Las noches que siguieron fueron una orgía. Empecé a beber París como si la ciudad fuera de sangre.
Al caer la noche, batía los peores barrios a la caza de ladrones y asesinos, ofreciéndoles en ocasiones
una burlona posibilidad de defenderse, para luego caer sobre ellos en un abrazo fatal y cebarme en sus
cuerpos hasta el punto de la gula.
Saboreé diferentes tipos de muerte: de criaturas grandes y pesadas, de pequeñas y nervudas, de
hirsutos y de gentes de piel oscura, pero mis preferidos fueron los granujas jovencísimos, capaces de
matar a cualquiera por las monedas que llevara en el bolsillo.
Me deleitaban sus gruñidos y maldiciones. A veces les sujetaba con una mano y me reía de ellos
hasta verles realmente furiosos, y arrojaba sus navajas por encima de los tejados y hacía pedazos sus
pistolas contra las paredes. Pero, cuando hacía todo aquello, empleaba mis fuerzas como un gato a
quien no se le permitiera nunca saltar. Lo único que me desagradaba en mis víctimas era el miedo. Si mi
presa se mostraba realmente aterrada, solía perder mi interés por ella muy pronto.
Con el paso del tiempo, aprendí a retrasar la muerte. Bebía un poco de uno, otro poco de otro, y no
tomaba el gran trago de la muerte misma hasta la tercera o cuarta presa. Era la caza y la lucha lo que
repetía una y otra vez para mi placer. Y una noche, cuando ya había cazado y bebido de esta manera lo
suficiente para saciar a media docena de vampiros sanos, volví los ojos al resto de París, a todos los
placeres refinados que no me podía permitir antes.
Pero eso no fue hasta haber pasado por casa de Roget para tener noticias de Nicolás o de mi madre.
Las cartas de ésta irradiaban felicidad ante mi buena fortuna, y prometía viajar a Italia en primavera si
le quedaban fuerzas para intentarlo. De momento quería libros de París, naturalmente, y periódicos y
partituras para el clavicordio que le había enviado. Y tenía necesidad de preguntarme si era realmente
feliz, si había cumplido mis sueños. Desconfiaba de las riquezas y me había notado tan feliz con
Renaud... Era preciso que confiara en ella.
Escuchar la lectura de aquellas palabras fue una agonía para mí. Había llegado la hora de convertirme
en un redomado mentiroso, cosa que nunca había sido. Pero lo haría por ella.
En cuanto a Nicolás, debería haber sabido que no se conformaría con regalos y palabras vagas, que
exigiría verme y no dejaría de pedirlo. Tenía a Roget un poco asustado.
Pero de nada le sirvió. El abogado no podía decirle más de lo que yo le había explicado, y yo era tan
reacio a ver a Nicolás que ni tan sólo pregunté la dirección de la casa donde se había mudado. Indiqué al
abogado que comprobara si estudiaba con su maestro italiano y que tuviera todo cuanto pudiera desear.
Pero, de algún modo, conseguí enterarme de que, muy en contra de mis deseos, Nicolás no había
abandonado el teatro y aún seguía actuando en la Casa de Tespis de Renaud.
Aquello me enfureció. ¿Por qué diablos, me dije, tenía que hacer algo así?
Porque era feliz allí, igual que lo había sido yo. Ésa era la razón. ¿Era preciso que alguien me lo
dijera? En aquella pequeña ratonera de teatro, todos éramos de la misma r**a: pensar en el momento en
que se alza el telón, en que el público empieza a batir palmas y a gritar...
No. Mandaría cajas de vino y champán al teatro. Mandaría flores a Jeannette y a Luchina, las chicas
con las que más me había peleado y a las que más había querido, y más regalos en oro a Renaud.
Pagaría las deudas que tuviera.
Mas cuando pasaron unas noches y esos regalos fueron despachados, Renaud se sintió incómodo
con el asunto. Quince días más tarde, Roget me dijo que Renaud le había hecho una propuesta.
Quería que yo comprara la Casa de Tespis y le mantuviera en ella como director, con capital suficiente
para representar espectáculos mayores y de más calidad de los que había intentado nunca. Con mi
dinero y sus conocimientos, podría ser el lugar más famoso de París.
No respondí enseguida. Tardé en asimilar que podía hacerme dueño del teatro de aquella manera. A
poseerlo como las piedras preciosas del baúl, o las ropas que vestía, o la casa de muñecas que les había
mandado a mis sobrinas. Respondí que no y salí dando un portazo.
Volví a entrar inmediatamente.
—Muy bien, compre el teatro —dije—. Y déle diez mil coronas para hacer lo que quiera.
Era una fortuna, y ni siquiera supe por qué lo había hecho.
Aquel dolor pasaría, me dije. Tenía que pasar. Y yo debía conseguir cierto control sobre mis
pensamientos, comprender que tales cosas no podían afectarme.
Al fin y al cabo, ¿dónde pasaba ahora el tiempo? En los mejores teatros de París. Tenía localidades
preferentes en el ballet y en la ópera, y para las representaciones de Moliere y Racine. Desde los palcos,
encima mismo de las luces del proscenio, contemplaba a los grandes actores y actrices. Vestía trajes de
todos los colores del arco iris, joyas en los dedos, pelucas a la última moda, zapatos con hebillas de
diamantes y tacones de oro.
Y tenía la eternidad para emborracharme de las poesías que escuchaba, para emborracharme de los
cantos y del giro de los brazos de la bailarina, para emborracharme del órgano resonando en la gran
caverna de Notre Dame y para emborracharme de las campanas que contaban las horas para mí, para
emborracharme de la nieve que caía en silencio sobre los vacíos jardines de la Tullerías.
Y cada noche me sentía menos cauteloso ante los mortales, más cómodo en su compañía.
No transcurrió ni siquiera un mes hasta que reuní el valor suficiente para hacer acto de presencia en
un baile multitudinario en el Palais Royal. Venía ardiente y vigoroso tras dar cuenta de una presa y me
lancé de inmediato al baile. No desperté la menor sospecha. Al contrario, las mujeres parecían atraídas
por mí y me encantó el contacto con sus cálidos dedos y la suave presión de sus brazos y sus pechos.
Tras esto, empecé a deambular por los bulevares entre las multitudes vespertinas. Pasando
apresuradamente por delante del local de Renaud, entraba a apretujones en otras salas a contemplar los
espectáculos de marionetas, de mimos y de acróbatas. Ya no huía de la luz de las farolas. Entraba en las
cafeterías a tomar un café por el mero placer de notar el calor de los dedos, y hablaba con la gente
cuando me apetecía.
Incluso discutía con los hombres sobre el estado de la monarquía, y me volqué en dominar el billar y
los juegos de cartas; incluso me pareció que podría, si lo deseaba, presentarme en la Casa de Tespis,
comprar una localidad y deslizarme hasta el anfiteatro para ver la representación. ¡Para ver a Nicolás!
Sin embargo, no lo hice. ¿Qué era aquel sueño de acercarme a Nicolás? Una cosa era engañar a
desconocidos, a hombres y mujeres que no me habían conocido, pero, ¿qué vería Nicolás si me miraba a
los ojos? ¿Qué vería cuando reparara en mi piel? Además, me quedaban muchas cosas por hacer, me
dije.
Cada vez estaba aprendiendo más cosas sobre mi nueva naturaleza y sobre mis poderes.
Mis cabellos, por ejemplo, eran más escasos pero más gruesos, y no crecían en absoluto. Tampoco
me crecían las uñas de manos y pies, que tenían un gran brillo, aunque, si las limaba o cortaba, se
regeneraban durante el día hasta la longitud que habían tenido cuando mi muerte. Y, aunque la gente no
podía advertir tales secretos al verme, percibían otros detalles, un brillo innatural en los ojos, un exceso
de colores reflejados en ellos y una ligera luminiscencia en mi piel.
Cuando estaba hambriento, esta luminiscencia era muy marcada. Una razón más para saciarme.
También estaba aprendiendo que podía avasallar a cualquiera con una mirada penetrante y que mi
voz requería una modulación muy estricta. Tanto podía hablar en tono demasiado grave para el sonido
humano, como ponerme a reír o a gritar demasiado alto y romperle los oídos a mi interlocutor.
Tenía otra dificultad: mis movimientos. Por lo general caminaba, corría, bailaba, sonreía y gesticulaba
como un ser humano, pero, cuando algo me sorprendía, horrorizaba o afligía, mi cuerpo podía doblarse y
contorsionarse como el de un acróbata.
Incluso mis expresiones faciales podían resultar tremendamente exageradas. Una vez, me vino a la
cabeza espontáneamente el recuerdo de Nicolás y, olvidándome de que caminaba por el boulevard du
Temple, me senté bajo un árbol, encogí las rodillas y apoyé la cabeza entre las manos como un afligido
duende de un cuento de hadas. Los caballeros del siglo XVIII, vestidos con levitas de brocado y medias
de seda blancas no hacían cosas como aquélla, al menos en la calle.
Y en otra ocasión, sumido en la contemplación de los cambios de la luz sobre las superficies, di un
brinco hasta sentarme con las piernas cruzadas sobre el techo de un carruaje, con los codos en las
rodillas.
Cosas así desconcertaban a la gente. La espantaban. Sin embargo, las más de las veces, incluso
cuando se asustaban de la blancura de mi piel, sencillamente apartaban la vista. Pronto me di cuenta de
que se engañaban diciéndose que todo era explicable. Era la mentalidad racionalista del siglo.
Al fin y al cabo, no había habido un caso de brujería en cien años; el último de que tenía noticia era el
juicio de La Voisin, una adivinadora, quemada viva en tiempos de El Rey Sol.
Y, además, estaba en París. De modo que, si rompía accidentalmente algún vaso al levantarlo, o una
puerta rebotaba en la pared al abrirla, la gente suponía que estaba borracho.
Pero, de vez en cuando, respondía a la pregunta de un mortal antes de que me formulara esa
pregunta, o caía en estados de estupor mirando una vela o la rama de un árbol, y permanecía inmóvil
tanto tiempo que la gente me preguntaba si me encontraba mal.
Y mi peor problema era la risa. Me entraban accesos de risa que no podía detener. Los podía
provocar cualquier cosa. Hasta la absoluta locura de mi propia posición podía desencadenarlos.
Incluso hoy, estos ataques pueden sucederme con bastante facilidad. No los cambia ninguna pérdida,
ningún dolor, ninguna profunda comprensión de mi difícil situación. De pronto, algo me resulta gracioso,
empiezo a reír y no puedo parar.
Esto pone furiosos a los otros vampiros, por cierto. Pero eso es adelantarme en mi historia.
Probablemente, ya habréis advertido que no he hecho hasta ahora mención de otros vampiros. Lo
cierto es que no encontré ninguno.
No pude encontrar ningún otro sobrenatural en todo París.
Rodeado de mortales por todas partes —justo cuando me convencía de que no era nada—, volvía a
sentir de vez en cuando aquella vaga presencia, esquiva y enloquecedora.
Nunca llegó a ser más concreta que lo que lo fuera aquella primera noche en el camposanto junto al
bosque. E, invariablemente, surgía en la vecindad de algún cementerio parisino.
En cada ocasión me detenía, me volvía e intentaba investigarla, pero nunca tenía éxito, y aquello
desaparecía antes de que pudiera estar seguro de que existiera. Nunca la descubría por mí mismo, y el
hedor de los cementerios de la ciudad eran tan nauseabundo que no podía, ni quería, entrar en ellos.
Esta sensación parecía deberse a algo más que al asco o al mal recuerdo de la mazmorra de la torre.
La repulsión ante la visión o el olor de la muerte parecía formar parte de mi naturaleza.
Era tan incapaz de contemplar una ejecución como cuando era aquel muchacho tembloroso de la
Auvernia, y los c*******s me hacían cubrirme el rostro. Creo que me repugnaba la muerte a menos que
fuera yo su causante. Y tenía que alejarme de mis víctimas casi inmediatamente.
Retomando el tema de la presencia, llegué a preguntarme si no sería alguna otra especie de ser
espectral, algo que no pudiera comunicarse conmigo. Por otra parte, tuve la vivida impresión de que la
presencia me estaba vigilando, tal vez incluso manifestándose deliberadamente a mi alrededor.
Sea como fuere, no vi más vampiros en París. Y empecé a preguntarme si acaso no podía haber más
que uno de nuestra especie en cada momento. Tal vez Magnus destruyó al vampiro al que robó la
sangre. Quizás había tenido que morir una vez trasmitidos sus poderes. Y también yo moriría si convertía
a otro en vampiro.
Pero no, aquello no tenía sentido. Magnus había conservado una gran fortaleza incluso después de
darme su sangre. Y había encadenado a su víctima vampiro tras robarle sus poderes.
Aquello era un misterio enorme y enloquecedor, pero, de momento, la ignorancia era una verdadera
bendición. Y estaba haciendo buenos progresos en descubrir cosas sin la ayuda de Magnus. Tal vez era
ésa la intención de Magnus. Tal vez había sido aquélla su manera de aprender, siglos atrás.
Recordé sus palabras de que en la cámara secreta de la torre encontraría todo lo necesario para
progresa.
Las horas volaban mientras recorría la ciudad. Y sólo abandonaba deliberadamente la compañía de
los seres humanos para refugiarme en la torre durante el día.
No obstante, empezaba a preguntarme: «Si puedes bailar con ellos, jugar al billar con ellos y hablar
con ellos, ¿por qué no vas a poder vivir también entre ellos, como hacías cuando estabas vivo? ¿Por qué
no hacerte pasar por uno de ellos y entrar otra vez en el tejido mismo de la vida donde está... el qué?
¡Dilo!».
Y en esto llegó casi la primavera. Las noches se hicieron más cálidas y la Casa de Tespis puso en
escena una nueva función con nuevos acróbatas entre los actos. Los árboles echaban hojas de nuevo y,
todos los momentos que pasaba despierto, los pasaba pensando en Nicolás.
Una noche de marzo, mientras Roget me leía la carta de mi madre, me di cuenta de que yo podía
leerla tan bien como él. Sin proponérmelo siquiera, había aprendido a partir de mil fuentes distintas. Me
llevé la carta a la torre.
Ni siquiera la cámara interior estaba ya tan fría y, por primera vez, pude leer las palabras de mi madre
en privado, sentado junto a la ventana. Casi pude oír su voz hablándome:
«Nicolás me escribe que has comprado el local de Renaud. Así que ahora eres el propietario de ese
teatrillo del bulevar donde eras tan feliz. Pero, ¿posees todavía esa felicidad? ¿Cuándo me
responderás?»
Doblé la carta y la guardé en el bolsillo. Los ojos se me llenaron de lágrimas de sangre. ¿Por qué
tenía mi madre que entender tanto y, al mismo tiempo, tan poco?
El viento había perdido su helada fuerza y todos los olores de la ciudad volvían a la vida. Y los
mercados estaban llenos de flores. Sin pensar en lo que hacía, corrí a casa de Roget a exigirle que me
dijera dónde vivía Nicolás.
Sólo le echaría un vistazo para asegurarme de que estaba bien de salud, para cerciorarme de que la
casa era suficientemente buena.
Estaba en la He Saint Louis y resultaba muy impresionante, como era mi deseo, pero todas las
ventanas que daban al quai tenían cerradas las persianas.
Me quedé mirando la casa un largo rato mientras por el puente cercano pasaba un carruaje tras otro.
Y supe que tenía que ver a Nicolás.
Empecé a escalar la pared como había subido las del pueblo y me resultó asombrosamente fácil.
Escalé un piso tras otro, mucho más arriba de lo que me había atrevido hasta entonces, y luego corrí por
el tejado y bajé por la fachada interior hasta la altura del piso de Nicolás.
Pasé ante un puñado de ventanas abiertas antes de llegar a la que buscaba. Y allí vi a Nicolás a la luz
de la mesa donde cenaba con Jeannette y Luchina. Estaban tomando el bocado de madrugada que
solíamos hacer juntos los cuatro cuando cerraba el teatro.
Lo primero que hice al verle fue retirarme del bastidor y cerrar los ojos. Habría caído al vacío si mi
mano derecha no se hubiera agarrado rápidamente a la pared, como dotada de voluntad propia. Sólo
había visto la habitación por un instante, pero todos los detalles estaban fijos en mi mente.
Nicolás iba vestido con sus viejas ropas de terciopelo verde, el elegante atavío que había llevado con
tanto desparpajo por las tortuosas callejas de nuestro pueblo natal. Sin embargo, en torno a él
abundaban los signos de riqueza que yo le había enviado, los libros encuadernados en piel de los
estantes y un escritorio con incrustaciones, presidido por un cuadro ovalado. Y el violín italiano brillando
sobre el nuevo pianoforte.
Lucía un anillo con piedras preciosas que le había hecho mandar y llevaba el cabello castaño atado en
la nuca con un lazo de seda negra. Estaba sentado, meditabundo, con los codos sobre la mesa y sin
probar bocado del plato de exquisita porcelana que tenía ante sí.
Poco a poco, abrí los ojos y volví a mirarle. Allí bajo el resplandor de la luz, quedaban de relieve sus
gracias naturales: los brazos delicados pero fuertes, los ojos grandes y sobrios y la boca que, pese a toda
la ironía y todo el sarcasmo que pudieran salir de ella, era infantil y dispuesta a ser besada.
Me pareció descubrir en él una fragilidad que jamás había percibido o entendido. No obstante, mi
Nicolás parecía inmensamente inteligente, lleno de pensamientos confusos e intransigentes, mientras
escuchaba el rápido parloteo de Jeannette.
—Lestat se ha casado —decía la muchacha, mientras Luchina, su compañera, asentía con la
cabeza—. Su esposa es una mujer rica y él no puede revelarle que ha sido un vulgar actor. El asunto es
así de simple.
—Yo digo que le dejemos en paz —intervino Luchina—. Ha salvado del cierre nuestro teatro y nos
colma de regalos...
—No creo que sea cierto lo que dices —replicó Nicolás a Jeannette con voz amarga—. Lestat no se
avergonzaría de nosotros. —En sus palabras había una rabia contenida y una profunda aflicción—. ¿Por
qué se marchó como lo hizo? Yo le oí llamarme a gritos y descubrí la ventana rota en pedazos. Os
aseguro que estaba medio despierto y que escuché su voz...
Un incómodo silencio cayó sobre los tres comensales. Las muchachas no daban crédito al relato de
Nicolás, a su explicación de cómo me había esfumado de la buhardilla, y volver a contarlo sólo había
servido para dejarle todavía mas aislado y amargado. Todo esto lo pude captar escuchando los
pensamientos de los reunidos.
—Vosotras no conocisteis bien a Lestat —añadió entonces Nicolás con aire desabrido, retomando la
conversación con sus dos acompañantes mortales—. ¡Lestat le escupiría en la cara a cualquiera que se
avergonzara de nosotros! Me envía dinero, pero, ¿qué se supone que debo hacer con él? ¡Mi viejo amigo
está jugando con nosotros!
No obtuvo respuesta de las muchachas, personas prácticas y sensatas que no estaban dispuestas a
hablar en contra de su misterioso benefactor. Las cosas iban demasiado bien.
Y, al prolongarse el silencio, advertí la profundidad de la angustia de Nicolás. La percibí como si
estuviera asomándome a su mente. Y no pude soportarlo.
No pude soportar el hecho de sondear su mente sin que él lo supiera. Sin embargo, no podía dejar de
percibir en el interior de mi amigo un inmenso territorio secreto, más tétrico de lo que nunca había
soñado, y sus palabras me revelaron que esa oscuridad interior era como la que ya había percibido en él
en la posada del pueblo, pero que me había tratado de ocultar entonces.
Ahora, casi podía ver ese territorio secreto. Y aprecié que existía realmente más allá de su mente,
como si ésta no fuera más que el pórtico de un caos que se extendía desde los límites de todo lo que
conocemos.
Aquello era demasiado aterrador. No quise verlo. ¡No quería sentir lo que sentía!
¿Qué podía hacer por él? Eso era lo importante. ¿Qué podía hacer para poner fin a aquel tormento de
una vez por todas?
Sí, ardía en deseos de tocarle, de rozar sus manos, sus brazos, su rostro. Quería tocar su carne con
aquellos nuevos dedos inmortales. Y me descubrí susurrando la palabra «vivo». «Sí, estás vivo y eso
significa que puedes morir. Y todo lo que veo cuando te miro es absolutamente insustancial, es una
mezcolanza de pequeños movimientos y de colores indefinibles como si carecieras de cuerpo y sólo
fueras una acumulación de calor y de luz. Tú eres la luz misma; y yo, ¿qué soy ahora?»
Aunque eterno, me retuerzo como una pavesa en ese resplandor.
Pero la atmósfera de la habitación había cambiado. Luchina y Jeannette se despedían con unas
frases corteses. Nicolás no les hacía caso. Se había vuelto hacia la ventana y se estaba incorporando
como si le llamara una voz secreta. La expresión de su rostro era indescriptible.
¡Sabía que yo estaba allí!
En un abrir y cerrar de ojos, salté por la resbaladiza pared hasta el tejado.
Pero todavía podía oírle allá abajo. Volví la cabeza y observé sus manos desnudas en el alféizar. Y, a
través del silencio, pude oír su pánico. ¡Había notado que yo estaba allí! Era mi presencia lo que había
percibido, igual que yo percibía aquella presencia en los cementerios. ¿Pero cómo, se decía, podía estar
allí Lestat?
Me sentía demasiado conmocionado para hacer nada. Me sujeté del canal del tejado, me tendí sobre
éste, y advertí cuando se marchaban las muchachas y Nicolás se quedaba a solas. Y mi único
pensamiento fue: ¿qué era, por todos los demonios, esta presencia que Nicolás había percibido?
Me refiero a que yo no era ya Lestat, sino un demonio, un poderoso y voraz vampiro. Y, pese a ello,
Nicolás notaba mi presencia, la presencia de Lestat, el hombre al que había conocido.
Era algo muy distinto a cuando un mortal veía mi rostro y balbuceaba mi nombre, lleno de confusión.
Nicolás había reconocido en mi naturaleza monstruosa algo que él conocía y amaba.
Dejé de escuchar sus pensamientos y, sencillamente, permanecí tendido en el tejado.
Pero supe que, abajo, Nicolás se estaba moviendo. Supe cuándo cogía el violín colocado sobre el
pianoforte y cuándo se asomaba de nuevo a la ventana.
Y me cubrí los oídos con las manos.
Pese a ello, me llegó el sonido. Surgió del instrumento y desgarró la noche como si fuera un elemento
reluciente, distinto al aire, la luz y la materia, que pudiera ascender hasta las propias estrellas.
Atacó las cuerdas y casi pude verle con los párpados cerrados, meciéndose a un lado y a otro con la
cabeza inclinada sobre el violín como si quisiera fundirse con la música, hasta que se borró de mí toda
sensación de su presencia y sólo quedó el sonido, las notas largas y vibrantes, los escalofriantes
glissandos y el violín cantando en su propio idioma hasta hacer que pareciera falsa cualquier otra forma
de hablar.
Sin embargo, conforme avanzaba, la canción se convirtió en la esencia misma de la desesperación,
como si su belleza fuera una horrible coincidencia, una extravagancia sin un ápice de verdad.
¿Expresaba esto lo que Nicolás creía, lo que siempre había creído cuando yo le hablaba largo y
tendido sobre la bondad? ¿Era él quien se lo hacía decir al violín? ¿Estaba, tal vez, creando
deliberadamente aquellas notas largas, puras y líquidas, para decir que la belleza no significaba nada
porque surgía de su desesperación, y que tampoco tenía nada que ver, en el fondo, con tal
desesperación, pues ésta no era hermosa y la belleza era, por tanto, una terrible ironía?
No supe qué responder, pero el sonido se extendió más allá de Nicolás, como siempre había
sucedido. Se hizo mayor que la desesperación. Se transformó sin esfuerzo en una lenta melodía, como el
agua que busca su camino en la ladera de la montaña. Se hizo aún más rica y oscura y pareció haber en ella algo indisciplinado y rebelde, enorme y sobrecogedor. Permanecí tendido de espaldas en el tejado,
con la mirada puesta en las estrellas.
Puntos de luz que los mortales no habrían podido ver. Nubes fantasmales. Y el sonido penetrante y
desgarrador del violín finalizando la pieza lentamente, con una exquisita tensión.
No me moví.
En silencio, entendí el idioma que hablaba el violín. ¡Ah, Nicolás, si pudiéramos volver a hablar...! Si
pudiéramos continuar «nuestra conversación»...
La belleza no era la perfidia que él imaginaba, sino más bien una tierra inexplorada donde uno podía
cometer mil errores fatales, un paraíso salvaje e indiferente sin postes indicadores que señalaran lo
bueno y lo malo.
Pese a todos los refinamientos de la civilización que conspiraban para producir arte —la mareante
perfección de un cuarteto de cuerda o la irregular grandeza de los lienzos de Fragonard—, la belleza era
algo salvaje. Era tan peligrosa y anárquica como había sido la Tierra eones antes de que el hombre
tuviera el primer pensamiento coherente en la cabeza o escribiera el primer código de comportamiento en
tablillas de arcilla. La belleza era un Jardín Salvaje.
Entonces, ¿por qué tenía que dolerle que la música más desesperada estuviera llena de belleza?
¿Por qué tenía que hacerle mostrarse cínico, triste y desconfiado?
El bien y el mal eran meros conceptos elaborados por el hombre. Y el hombre era mejor, realmente,
que aquel Jardín Salvaje.
Pero tal vez, en lo más profundo de su ser, Nicolás siempre había soñado con una armonía de todas
las cosas que yo había considerado imposible desde el primer momento. El sueño de Nicolás no era la
bondad, sino la justicia.
De todos modos, ya no volveríamos a discutir tales cosas frente a frente. Nunca volveríamos a estar
en la posada. Perdóname, Nicolás. El bien y el mal existen todavía, y seguirán existiendo. En cambio,
«nuestra conversación» ha terminado para siempre.
Sin embargo, en el mismo instante en que me retiraba del tejado y me alejaba en silencio de la He de
Saint Louis, ya sabía lo que me proponía hacer.
No quise reconocerlo, pero ya lo sabía.
La noche siguiente, ya era tarde cuando llegué al boulevard du Temple. Venía de saciarme a gusto en
la Ile de la Cité y el primer acto de la representación en la Casa de Tespis ya estaba avanzado.