Sostuve la manta de la abuela con mis manos y sentí su suavidad con lentitud, dejando que la punta de mis dedos me trajeran recuerdos de la niñez. Amalia me había entregado todos mis tesoros, los pocos que había logrado rescatar para que ella guardara por mi, los rastros de mi existencia y mi historia. Había mirado las fotos antiguas y las había abrazado a mi pecho con la necesidad de sentirlas, para poder respirar con calma, una calma que solamente había sentido algunas veces cuando estuve con Al. Habían pasado tres largos días de reflexión, pensé en todo, mi familia, mi vida, mis sueños, mi futuro y… Al. Él siempre regresaba a mi mente y no sabia que hacer al respecto, porque era una parte de mi vida que no encajaba; pero, al mismo tiempo tenía demasiado peso y sentido en mi existencia.

