1. Luna de hiel

1458 Palabras
1. Luna de hiel Vivianne Un yate nos esperaba para nuestra “luna de hiel” durante nuestro recorrido en el mar Egeo. Se podría considerar una obra maestra de lujo, con camarotes decorados con mármol blanco y detalles dorados. Suelto un suspiro, pues para cualquier otra pareja, habría sido el comienzo de una aventura romántica, pero para nosotros, era una prisión flotante. Ninguna deseaba esta unión, la tensión entre ambos era tan intensa, que podría haber incendiado el aire. Phillip no perdió tiempo en imponer su posición. Una vez que subimos al yate, me dejó claro cuáles eran las reglas. —Esta no es una luna de miel, así que no esperes cenas románticas ni paseos al atardecer. Mi tiempo es demasiado valioso para desperdiciarlo contigo. Tú puedes quedarte en tu camarote, y yo en el mío. —Su tono era cortante, y sus ojos, duros como el acero. De pie frente a él, recuerdo las palabras que me había susurrado en la ceremonia. Pero creo que no me conoce para nada. He tenido los mejores maestros para aprender a disimular emociones, un requisito indispensable para sobrevivir en un mundo donde los acuerdos comerciales valen más que las personas. No le daría el gusto de verme quebrarme. —No esperaba nada diferente, Phillip —respondo con una calma que lo toma por sorpresa. Sus ojos azules, normalmente fríos, se entrecierran como si tratara de descifrar si estoy siendo desafiante o simplemente resignada. El silencio se instala entre nosotros mientras el yate zarpa. Me retiro a mi camarote, un espacio lujoso que, sin embargo, se siente como una celda. Me dejó caer en la cama, mirando el techo, y trató de contener las lágrimas que amenazan con brotar. No iba a llorar por él. No iba a dejar que su odio me consuma. Pero, en el fondo, no puedo evitar preguntarme si alguna vez lograría atravesar la coraza de resentimiento que Phillip había construido a su alrededor. ***** Phillip Bajo a refugiarme al salón principal del yate para revisar algunos documentos y mensajes de la empresa. A pesar de estar en poder de ellos, aún sigo siendo el CEO como lo fue mi padre hasta su muerte. Pero cada vez que veo el apellido Sanpier-Moore en los contratos, una ola de ira me recorre. Mi abuelo trabajó toda su vida para convertir a los Giannopoulos en una potencia naviera, y ahora tenía que compartir el legado con una familia que consideraba oportunista y traicionera. Y allí estaba ella, Vivianne, con su rostro delicado y su actitud estoica, recordándome a cada instante cómo su familia se había adueñado de lo que no les pertenecía. Me recuesto en la silla y cierro los ojos un momento. Nunca entendí la necia petición de mi padre para que me casara con una de las hijas de esa familia. Solo me decía que era por mi bien, y que algún día lo entendería. Y ese plazo es dentro de veinticuatro meses, ni más ni menos. Abro los ojos al escuchar unos pasos en cubierta, me pregunto si debo salir a ver porque la mujercita está fuera. Sin embargo, me gana la curiosidad y subo. La veo ahí, de pie bajo la luna, con el cabello suelto y una expresión que no ha mostrado antes: vulnerabilidad. Una imagen muy diferente a la que había decidido despreciar, e incluso, estuve a punto de sentirme culpable. Casi. —¿Qué haces aquí? —pregunto, rompiendo el silencio. Mi voz sale menos dura de lo habitual y no entiendo por qué. Vivianne se gira, sorprendida, pero no deja que se note durante mucho tiempo. Se cruza de brazos, adoptando una postura defensiva. —¿Acaso no puedo disfrutar del aire libre? O esto también está en tus reglas, Phillip. Arqueo una ceja ante su tono sarcástico. Hay algo en su actitud que me resulta irritante y, al mismo tiempo, intrigante. —Haz lo que quieras. Solo recuerda que no estoy aquí para complacerte. Vivianne suelta una risa seca, una risa que no contenía alegría. —Tranquilo, Phillip. Complacerme sería lo último que esperaría de ti. Ambos nos miramos fijamente durante unos segundos que parecieron eternos, como si cada uno estuviera tratando de descifrar al otro. La tensión era palpable, pero esta vez no solo estaba cargada de hostilidad. Había algo más, algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir. Así que sin decir nada más, me doy la vuelta y regreso al interior del yate, dejando a Vivianne sola bajo la luna. Sin embargo, mientras camino por el pasillo, no puedo evitar pensar en cómo, a pesar de todo, ella ha logrado ocupar un espacio en mi mente. Un espacio que no estoy dispuesto a concederle, pero que, de alguna manera, ella ya ha reclamado. ***** Vivianne Los días en el yate transcurren en un ritmo tenso y silencioso. Phillip y yo apenas cruzamos palabras, cada uno manteniendo su distancia. Él pasa la mayor parte del tiempo en reuniones virtuales con los directivos de la naviera, mientras que yo me dedico a explorar el yate, buscando cualquier rincón donde pueda sentirme libre, aunque fuera por unos minutos. Desafortunadamente una noche, el clima comenzó a cambiar. El cielo, que había estado despejado durante días, se cubrió de nubes oscuras, y el viento empezó a azotar las velas del yate. Me encontraba en la cubierta superior cuando el primer trueno retumbó en el horizonte. La tormenta era inminente, y pronto las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer. Mi primer impulso fue irme a refugiar a mi camarote, pero había algo en el caos de la naturaleza que me resultaba familiar. Pareciera reflejar mi propia lucha interna. Así que cerré los ojos y dejé que la lluvia me empapara, ignorando el frío que comenzaba a calar en mi piel. No sabía que mi “esposo” me observaba a través de una ventana, así que pronto, lo tuve frente a mí. ¿Qué había en su rostro? ¿Curiosidad o preocupación? —¿Qué diablos crees que estás haciendo? —grita por encima del ruido del viento cuando llega a mi lado. La lluvia golpeaba con fuerza, empapando su impecable camisa blanca. Lo miró, sorprendida al principio, pero luego mis ojos lo observan con desafío. —¿Por qué te importa? No es como si quisieras que estuviera aquí, ¿verdad? Phillip aprieta la mandíbula, con su irritación creciendo de manera evidente. Al parecer tengo la habilidad de sacarlo de quicio. —No se trata de querer o no. Si te enfermas o te caes por la borda, será un problema para todos. Baja ahora. —No me digas qué hacer, Phillip —respondo con voz firme a pesar del viento. Él da un paso hacia mi, su figura imponente a pesar de la tormenta. —No estoy jugando, Vivianne. —Sus palabras son un murmullo intenso, cargado de autoridad. Pero esta vez, decido no retroceder. —Tú puedes odiarme todo lo que quieras, pero no voy a dejar que eso defina cada segundo de mi vida —mi voz sale, temblando de emoción. Algo dentro de mi había explotado, un torrente que no podía contener. —Estoy cansada de que me mires como si fuera tu enemiga, como si todo esto fuera mi culpa. Yo no elegí esto, Phillip. Pero aquí estoy, haciendo lo mejor que puedo mientras tú me haces la vida imposible. Phillip la mira fijamente, como si mis lograran perforar ese muro que había construido alrededor de sus emociones. Durante unos segundos, no supo qué responder. —Esto no cambia nada —responde finalmente, su tono más bajo pero igual de frío. —Baja ahora o te llevaré yo mismo. Antes de que pudiera protestar, una ola golpea el yate con fuerza, haciéndome perder el equilibrio. Phillip reacciona instintivamente, extendiendo los brazos para atraparme antes de que caiga al mar. El contacto fue breve pero intenso. Por un momento, nuestros ojos se encontraron, y el mundo pareció detenerse. —¿Estás bien? —pregunta Phillip, su voz más suave esta vez, casi un susurro. Logro asentir, con la respiración aún agitada. Sus manos siguen firmes en mi cintura, y aunque la lluvia seguía cayendo con fuerza, ambos parecíamos ajenos al caos que nos rodeaba. Finalmente, Phillip aparta sus manos y da un paso atrás, como si hubiera cometido un error. Sin decir una palabra más, me toma del brazo y me guía hacia el interior del yate. Esa noche, mientras la tormenta rugía fuera, pensaba en el momento en que él me había atrapado, en la fugaz suavidad de su mirada. ¿Será posible convivir sin tratar de vernos como enemigos durante el tiempo que dure el contrato? Solo el tiempo lo diría.
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