Brian y yo salimos de la fundación después de otro divertido pero exhaustivo día, en donde tuvimos que bailar por millonésima vez la obra del lago de los cisnes, y también darnos uno que otro beso a petición de las pequeñas que enserio creían que éramos esposos, incluso habíamos comprado unos anillos parecidos a los de matrimonio para cumplir la fantasía de las niñas, y aunque al principio solo nos poníamos los anillos en la fundación, ahora los llevábamos puestos a cada rato, como si enserio estuviéramos casados. -¿Te dejo en tu casa, o irás a la mía un rato? – me preguntó, mientras ponía el auto en movimiento para salir del parking de la fundación. -No quiero ir ni a tu casa, porque no quiero ver a mi hermano depresivo, ni a la mía, porque no quiero sentir ese ambiente pesado que ha ca

