Narra Vanessa.
El autobús me dejó en el centro del pueblo, faltaban pocas horas para el amanecer. Pregunté sobre algún lugar donde me podía hospedar, me informaron que había un pequeña posada en todo el pueblo, las calles estaban solitarias a esa hora de la noche. Cuando llegué pedí una habitación, el señor que me atendió me pidió una identificación, por suerte me dio tiempo de guardar mí billetera, en ella traía mí identificación verdadera: Vanessa Benet. También una falsa que usaba para ir a los clubes antes de haber cumplido la mayoría de edad con mis amigos, en esta aparecía con mí nombre verdadero, pero con otro apellido: Vanessa Salazar.
Observe las otras tarjetas eran de crédito, obviamente no podía usarla porque las rastrearían fácilmente, la última era mí carnet de la universidad de facultad de medicina, solo llevaba dos años estudiando esa carrera tan humanitaria que me apasionaba, pero con lo que acababa de pasarme debía abandonarla momentáneamente. También sabía que debía deshacerme de ellas para evitar que me descubrieran, pero lo haría mañana ya que ahora necesitaba dormir.
—Bienvenida señorita Salazar—me dijo el señor amablemente entregándome la llave.
La tomé y le agradecí. El lugar era de una sola planta muy hogareño y bonito. Fui a mí habitación y coloqué mí mochila en una silla, luego me quite el jeans y los zapatos solo me quedé con la camiseta puesta, me recosté en la cama y caí en un sueño profundo.
Por la mañana me desperté, me bañe y me cambié de ropa. Sabía que el dinero que tenía no me iba a durar para siempre, así que debía buscar un trabajo aquí mismo, pero primero busque alguna tijera en los cajones, cuando la tuve la tomé y corte en pedazos todas las tarjetas que traía conmigo hasta mí verdadera identidad: debía desaparecer por completo.
Recogí los pedazos, y los guarde en una pequeña bolsa plástica color n***o, para tirarla en algún contenedor de basura municipal para que se mezclarán con lo demás. Tomé algo de dinero, y salí de la habitación. El sol estaba un poco suave, había viento pero agradable, me acerqué a la recepción pero ya no estaba el señor que me atendió sino una señora. Le pregunté si sabía de algún lugar donde estuvieran o necesitaran a alguien para algún trabajo.
—Este es un pueblo muy pequeño, los comercios son pocos, la mayoría trabajan en los campos de la hacienda "la Fortaleza", es de ahí todo el dinero de este pueblo circula—me explicó—. De hecho hoy harán contrataciones, puedes presentarte si necesitas el trabajo. Pero es algo duro para una señorita como tu—dijo esto último viéndome de arriba para abajo de una manera incrédula, obviamente sabía que no pertenecía a este lugar.
—Gracias por la información—le dije amablemente, saliendo de la posada.
Caminé despacio por las calles empedradas, cada local(los poco que vi), y casa eran antiguas, hermosas y pintoresca. Visualice una cafetería y me dirigí a ella, cuando estuve cerca de la puerta vi un basurero municipal, arrogue ahí la bolsa negra con los pedazos de tarjetas. Luego ingresé y tomé asiento, lo que estaban adentro se me quedaron viendo, eso me hizo sentir un poco incómoda, me observé por el vidrio de la ventana, y pude comprender porque llamaba tanto la atención: mí piel era blanca, y no morena o soleada como la mayoría de ellos, mis ojos eran verdes y no oscuros con la mayoría, y aunque estaba vestida de jean y camisa se notaba que mí ropa era de marca, nunca me sentí más fuera de lugar como lo estaba ahora.
—Buenos días ¿Qué vas a pedir?—me dijo un lindo chico de cabello castaño.
—Buenos días, quiero un desayuno y café n***o por favor—respondí tímidamente.
—En seguida te lo traigo—comentó amablemente y alejándose de mí.
Sobre la mesa, encontré un periódico, lo leí rápidamente en busca de alguna noticia sobre mí, pero no había nada, supuse que mí madre no quiso hacer un escándalo, pero la conocía, y sabía que usaría sus contactos para buscarme de otra manera que no fuera pública. Poco después el chico regresó con mí pedido—.Aquí tienes—me dijo—. Disculpa que me meta, pero tu no eres de por aquí ¿cierto?—agregó con curiosidad.
—En realidad no—respondí lo mas amable posible—. Ando en busca de trabajo me dijeron que podría encontrar uno en los Campos de la hacienda la fortaleza—le dije.
Él dirigió su vista hacía el estante de pedido, para luego sentarse conmigo.
— Eso es cierto, pero te diré la verdad—.Como te habrás dado cuenta los negocios son muy pocos, así que la contratación de personal es reducida, por eso la mayoría de hombres y mujeres trabajan en el campo. Yo estuve trabajando un tiempo en la Fortaleza, pero fue un trabajo muy pesado por mí condición—dijo esto último levantándose levemente el pantalón dónde me mostró la prótesis en su pierna izquierda—. Debo decirte que el trabajo ahí es muy duro, tanto por la recolección de cosecha, el sol fuerte y por el maltrato hacía los trabajadores—dijo esto en un tono más suave para que no lo escucharán—. El capataz es un hombre muy cruel que no respeta a nadie, siempre anda con su látigo golpeando a su antojo—me explicó, sus palabras me habían dejando helada.
—¿La gente por qué soportar esas condiciones?—le pregunté tratando de comprender la situación.
—Por la necesidad del dinero, todos tienen una familia que mantener—contestó.
—¿Y el dueño por que no hace nada para mejorar las condiciones de los trabajadores?—le pregunté.
—Porque es un hombre con mucho poder, todos los de este pueblo le temen, no solo por su carácter, sino por su aspecto físico. Aquí le decimos el monstruo—me dijo siempre en voz baja.
—¿El monstruo?—pregunte de la misma manera.
—Por dentro es malvado y por fuera pues parece uno—dijo—. Tiene unas especies de cicatrices en el lado derecho de su rostro algo desagradable, dicen que así nació—mencionó—. Aunque mí mamá me dijo que antes tenía un ojo hundido y fuera de lugar, pero creo que se hizo una operación para mejorarlo—agregó—. Sin embargo, lo que se ha atrevido a burlarse de él no vuelven aparecer por el pueblo—añadió esto último con miedo.
Todo lo que dijo me dejó sorprendida. Nunca pensé que existieran personas tan crueles y que hubiera gente soportando tanta injusticia. Quizás por haber vivido entre lujos, no me daba cuenta de la verdaderas condiciones que vivían las personas de tierra dentro, y sobre lo que me dijo sobre el dueño de la hacienda, pues no podía juzgar a nadie por su pareciera, pero si por su corazón. Estaba segura que los monstruos no lo eran por su físico, sino por su interior y de eso yo sabia mucho, ya que he vivido con uno en forma de mujer.
—¿Y las autoridades en este pueblo, permiten que suceda todo eso?—le pregunté.
—El alcalde y la policía están comprando, este pueblo como en otros lugares está al merced del que tiene más dinero y poder y en este caso estamos bajo las órdenes de Abdiel Wilson—respondió viendo de nuevo hacia el estante, su respuesta no me sorprendió, ya que vivía y conocía muchas personas de ese tipo llenos de codicia y corrupta—. Debo regresar a trabajar antes que me regañen—dijo esto último poniéndose de pie.
—Gracias por toda la información...
—Kevin—completo él la oración.
—Soy Vanessa, fue un placer conocerte—le dije con una sonrisa.
Él se alejo a seguir con su trabajo. Desayune pensativa ante todo lo que Kevin me había dicho, estaba indecisa si ir a la hacienda en busca de trabajo, Por las condiciones que Kevin me dijo que pasaban los trabajadores, no sabía si sería capaz de soporte un trabajo así, pero no tenía otra opción este lugar era perfecto para esconderme, estaba Segura que en el campo los hombres de mí madre jamás me encontrarían.
Después de pensarlo, decidí ir hasta la hacienda. Pero no podía presentarme con esta ropa, así que salí de la cafetería hacía un local de ropa que había cerca, la mayoría de ropa que vendían era de campo: botas de hule, camiseta a cuadros o con rayas, sombrero, cinturones de cuero y jeans. Compré un par de prendas, le pedí la dirección de la hacienda a la empleada de la tienda, ella me dijo que había un autobús que salía en media hora, hacia allá. También supe que los trabajadores cuando eran contratados tenían que dormir de lunes a viernes en la hacienda en unas chozas que está ofrecía para sus trabajadores, y que solo podían visitar a sus familiares los Fines de semana, era en esos dos días que los dueños de los locales tenían más ventas. Luego de las compras, regresé a la posada, me cambié de ropa, luego me miré al espejo: ahora sí parecía parte de la población. Salí de ahí con mí mochila a la estación de autobuses, si conseguía el trabajo no regresaría a la posada. Como me había la mujer de la tienda, un autobús estaban a salir para la Fortaleza, este se puso en marcha pocos minutos después. La carretera pavimentada se había terminado y ahora todo era de tierra. Después de unos minutos más el autobús se detuvo. Varios bajamos de el, me imaginé que todos habíamos venido con el mismo propósito. A mí lado estaba otra chica más o menos de mí edad, hice amistad con ella su nombre era Matilde. Ella me contó que necesitaba el trabajo para el tratamiento de su hermanita quién padecía de epilepsia. Ambas llegamos a la imponente entrada de hierro de la hacienda, dónde en letras grande de metal decía " La fortaleza" por las rejas se podía observar a lo lejos una fuente de agua, arboles frondosos, y flores de todo tipo, pero alguien llamó mí atención era un hombre vestido de n***o, quién miraba fijamente un área donde habían muchas margaritas, por la distancia que nos encontramos no pude verle el rostro.
—¡Oigan ustedes la entrada para los empleados es más adelante en la siguiente entrada!—nos gritó el jardinero que estaba dentro, cuando él gritó el hombre de n***o volteó hacia nosotras.
—Ven vamos, se mira medio gruñón—dijo Matilde refiriéndose al jardinero, dando pasos hacia delante.
Me había quedado inmóvil viendo al hombre de n***o, pero finalmente seguí a Matilde. Estaba un poco pensativa, sentía como si algo dentro de mi me dijera que debía estar en este lugar. Era un sentimiento muy extraño.