CAPÍTULO 4

3703 Palabras
Le centre hospitalier de l’université de montréal. Domingo 19 de Abril, 6:11 A. M El cielo aún permanecía oscuro, dentro de poco comenzaría amanecer. He iniciaría uno nuevo día, para unos significaba nuevas oportunidades y para otros, un día más para arrepentirse de sus acciones; por lo menos Ailén pertenecía a ese último grupo. Se encontraba centrada en la sala de espera, su padre había entrado a cirugía y su mamá bebía café para mantenerse despierta. Ella se quedó sentada, parecía un cadáver que sólo se movía por intuición y que no tenía razonamiento propio, miraba sus manos que habían perdido el color al igual que el resto de su cuerpo; no había ni una sola pizca de vida en aquel escuálido cuerpo. -Familia Anderson – llamó una enfermera que se paró frente a las pocas personas que se encontraban en la sala – Familia Anderson – volvió a repetir. -Yo – fue lo único que dijo, levantándose del asiento y caminando frente a la enfermera – Soy su hija. -El señor Alan Anderson necesitó transfusión de sangre, necesitamos que donen para el banco de sangre del hospital. -Puedo ser donante – dijo, posando sus vacíos ojos sobre la chica – Mi mamá también será. -Bien, vendré por usted en diez minutos. Para verificar que todo esté bien y puedan donar. - ¿Cómo está mi papá? -Lamento decir que la cirugía está complicándose, no saben cuánto tiempo más tardarán. Ailen asintió y volvió a tomar asiento. En su mente no aparecía ningún pensamiento, su corazón dolía, pero era imposible derramar lágrimas > Vannesa regresó, con café para Ailén, tomó asiento junto a ella y permaneció en silencio. 6 horas antes… Ailén llegó al hospital pasadas las 12 a. m. Tuvo que regresar a su casa por algunos cambios de ropa y dejar a Nina en una estancia para que cuidaran de ella. El hospital estaba tranquilo, lúgubre y solitario. Busco a su madre quien en cuanto la vio llegar, se lanzó a sus brazos en busca de consuelo. Ailén la abrazo, mientras escuchaba el desgarrador sollozo de su madre. Esa era prueba suficiente para saber que amaba a su padre y se sabía desde hace mucho, el amor, la paciencia, apoyo mutuo y calidez, fueron las bases de aquel matrimonio que perduraba a pesar de las pruebas. -Mamá – dijo apoyándose sobre la pared, mirando el cabello n***o de su madre - ¿Cómo está? Vannesa se reincorporo, mientras limpiaba sus mejillas húmedas – Ha entrado a cirugía, me han dicho que es muy complicada y tardarán mucho en terminar – sus ojos hinchados y rojos de tanto llorar, se posaron sobre su pálida y escuálida hija. - ¿Cómo sucedió? – preguntó calmando sus ansias. -Salió a pescar al lago cerca de Obedjiwan – Vannesa intentaba mantener la calma – Le dije que no tenía que ir, tú no pudiste acompañarlo así que no era necesario – sus ojos se llenaron de lágrimas – Pero tu padre es demasiado terco algunas veces – sonrió tiernamente – Estaba por llegar al lago y el conductor de un camión que transportaba troncos de árbol sufrió un paro cardíaco y provocó que el camión se volcara y los troncos se salieran – las lágrimas volvieron a salir – Tu padre se estrelló contra el camión y algunos troncos cayeron sobre él. Ailén sintió como su corazón se desgarrada al imaginar a su padre en tal accidente, su mente su nubló y la simple idea de ser ella la causante se implantó como una semilla. 6:33 A. M. -Familia Anderson – La enfermera volvió a llamarlas. Ailén y Vannesa se pararon frente a ella, esperando que hablara – Hemos hecho los estudios, señora usted si puede donar – dirigió su vista a Ailén – Al revisar su prueba de sangre, nos hemos dado cuenta que tiene anemia y es imposible que done. -Gracias, señorita – Vennesa miró a la enfermera - ¿Cuándo iré a donar? - Ahora mismo, por favor sígame– camino lentamente esperando a que Vannesa fuera tras ella. -Hija – tocó su mano, tratando de darle consuelo – Katy y Brad vienen en camino, pídeles que sean donantes por favor. Ailén asintió, sentándose de nuevo en la sala de espera mientras que su mamá seguía a la enfermera. No era extraño que estuviera anémica, comía poco y mal, trabajaba mucho y casi no descansaba, era realmente triste que no podía ayudar a su padre ni siquiera con algo como eso. Universidad de Columbia 1:07 P. M. Lucy salía de su facultad, era domingo, pero tuvo que ir a recoger su proyecto y revisar su calificación. -Lucy – alguien la llamó desde la entrada – Hola. -Grey, Hola– habló con entusiasmo, acercándose a su amigo y saludándole con un beso en la mejilla - ¿Qué haces aquí? -Patrick tuvo que venir a dejar una maqueta y como no ha salido mucho, me pidió que lo acompañará al centro comercial. Los ojos de Lucy vagaron sobre su amigo de manera graciosa – Y tú debes estar muy feliz. El rostro enrojecido de Grey le causaba gracias – Claro que no, si ya has terminado vamos a comer juntos. -No quiero ser mal tercio. - ¡Lucy! – hablo avergonzado – Ya sabes que nuestra relación no es de ese tipo. -Lo sé – dijo mirando fijamente al Dios Griego – Pero hasta cuando seguirás así. Patrick apareció acompañado de un chico moreno y alto, bastante guapo. -Hola – saludo a su par de amigos. Grey sonrió y miró fijamente al chico que acompañaba a Patrick, sus ojos verdes parecían misteriosos y algo no le gustaba de él. -Hola – Lucy saludo, tratando de eludir a su amigo que miraba como tratando de asesinar al acompañante de Patrick – Hola, mi nombre es Lucy – saludo cordialmente. -Hola, mi nombre es Kenian Waller – sonrió sensualmente, posando aquellos ojos aceitunados sobre la chica – Soy estudiante de último año de Arquitectura, estoy en el programa de intercambio junto con Patrick – posó su mano en el hombro del chico, mirando desde lo alto el rostro de Patrick. -Que bien ¿De dónde vienes Kenian? – preguntó Grey, sin desviar la mirada de aquel que parecía ser un modelo. -Colombia – respondió, pasando su brazo sobre el cuello de su amigo y retando con la mirada a Grey. -Keny, pesas – Patrick chillo al sentir el peso del musculoso hombre que se apoyaba en él. -Lo siento – acarició su cabello y sonrió con ternura – No es mi culpa que seas tan pequeño – pellizco delicadamente la mejilla de su amigo. Lucy entró en pánico, la actitud de Kenian hacia Patrick estaba siendo muy amistosa y eso no le agradaba a Grey, que miraba como animal salvaje. - ¿Quieren comer con nosotros? – preguntó Patrick, acercándose a Lucy – Grey y yo iremos al centro comercial, podemos ir todos. Grey volvió a mirar con molestia, la idea de ser acompañado por aquel modelo colombiano parecía no agradarle – Por supuesto – sonrió malévolo. -Gracias – Kenian miró con desdén – Por supuesto que los acompañó – agregó con orgullo. Los cuatro caminaron al auto de Grey que estaba cerca de su facultad. Patrick subió adelante y Lucy junto a Kenian en la parte trasera. - ¿Les molesta si va alguien más con nosotros? – preguntó, dirigiéndose principalmente a Patrick. -No, claro que no – respondieron. -Gracias – condujo con preocupación, reincorporándose en la Av. Madison. Y se estacionó sobre Stone Lewis, Lucy se percató de donde se encontraban y el pánico parecía apoderarse de ella. Planeaba bajarse con alguna excusa tonta y evitar encontrase con él, había pasado una semana desde lo que sucedió entre ellos y todos los días recibía mensajes de “Buenos días” “¿Dormiste bien?” “¿Qué tal tu día?” “Buenas noche, descansa” “Sueña conmigo” “Te extraño” los ignoraba todos y aunque quería bloquearlo, prefería no hacerlo porque sería grosero. -¡Sebastian! – grito Grey, atrayendo la mirada de su hermano menor. Quien caminó hasta donde se encontraban, con cara de enojo. -¿Por qué vienes? – preguntó de mala gana. -Vamos a comer – dijo con una sonrisa, sin tomarle importancia a lo que decía. Sebastian frunció el ceño, estaba por negarse, pero la persona detrás de su hermano lo hizo sonreír con picardia – OK, vayamos – abrió la puerta y subió a lado de Lucy, quien palideció al verlo entrar al auto. Grey emprendió el camino – Ya conocías a Patrick – dijo, mirando desde el retrovisor. -Si, el italiano – respondió algo grosero. -Hola – saludo Patrick. -Ella es Lucy, nunca la habías visto. -No, es la primera vez – dijo, mirando a la chica que se retorcía en su lugar tratando de no pegarse tanto a él – Mucho gusto – le sonrió con mirada de ángel. -Hola – saludo Lucy, tratando de evitar su mirada. -Él es Kenian, amigo de Patrick. -Hola – saludo de forma cortes. La presentación terminó y la música de fondo era el acompañamiento perfecto para el viaje en auto. Patrick y Grey hablaban con entusiasmo, siendo interrumpidos por Kenian, quien se unió a su conversación. Mientras tanto, Sebastian no perdió el tiempo en torturar a su vecina. Miraba sin interés por la ventana, mientras que su mano viajaba suavemente sobre la pierna desnuda de Lucy, quien intentó detenerlo, pero éste se aferró a ella. Lucy se maldijo al escoger usar un vestido corto justo ese día. El chico introdujo su mano en el interior de su entrepierna, acariciando su intimidad de manera lenta lo que le provocaba querer gemir con fuerza. Un chillido poco audible salió de su boca, provocando la sonrisa sádica del adolescente que seguía mirando el paisaje. Per Se, 12:41 P. M. Se encontraban ya en el The Shops at Columbus Circle, entraron a un restaurante francés y comieron tranquilamente mientras hablaban. -¿Qué deportes prácticas? – preguntó Patrick al hermano menor de su amigo. -Varios – dijo, mientras bebía – Fútbol, Baloncesto, Esgrima, Tiro con arco, natación, Karate, entre otros. Todos lo miraron admirados, era un chico atlético y atractivo. Lucy pensó que esa era la razón de su asombroso cuerpo. -Pensé que saldrías tarde – su hermano mayor lo miró con curiosidad. -Bueno, la semana pasada llegué tarde y hoy tuve que reponer el tiempo perdido – miró de reojo a la chica frente a él, parecía avergonzada de recordar la causa de haber llegado tarde. - ¿Por qué llegaste tarde? – preguntó Kenian, fijando sus ojos en el estudiante. Soltó una risilla y después sonrió con satisfacción – Sólo puedo decir que fue la mejor razón por la que llegué tarde. Su hermano imagino la razón y lo miró enojado – No seas tan precoz. La conversación flujo de manera agradable, algunas veces los ojos de Lucy y Sebastian se encontraban, causando un leve sonrojo en la chica. Terminaron de comer y todos querían ver cosas diferentes por lo tanto se dividieron, diciendo que se encontrarían en una hora en la planta baja. Lucy se dirigió a L.K. Bennett, era su tienda favorita y le gustaba porque siempre estaba poco abarrotada y además era de dos plantas, por lo tanto, había mucho que ver. Recorrió cada pasillo con interés, hacía mucho que no salía de compras y menos sola, así que era buen momento de comprar algo lindo. Tomo un par de faldas, blusas y algunos shorts, entro al último vestidor y cerró la puerta. Se quito la ropa y comenzó a medirse una por una las prendas que llevaba. -Eso se te ve muy bien – la voz masculina la hizo girar con rapidez, Sebastian estaba detrás de ella recorriendo cada parte de su cuerpo. - ¿Qué haces aquí? – se cubrió con una blusa y bajo la mirada. - ¿Por qué no me respondiste los mensajes? – preguntó, mientras la apoyaba contra la pared y levantaba su rostro para que lo mirara a los ojos – Dime. Lucy trato de alejarlo, pero sin importar cuanta fuerza usará, el chico no se movía. Estaba contra la pared, sintiendo el aliento caliente de aquel adolescente sobre su rostro – Será mejor no hablar más – dijo, colocando sus brazos frente a ella. -Lucy – se acercó a su oído – No hay nada que se interponga entre nosotros – beso su mejilla y volvió a mirarla, congelándola con aquellos penetrantes ojos que brillaban exquisitamente con la tenue luz del pequeño cuarto. Sin dejarla responder, fundió sus labios en los de él. -Eres un niño, no entiendes. -Esa palabra de nuevo – miró con enojo, haciéndola saltar de la impresión - ¿Cuántas veces debo demostrarte que no soy un niño? – levantó el sostén de la mujer y comenzó a succionar ferozmente sus pezones rosados, mientras que sus manos vagaban alrededor de su cuerpo, acariciando cada parte. Lucy soltó un gemido, estaba bastante excitada como para poder evitarlo. - ¿Te gusta? – preguntó limpiándose el rastro de saliva – Pero sí no tratas de contenerte, podrán escucharnos – Lucy escucho voces fuera del vestidor, había personas eligiendo ropa y ella estaba dentro teniendo sexo con el precoz estudiante. Sus ojos se abrieron con sorpresa al sentir los dedos del chico entrar en ella, era una sensación placentera y sin duda adictiva. Sebastian la miró con orgullo y la cargo, haciendo que rodeara su cintura con sus piernas. Sin dejarla respirar, entró en ella de un solo golpe, provocando el enloquecimiento de su amante. Se movió a una velocidad espantosa, que con cada embestida Lucy sentía como si fuera a desgarrarse. Estaba por soltar un fuerte grito, pero fue detenida por Sebastian quien lo ahogo en un beso. > pensaba, al sentir el caliente y musculoso cuerpo del chico, pegarse en ella y rozando su piel de manera sensual > se preguntó. Y como si el chico supiera lo que pensaba, la pego contra la pared frente al gran espejo del vestidor. Estaba siento penetrada por aquel estudiante, menor que ella, pero con más experiencia. Su mirada se fijó en aquel espejo, que daba la respuesta de aquella pregunta. > se dijo, al ver la cara que ponía al sentir la manera bestial en que entraba en ella, sus ojos brillaban llenos de erotismo y lujuria. Estaba disfrutando aquel salvaje y peligroso sexo que un adolescente le estaba dando. Y en un último movimiento, terminó aquel acto. Sus respiraciones aún estaban agitadas, pero eso no le impidió a Sebastian darle un apasionado beso a la mujer que por segunda vez había sido suya. -Idiota- dijo Lucy, perdiendo el equilibrio de sus piernas. -Ten cuidado – la tomó del costado de sus brazos y la sostuvo – Eres débil. -O tú demasiado salvaje – refunfuño. Tomó su ropa interior y a duras penas se la puso – Gracias a ti, ensucie mi ropa interior – respiro profundo, intentando no enojarse. -Que sensible – la tomó de la cintura y le dio un suave beso en la mejilla – Me voy primero – dijo, terminando de abotonar su camisa y saliendo del vestidor. Sebastian salió a paso lento, se dirigió a la zona de ropa interior y a pesar de la mirada de las mujeres que miraban la ropa, tomó un conjunto de encaje n***o y caminó sin desviar la mirada. Llegó con la cajera y pagó el precio de la ropa. -Debería pagar – dijo Lucy, saliendo del vestidor. Pero una bolsa de papel con la marca de la tienda, frente a su cara la hizo detenerse - ¿Qué es? – preguntó curiosa, levantando la vista para ver al chico de rostro enrojecido. -Toma – movió la bolsa y desvío la mirada – Para ti. Lucy dudo y después miro de nuevo al chico. -Vamos solo tómala – le dijo con tono molesto. Tomo la bolsa y vio su contenido, Sebastian seguía con la mirada desviada – Gracias – respondió en un susurro. -Dame eso – le quito la ropa que suponía estaba por pagar – Ve a cambiarte, para una chica debe ser molesto usar ropa interior sucia – su mirada se desvío, mientras cubría su rostro con la mano para evitar que vieran su sonrojo. Lucy sonrió y caminó dirigiéndose al baño del centro comercial. > miró la ropa interior en el interior de la bolsa y un extraño latido movió su corazón. 1:51 P. M. Todos estaban ya en la planta baja, Lucy llevaba las bolsas de ropa que habían sido pagadas por Sebastian y que por más que se ofreció a devolverle el dinero, éste se negó. -Lucy, ¿Has hablado con Ailén? – preguntó Grey, algo preocupado. -No. Está mañana la llamé para almorzar juntas y no me respondió. -Igual para mi – al terminar de decir esto. Su celular sonó, la llamada entrante de su madre lo hizo poner cara de disgusto. -Grey – su madre se escuchaba alterada y triste – Tienes que venir a Montreal. -Mamá, es mi día de descanso – dijo rodando los ojos. -Alan, el padre de Ailén tuvo un grave accidente – hubo una pausa – Temen que no logré sobrevivir la operación. Grey sintió que toda su sangre caía al dedo gordo de su pie, era imposible lo que estaba pasando. Alan era como su segundo padre y algunas veces confiaba más en él que en cualquier otra persona, había un cariño incondicional único por un fuerte lazo. -Estaré allí en un par de horas – colgó la llamada y sus amigos miraban el rostro pálido de Grey. - ¿Qué sucede? – preguntó Patrick. -Alan – dijo sacando las palabras a la fuerza – El padre de Ailén tuvo un grave accidente y no están seguros que sobreviva a la operación. Nadie creía lo que escuchaba a excepción de Kenian que no sabía de quién se trataba. -Iré contigo – dijo Lucy. -Y yo – Patrick también quería ir para apoyar a su amiga. En estos momentos sabían que lo necesitaba. -Será mejor que se queden aquí, Ailén no nos avisó y en estos momentos, aunque necesite apoyo, será incapaz de aceptarlo. Lucy miró con tristeza, intentando entender lo que Grey decía – Tienes razón – sus ojos estaban por derramar lágrimas, pero sintió la mano de Sebastian apoyarse sobre su hombro de manera gentil. -Ve con ella y dile que todos estamos apoyándola – hablo maduramente, sacándole una sonrisa a su hermano. -Bien, ¿Les importa quedarse aquí? -No, vete. No pierdas tiempo – Lucy sonrió al igual que Patrick. -Mantennos al tanto – Patrick le miró como esos ojos que le decían que siempre estaría apoyándolo y que tanto amaba. Grey salió corriendo, dejando a sus amigos y hermano. Lunes 20 de abril, 5:41 A. M Vannesa se había ido del hospital junto a Grey y sus padres, a pesar de la insistencia de ellos, Ailén decidió quedarse a esperar que su padre saliera de la cirugía. Vago por los pasillos durante un rato, había estado lloviendo durante casi toda la noche y el aire que se colaba entre las ventanas era frío. Recordaba cada buen momento que había pasado junto a su padre y simplemente rogaba a Dios que pudiera salir bien. Quería llorar y sentir que aún había vida en ella y no que sólo era una muñeca o un cascarón vacío, anhelaba poder experimentar algunos sentimientos como lo hacía antes. Salió al jardín, era un lugar amplio y tranquilo, excelente para los pacientes del hospital. Tomó asiento en las bancas bajo el techo que se encontraba en el centro del jardín. La luna aún permanecía en el cielo, pero poco a poca la luz del día comenzaba a opacarla. > pensó, sonriendo tristemente ante aquel escenario. -¿Ailén? – La voz que más de una vez pronunció su nombre, se escuchó desde los rosales de las jardineras. > salió de aquella techumbre y poco a poco pudo visualizar la figura de un hombre frente a ella. -¿Ailén? ¿Eres tú? – preguntó, acercándose más a ella, dejando al descubierto su rostro. La chica se quedó petrificada, frente a ella estaba aquel hombre que amo perdidamente hace cinco años, aquel que le mostró el amor y quien la hizo comprender el mundo que la rodeaba. Lo que alguna vez creyó imposible, ahora estaba frente a ella, con la mirada más cariñosa y sutil que podría tener. -… - abrió la boca, pero no pudo pronunciar palabra, sus sentidos se habían desconectado. -Ailén – se acercó más a ella y con sus suaves y cálidos dedos rozó la piel de su antebrazo. Un movimiento de sobre salto le hizo saber que aquella chica estaba consciente. Fue entonces que Ailén entendió que aquel era el verdadero Cedric. Algo dentro de ella se rompió y fue entonces que las lágrimas comenzaron a caer sobre sus mejillas, esas lágrimas que se había querido forzar a sacar ahora estaban saliendo sin parar. Con un simple roce, con sólo pronunciar su nombre, ese hombre había logrado perforar su caparazón. -Ya estoy aquí – susurro a su oído, haciéndola templar al sentir el calor de su aliento rozar su oído y su cuello. Sin pensarlo, Cedric la envolvió entre sus brazos atrapándola por completo. La mente de Ailén se sintió ligera, el llanto inundó aquel jardín rodeado de rosas. El calor que le transmitía el cálido cuerpo de Cedric, era capaz de tranquilizarla de manera excepcional. La pregunta que hace unos minutos se había hecho, parecía tener respuesta. Cedric apareció como la luz de la luna que ilumina una oscura noche, como la esperanza de quien podría sacarla se aquel abismo en el que se hundió.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR