Mi vida hecha pedazos. Nereo me pide que me calme, su voz baja, casi suplicante. Pero no puedo. Mi vida está destrozada y sé que, si digo la verdad, nadie me va a creer. Ante mi padre yo seré la culpable. La que se lo buscó. Mi hermano mira la prueba de embarazo. Sus ojos se oscurecen, como si en ese segundo envejeciera años. —¿Quién fue? —pregunta con ese tono neutral que solo usa cuando está a punto de estallar. Mis ojos se encuentran con los suyos. Son tan parecidos a los míos, pero ahora son un abismo. Veo rabia. Ira. Impotencia. Un océano de sentimientos que no puede mostrar delante de los demás. Mi madre ha dejado de gritar. Al parecer la han sedado. Por un momento creo que podré hablar, que podré decirlo, que podré romper el silencio... Pero una voz me congela. —¿Qué es todo este alboroto? —mi padre entra a mi habitación. El miedo me invade como un golpe seco cuando noto que no viene solo. Ennio lo acompaña. El aire se me corta cuando lo veo. Ennio me lanza una mirada grotesca, esa mirada que solo yo conozco. Siento náuseas, como si la vergüenza y el asco me ahogaran. Mi hermano intenta esconder la prueba. Pero mi padre se da cuenta. En dos pasos se la arrebata de las manos. La levanta como un juez levantando un veredicto. —Sabía que debía meterte en un maldito convento —espeta con desagrado, su voz como un látigo. Ennio arquea una ceja, la burla dibujada en la boca. —Don, siempre le dije que no era bueno dejar a la ragazza tanto tiempo libre —dice con ese tono de broma venenosa que me hace querer gritar. Ese comentario, esa sonrisa, esa complicidad que siento en el aire... todo se me sube a la garganta como fuego. Y en ese momento, exploto. —¡FUE ÉL! —mi voz se quiebra al salir de mi garganta. Señalo a Ennio con la mano temblorosa—. ¡Él me obligó! ¡Él entró a mi cuarto, me amenazó, me hizo callar! Las palabras me desgarran la boca como cuchillas. Las lágrimas me ciegan. Por un segundo, todo se queda en silencio. Ennio no se inmuta. Me sonríe. Esa sonrisa sucia, burlona, como si hubiera esperado este momento. —Don... —dice con tono tranquilo, casi divertido—, ya ve cómo es su hija. Busca atención. Yo nunca tocaría a la ragazza sin su permiso. Mi padre me mira como si acabara de escupirle en la cara. Sus ojos arden de desprecio. —¿Quieres que crea que uno de mis mejores hombres, uno en el que confío mi vida, te tocó? —su voz es grave, peligrosa—. No me hagas perder el tiempo con tus mentiras, Aura. —¡No miento! —sollozo, la voz rota—. ¡Me ha estado obligando! ¡Por eso estoy así, por eso... por eso estoy embarazada! Mi padre no tiembla. No duda. Solo me observa como si yo fuera un insecto que manchará su apellido. —Siempre fuiste una vergüenza —escupe con rabia—. Primero tus caprichos, luego tus desobediencias... y ahora esto. No mereces llevar mi nombre. —Papá... —mi voz se apaga en un susurro. Él levanta la mano, cortando cualquier intento. —¡Basta! —ruge—. Te encerraré hasta que decida qué hacer contigo. Siento que el mundo se desmorona bajo mis pies. Nereo da un paso al frente, los puños cerrados, el cuerpo tenso como un resorte. Quiere decir algo, lo sé, pero el filo en los ojos de mi padre lo detiene. Un solo movimiento en falso y él también podría morir. —¡Papá, no! —grito, pero mi voz ya no importa. Nunca importó. Dos de los soldados entran. Me agarran de los brazos. Intento resistirme, pero mi cuerpo está débil. Me arrastran como si fuera un saco vacío. Ennio me observa desde el umbral. Esa sonrisa. Esa maldita sonrisa. Se lleva un dedo a los labios, recordándome su amenaza. "Calla, o tu hermano muere". Las lágrimas me nublan los ojos mientras la puerta de hierro se cierra a mis espaldas. El eco retumba en mi pecho como una condena. Estoy sola. Encerrada. Traicionada por la sangre que debería protegerme. Y lo peor no es la celda. Lo peor es saber que, en este infierno, nadie va a creerme jamás.
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