Apenas atravesamos la puerta, vimos cosas regadas por el piso, floreros y demás cosas rotas. Ian y yo caminamos con nervios hasta la sala, la cual estaba totalmente revolcada, con los sofás volteados, algunos lanzados contra las paredes. Parecía como si hubiese pasado un tornado por la casa, pero al ver a mi padre, sí que nos dio más terror que tristeza. Estaba sentado al lado de la chimenea, en el suelo, con la espalda pegada a la pared, con un arma en su mano, la mirada perdida y los ojos hinchados de tanto llorar. No sabíamos por qué mi padre tenía un arma, ni qué haría con ella. -Papá, sé que estás mal, pero que tengas un arma no es bueno – dijo mi hermano, tratando de mantenerse lo más sereno posible, acercándose lentamente a mi padre – dame el arma. Me dolió ver a mi padre así, est

