En 1940.
Ken Adams se encontraba sentado en la butaca de un hermoso teatro londinense vistiendo un elegante traje azul. Todo el lugar estaba repleto de personas que parecían no tener miedo a la guerra, a los apocalípticos bombardeos nazis que comenzaban repentinamente en esa ciudad. Por primera vez en mucho tiempo, supo lo que era sentir paz en su corazón, poder recostarse tranquilamente en su asiento para disfrutar del espectáculo. ¿Quién tocará en la obra de ésta noche? Se preguntó a si mismo relajando los pies, hombros, y espíritu. Se llevaría una muy linda y agradable sorpresa, cuando al levantarse el telón observara a su pequeña hija Elizabeth con un violín en sus manos preparándose para interpretar alguna bonita canción. Inmediatamente se puso de pie para aplaudir a su pequeño ángel, a la luz de sus ojos que parecía estar en un tono muy brillante sobre esa tarima haciendo una reverencia antes de empezar con su presentación. Sublimes notas exquisitas salían de el contacto de las cuerdas. Ken no sabía como lloraban los ángeles, pero sin duda para él, el sonido debía ser similar a ese mágico ruido que silenciaba por completo al público, todos morían por oír a la gran Elizabeth Adams. Luego de un par de minutos, la presentación había terminado provocando los aplausos espontáneos de todos los presentes, y obviamente su padre no sería la excepción.
— ¡Esa es mi hija! — gritaba fuertemente para poder ser oído entre la avalancha de aplausos — ¡Estoy orgulloso de tí, Elizabeth!
La sirena amtibombardeos sonaba repentinamente enmudeciendo absolutamente el lugar. Ken Adams al voltear se daría cuenta que ya no había nadie en su alrededor, el aplauso y la risa comenzaron a desaparecer lentamente mientras un misil caía sorpresivamente sobre el escenario donde se encontraba Elizabeth, estallando instantáneamente, llenando todo el lugar de un fuego infernal que consumió todo en cuestión de segundos.
Ken Adams volvía a abrir los ojos, pero esta vez se encontraba en una trinchera al lado del sargento Podman quién le gritaba desesperadamente para que despertara al mismo tiempo que disparaba su fusil en dirección de la nada. Los disparos retumbaban en sus tímpanos como si se trataran de tambores siendo golpeados para producir música. El teniente Graham junto algunos sobrevivientes de el avión siniestrado también abrían fuego miemtras que Ken continuaba aturdido.
— ¡Soldado Adams, tome un fusil y abra fuego contra el enemigo! — ordenaba el sargento Podman desesperado disparando todas las balas en su arma de fuego.
Ken Adams tomaba un fusil de una caja de provisiones que estaba muy cerca de el punto donde se encontraban; sin pensarlo comenzó a disparar contra una montaña frente ellos. Al parecer unos nazis rezagados habían descubierto la posición de los sobrevivientes y vinieron a terminar el trabajo. Sanders, Payton, Pinnar, Smoloski y Stwar habían logrado sobrevivir también, pero ahora batallaban ferozmente para salvar nuevamente sus vidas del fuego enemigo que los arropaba.
Las balas iban y venían silbando a una velocidad impresionante al salir de los fusiles en ambos sentidos. Ken Adams estaba aterrado, jamás había estado en una situación parecida. Tenía la certeza que en cualquier momento podía morir, tal vez el siguiente proyectil sería el que acabaría con su vida, sus piernas bailaban movidas por el pánico que invadía su cuerpo, pero no era el mejor momento para acobardarse, debía al menos intentar ese lado salvaje para ayudar a sus compañeros que combatían valientemente contra un rival que no podían ver porque yacía escondido entre la maleza de las montañas.
Un disparó dió directamente en la frente de Smoloski quitándole la vida de manera instantánea cayendo justamente al lado de Ken Adams provocando que éste también se arrojara al piso completamente aterrado, todos los demás también se atrincheraban en la zanja donde estaban esperando las ordenes del teniente Graham quien no paraba de maldecir a los nazis, quienes a su vez no dejaban de dispararles.
— ¿Dónde están los malditos batallones? — preguntaba Sanders gritando como loco bajo el sonido de las balas golpeando abruptamente el suelo a su alrededor.
— No sé dónde diablos nos estrellamos soldado, podríamos estar incluso en otro lugar que no sea Dunkerque, no hay forma de saberlo — gritaba el teniente Graham sin poder levantar la cabeza.
— ¡Demonios!, mataron a Smoloski, derribaron nuestro maldito avión, nos tienen atrapados bajo una lluvia de balas, ¿en serio siguen pensando en los batallones? — preguntó Stwar en medio de la trinchera.
— James tiene razón teniente, deberíamos aprovechar que ellos son muy pocos para huir, no tiene caso esperar acá a que los demás nazis lleguen, y terminen de asesinar a lo que queda del pelotón. Lo mejor será que ordene la retirada, para reagruparnos y pensar más claramente que haremos — sugirió el sargento Podman al teniente Graham.
— Las ordenes son claras sargento, apoyar a los batallones en el combate contra los nazis — insistió el teniente Graham siendo fiel a las ordenes originales.
— Mire a su alrededor teniente Graham, ¿usted ve algún maldito batallón? — gritaba James Stwar — solamente estamos nosotros, los pendejos, siendo una divertida práctica de tiro al blanco para esos desgraciados.
— No tenemos mucho tiempo teniente, debe decidir rápidamente — dijo el sargento Podman al teniente Graham quien lo miraba pensativo.
— ¡Retirada!, ¡todos, busquen un lugar seguro! — ordenaba el teniente Graham gritando a todo pulmón.
Los hombres del pelotón salieron corriendo rápidamente de esa trinchera disparando en la misma dirección en las que venían los disparos en su contra para lograr cubrirse las espaldas a la hora de correr, el soldado Pinnar no tendría tanta suerte recibiendo un disparo por la espalda que atravesaría su cuerpo haciéndolo caer durante la carrera. Su mejor amigo Sanders correría desesperado en su ayuda dispuesto a no dejarlo atrás.
— Tranquilo amigo, te prometo que saldremos de ésta — dijo Sanders a su amigo cargándolo heroicamente para subirlo en forma vertical sobre sus hombros y así poderlo llevar fuera de ese infierno.
Todos los demás pudieron huir del lugar completamente ilesos corriendo río abajo tratando de desorientar a los nazis quienes seguramente vendrían tras su pista, pero ellos inteligentemente lograron escapar a un lugar seguro cruzando el río donde podían descansar para continuar su camino hasta el lugar donde se encontraban los batallones, ningún lugar era seguro para ellos quienes solamente eran siete, siete solados ingleses contra toda una montaña infectada de nazis. Las cosas estaban totalmente en su contra, los pronóstico no vaticinaban un buen augurio, pero al menos valía la pena intentarlo, mientras que las miradas cruzadas entre el soldado Ken Adams y el sargento Alex Podman, jamás habían sido tan incómodas.