Capítulo 1

1380 Palabras
La estación de policía nunca se detiene por completo. Incluso cuando el flujo disminuye y los turnos se superponen, algo sigue en movimiento: pantallas encendidas, teclados que no descansan, voces que se cruzan sin escucharse. No existe un silencio real, solo pausas breves entre una urgencia y la siguiente. El edificio funciona como un organismo cansado que continúa avanzando por pura inercia. Él se integra a ese ritmo sin pensarlo. El uniforme se ajusta a su cuerpo como una segunda piel. Espalda recta. Paso firme. No es rigidez, es entrenamiento. El cuerpo responde de inmediato; la mente tarda un poco más en alinearse. Florence lo ve antes de que él la vea a ella. —Buen día —dice, alcanzándolo con una carpeta gris mientras avanzan por el pasillo—. Tenemos un nuevo reporte. No pregunta si ya llegó. No hace introducciones. Nunca las hace. Florence trabaja de forma directa, sin rodeos, y eso simplifica las cosas. Él toma la carpeta sin detenerse. —¿Dónde ocurrió? —Distrito sur. Un depósito cercano al río. Caminan uno al lado del otro, ajustando el paso con naturalidad. Florence lleva el cabello recogido y ojeras visibles que ya no intenta ocultar. Ha dormido poco. Todos lo han hecho. —El perfil coincide con los anteriores —continúa—. Hombre, alrededor de treinta años. Relación indirecta con una organización menor. No hay registro oficial, pero figuraba como riesgo interno. Él abre la carpeta mientras avanzan. Las fotografías están ordenadas con una prolijidad casi clínica. Blanco y n***o. Encuadres precisos. El cuerpo no está abandonado; está colocado. No hay señales de lucha. No hay desorden. —¿MO? —pregunta. —El mismo —responde Florence sin dudar—. Ingreso limpio. Sin forcejeo. Sin testigos. El cuerpo fue acomodado. El tiempo de muerte tiene un margen mínimo de error. Él aprieta la mandíbula. Reconoce ese patrón con demasiada facilidad. —¿El arma? Florence se detiene frente a la sala de reuniones y señala una de las imágenes. —Aquí está la variación. Él observa con atención. El golpe fue único. Preciso. Mortal. —En los casos anteriores se utilizó un arma blanca corta —explica ella—. Precisión quirúrgica. En este caso se empleó un objeto contundente. No fue localizado en la escena. —¿Improvisado? —pregunta él. —No —responde de inmediato—. Es distinto, pero no improvisado. El patrón se mantiene. Cambia la herramienta, no el método. Él cierra la carpeta con cuidado. —Entonces no se trata de una imitación. —No —confirma Florence—. Es la misma persona. No hace falta decir nada más. Esa conclusión es la que vuelve el caso imposible de encajar en categorías simples. —Cambiar de arma implica capacidad de adaptación —dice él—. Evaluación del entorno. Control absoluto. —Y ausencia total de errores —añade Florence. Durante unos segundos ninguno habla. Él pasa una mano por la nuca. El cansancio se concentra allí desde hace semanas, como una presión constante que no cede. El cuerpo pide actividad física, desgaste, algo que lo vacíe por completo. Pero no es el momento. —¿Hay alguna conexión nueva? —pregunta al fin. —No —responde ella—. No hay cámaras útiles, no hay testigos, no hay rastros biológicos aprovechables. Es como si nunca hubiera estado allí. Él apoya la carpeta sobre la mesa de la sala de reuniones. —Estamos ante alguien que se mueve con comodidad —dice—. Que no entra en pánico. Que puede cambiar de arma sin alterar su pulso. Florence lo observa con atención. —Alguien con entrenamiento. Él asiente, aunque una imagen cruza su mente sin permiso: un espacio silencioso, ordenado, contenido. Sacude la cabeza casi imperceptiblemente. No es relevante. No ahora. —Convoca al equipo —dice—. Necesito toda la información del distrito sur. Movimientos internos, tensiones, nombres que no figuren en los reportes oficiales. Florence asiente y se dispone a irse. —Florence. Ella se detiene. —Esto no es alguien que obtenga placer al matar. Ella inclina ligeramente la cabeza. —¿Por qué lo dices? —Porque no hay exceso —responde—. No hay mensaje. No hay firma. Actúa porque es su trabajo. Florence no lo contradice. Asiente una sola vez y continúa. La sala de reuniones se llena poco después. Analistas, detectives, técnicos. La pantalla muestra mapas, diagramas, líneas que intentan imponer orden a algo que se resiste a tenerlo. Él permanece de pie. Nunca se sienta en estas reuniones. Mantenerse en movimiento le permite pensar con mayor claridad. —Comencemos con los datos confirmados —dice. Florence toma el control del proyector. —Tenemos más de cuatrocientos homicidios confirmados —explica—. El MO es consistente en todos los casos. Hay variaciones mínimas en las herramientas utilizadas, pero ninguna en la ejecución. La cifra pesa en la sala. No es nueva, pero nunca deja de incomodar. —No se trata de una escalada reciente —continúa—, sino de una continuidad silenciosa que se ha extendido durante años sin ser detectada como un patrón único. Las imágenes se suceden: posiciones corporales, ángulos, marcas apenas visibles. —No hay indicios de lucha —dice—. Las víctimas no alcanzan a defenderse. Uno de los analistas interviene. —Eso descarta impulsividad. —Y también consumo —añade Florence—. No se detectaron drogas ni alcohol. No hay signos de descontrol. —Nivel de fuerza —dice él. —Elevado —responde ella—. Incluso con cambios de arma, el resultado es inmediato. —Eso sugiere una complexión física considerable —opina otro detective. —O un entrenamiento sostenido —corrige Florence. Él cruza los brazos. —No estamos ante alguien joven —afirma—. Este nivel de control no se desarrolla en poco tiempo. Cambia la diapositiva. —La paciencia y la precisión requieren años. —Edad estimada —pregunta uno de los analistas. —Más de cuarenta años —responde él—. Como mínimo. Florence asiente. —Probablemente hombre —añade otro—. Desde el punto de vista estadístico. —No solo por estadística —lo interrumpe él—. Por la fuerza requerida, por la logística, por la selección de objetivos. Hace una pausa antes de continuar. —Se trata de alguien físicamente dominante. Alguien que encaja. Que podría desplazarse por esta estación sin llamar la atención. Florence observa una imagen detenida en la pantalla. —Alguien que entrena su cuerpo como una herramienta —dice. —Y que lleva años haciéndolo —concluye él. Nadie cuestiona el perfil. La lógica parece incuestionable. Demasiado clara para ser correcta. — El martes por la mañana, como casi todas las mañanas desde que la cafetería abrió, él entra antes de su turno. La puerta está abierta. La luz encendida. El olor a café recién molido flota en el aire. Pero algo no encaja. Ella no está. Detrás del mostrador hay otro empleado. Un joven que se mueve con torpeza, con movimientos rápidos que generan ruido innecesario. Las tazas chocan entre sí. La máquina emite un silbido prolongado. No es ella. —Buen día —dice el joven—. ¿Qué va a tomar? —Café n***o —responde—. Sin azúcar. Mientras espera, observa el mostrador. La esquina que siempre estaba impecable. La taza blanca que aparecía sin que tuviera que pedirla. Nada de eso está allí. Cuando recibe el café, el gesto es apresurado. —Gracias —dice, casi por reflejo. Da unos pasos y se detiene. —¿La chica que suele trabajar aquí? —¿Teresa? —responde el joven—. Hoy no tiene turno. Los martes por la mañana no trabaja. Regresa mañana. Sale con el café en la mano. El sabor es el mismo. El efecto, no. Camina hacia la estación con una sensación que no logra ignorar. No es miedo. No es atracción. Es algo más simple y más incómodo. Inquietud. No sabe que su ausencia no es casual. No sabe que, mientras él y su equipo construyen un perfil equivocado con absoluta seguridad, Teresa ya se ha movido fuera de su alcance. El error continúa, silencioso y perfecto.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR