Y cuando hablaron, ni las paredes más gruesas pudieron evitar que oyera sus palabras.
Pero el aspecto más seductor de mis exploraciones fue que podía escuchar los pensamientos de
aquella gente, igual que había oído los de aquel perverso criado al que había dado muerte. Infelicidad,
pesar, expectación. Eran como corrientes en el aire, flojas unas, espantosamente fuertes otras, y unas
terceras apenas una leve brisa hasta que reconocía su procedencia.
Con todo, estrictamente hablando, no podía decirse que les leyera la mente a los mortales.
La mayoría de pensamientos triviales quedaba filtrada y, cuando me sumía en mis propias
consideraciones, no penetraba en mi mente ni la emoción más intensa. En resumen, eran las pasiones
más fuertes las que llegaban hasta mí, y sólo cuando yo aceptaba recibirlas. Incluso había algunas
mentes que no me transmitían nada ni siquiera en pleno estallido de cólera.
Estos descubrimientos me desconcertaron y casi me molestaron, igual que sucedía con la belleza
ordinaria de cuanto contemplaba, con el esplendor de las cosas comunes y corrientes. Sin embargo,
sabía perfectamente que detrás de todo ello existía un abismo en el cual yo podía caer irremisiblemente
en cualquier instante.
Al fin y al cabo, yo no era uno de aquellos cálidos y pulsantes milagros de complejidad e inocencia.
Éstos eran mis víctimas.
Era hora de dejar el pueblo. Ya había aprendido lo suficiente allí. No obstante, antes de irme, llevé a
cabo un último acto de osadía. No pude reprimirme de hacerlo.
Tras alzarme el alto cuello de la capa roja, penetré en la posada, busqué un rincón lejos del fuego y
pedí un vaso de vino. Todos los presentes en el pequeño local me dirigieron una mirada, pero no porque
reconocieran que entre ellos se encontraba un ser sobrenatural. ¡Sencillamente, todos estaban
sorprendidos de ver a un caballero ricamente ataviado! Permanecí en la posada veinte minutos,
prolongando la comprobación, sin que nadie, ni siquiera el hombre que me sirvió la bebida, detectara
nada extraño. Por supuesto, no toqué el vino. Con sólo olerlo, supe que mi cuerpo no lo admitiría. Pero lo
importante era que podía pasar inadvertido entre los humanos, que podía moverme entre ellos.
Cuando salí de la posada, me sentía alborozado. Tan pronto como llegué al bosque, eché a correr. Y
corrí tan deprisa que los árboles y el firmamento se hicieron borrosos. Casi me sentía volando.
Después me detuve, di saltos y me puse a danzar. Tomé unas piedras del suelo y las arrojé tan lejos
que ni siquiera pude ver dónde caían. Y cuando localicé en tierra la rama de un árbol, gruesa y llena de
savia, la levanté y la partí contra mi rodilla como si fuera una astilla.
Solté un grito y volví a cantar a pleno pulmón. Después, me tendí, entre carcajadas, sobre la hierba.
Cuando me levanté, me despojé de la capa y de la espada y empecé a dar volteretas como los
acróbatas del teatro de Renaud. Y luego hice un salto mortal perfecto. Di otro, esta vez hacia atrás, y otro
más hacia adelante. Después probé varios dobles y triples saltos mortales, y di un brinco en vertical que
me elevó casi cinco metros sobre el suelo. Caí de pie limpiamente, casi sin aliento y con deseos de
repetir aquellos saltos un rato más.
Pero el amanecer estaba próximo.
En el aire, en el cielo, apenas se había producido un sutilísimo cambio, pero lo percibí como si lo
anunciara el tañido de las campanas del Infierno. Unas campanas que llamaban al vampiro a refugiarse
en su sueño de muerte. ¡Ah!, el fundente encanto del cielo, el encanto de ver los borrosos campanarios.
Me asaltó la extraña idea de que, en el infierno, la luz de los fuegos sería tan brillante que recordaría la
del sol, y que éste sería el único día que volvería a ver jamás.
«¿Qué he hecho?» me dije. Yo no había pedido todo esto, ni me había entregado a ello. Incluso
cuando Magnus me decía que yo estaba a punto de morir, había tratado de resistirme. Y, pese a todo, allí
estaba ahora escuchando las campanas del Infierno.
Bueno, ¿a quién le importa eso?
Cuando llegué al cementerio, dispuesto para el regreso a la torre con la yegua, algo distrajo mi
atención.
Pie a tierra, sujeté por la rienda mi montura y observé el pequeño camposanto sin poder determinar de
qué se trataba. La sensación me asaltó de nuevo y entonces la reconocí. Noté un clara presencia en
aquel cementerio.
Me quedé tan quieto que noté la sangre corriéndome por las venas.
¡ Aquella presencia no era humana! No despedía efluvios. Ni emitía pensamientos humanos que
pudiera captar. Más bien parecía ocultarse, a la defensiva, como si me conociera. Me estaba observando.
¿Podía tratarse de imaginaciones mías?
Permanecí inmóvil, escuchando y mirando atentamente. Entre la nieve asomaba un puñado de lápidas
grises y, a lo lejos, se alzaba una hilera de viejas criptas de mayor tamaño, ornamentadas pero en el
mismo estado ruinoso que las tumbas sencillas.
La presencia parecía merodear por las proximidades de las criptas y noté claramente sus movimientos
cuando se retiró hacia los árboles del fondo.
—¿Quién va? —pregunté. Oí mi voz como un cuchillo—. ¡Responde! —insistí, con voz aún más
potente.
Noté una gran conmoción en aquello, en aquella presencia, y tuve la certeza de que huía de mí muy
rápidamente.
Corrí tras ella por el cementerio y noté cómo retrocedía. Sin embargo, no alcancé a ver nada en el
bosque solitario. ¡Y advertí también que yo era más fuerte que la presencia, y que ésta se había asustado
de mí!
¡Qué sorpresa! ¡Asustada de mí!
Y no tuve la menor idea de si era alguien corpóreo, un vampiro como yo, o algo sin cuerpo.
—Bien, una cosa es segura —dije—: ¡Eres un cobarde!
Hubo un estremecimiento en el aire. El bosque, por un instante, pareció exhalar un suspiro.
Se adueñó de mí la conciencia de mi propio poder, que había ido creciendo en mi interior. No le temía
a nada. Ni a la iglesia, ni a la oscuridad, ni a los gusanos que pululaban en los c*******s de la
mazmorra. Ni siquiera a aquella extraña fuerza fantasmal que se había retirado al bosque y que parecía
estar cerca otra vez. Ni siquiera les tenía miedo a los hombres.
¡Era un ser malévolo extraordinario! Si hubiera estado sentado en la escalera del infierno con los
codos en las rodillas y el diablo me hubiera dicho: «Lestat, ven, escoge la naturaleza que prefieras para
vagar por la Tierra», ¿qué mejor forma habría podido elegir, sino lo que ahora era? Y de pronto me
pareció que el sufrimiento era una emoción que había conocido en otra existencia y que nunca volvería a
experimentar.
No puedo evitar reírme cuando recuerdo esa primera noche y, sobre todo, ese momento en concreto.
Ya casi era de noche, y me dirigí a París a galope tendido, con todo el oro que pude transportar. El sol
acababa de hundirse en el horizonte, y el cielo aún presentaba una clara luz azul cuando monté un
caballo y emprendí camino.
Estaba hambriento.
Y quiso la suerte que me asaltara un bandolero antes de llegar a las puertas de la ciudad. Surgió
tronante de entre los árboles, su pistola lanzó un fogonazo y vi literalmente cómo la bala salía del cañón y
me pasaba de largo mientras yo saltaba del caballo y me lanzaba contra él.
El bandido era un hombre robusto y me asombró lo mucho que me complacían sus maldiciones y
esfuerzos. El perverso criado que había capturado la noche anterior era un viejo. Este, en cambio, era un
cuerpo joven y firme. Me tentaba incluso la aspereza de su barba mal afeitada, y me encantó la fuerza de
sus puños al golpearme. Pero todo acabó pronto. Se quedó inmóvil cuando hundí los dientes en la
arteria, y, cuando la sangre brotó de ella, fue una pura delicia. De hecho, resultó tan exquisita que me
olvidé de retirarme antes de que el corazón se detuviera.
Quedamos los dos arrodillados en la nieve y me causó un sobresalto la sensación de engullir la vida
junto con la sangre. Durante un largo instante, fui incapaz de moverme. Humm, pensé, ya había
quebrantado las reglas. ¿Tal vez iba a morir ahora? No parecía que tal cosa fuera a suceder. Sólo era
aquel vértigo delirante.
Y aquel pobre desgraciado, muerto en mis brazos, que me habría volado la cara si le hubiera dado
ocasión.
Seguí contemplando el cielo crepuscular y la gran masa de sombras que era París, extendida ante mis
ojos. Y sólo me quedó aquel calor, y un perceptible aumento de mis fuerzas.
De momento, todo iba bien. Me puse en pie y me sequé los labios. Después arrojé el cuerpo lo más
lejos que pude en la nieve virgen. Me sentía más poderoso que nunca.
Permanecí un rato en el lugar, glotón y sanguinario, deseando sólo volver a matar para que el éxtasis
se prolongara eternamente. Sin embargo, no habría podido beber más sangre, y poco a poco fui
tranquilizándome. Noté un leve cambio en mí y me invadió un sentimiento de desamparo. Una soledad
como si el ladrón hubiera sido un amigo o pariente mío y me hubiera abandonado. No entendí nada,
salvo que beber la sangre de aquella manera había resultado muy íntimo. Ahora llevaba en mí el efluvio
de aquel individuo y, de algún modo, me gustaba percibirlo. En cambio, allí estaba su cuerpo, tendido a
unos metros de distancia sobre la nieve, con el rostro y las manos grisáceas a la luz de la Luna.
Qué diablos, el hijo de perra iba a matarme, ¿no?
Una hora más tarde, ya había encontrado en su hogar del Marais a un competente abogado llamado
Fierre Roget, un joven ambicioso con una mente totalmente abierta a mí. Codicioso, listo, concienzudo.
Exactamente lo que buscaba. No sólo le podía leer los pensamientos cuando estaba callado, sino que
aceptó todo cuanto le dije.
El abogado estaba más que dispuesto a ponerse al servicio del marido de una heredera de Santo
Domingo y, desde luego, no tenía ningún problema en apagar todas las velas menos una, si los ojos me
dolían todavía por la fiebre tropical. En cuanto a mi fortuna en joyas, él trataba con los joyeros más
respetables. ¿Cuentas bancarias y letras de cambio para mi familia en la Auvernia...? Sí,
inmediatamente.
Aquello era más fácil que interpretar en papel de Lelio.
Pero pasé un rato horroroso tratando de concentrarme. Cualquier cosa suponía una distracción: la
llama humeante de la vela en el porta tinteros de cobre, el dibujo dorado del papel pintado c***o de las
paredes y el curioso rostro de pequeñas facciones del abogado Roget, con los ojillos brillantes tras unas
minúsculas gafas octogonales. Sus dientes me recordaban el teclado de un clavicordio.
Los objetos corrientes de la sala parecían bailar. Una cómoda me contempló con los pomos de latón
por ojos. Y una mujer que cantaba en una sala del piso superior, sobre el leve murmullo de un horno,
parecía estar diciendo algo en un idioma secreto y vibrante. Algo así como «ven a mí».
Pero parecía que todo iba a seguir de aquel modo indefinidamente y me esforcé por mantener el
dominio de mí mismo. Ordené que se mandara aquella misma noche, por un correo, cierta cantidad de
dinero a mi padre y a mis hermanos, y a Nicolás de Lenfent, un músico de la Casa de Tespis, a quien
sólo debería decírsele que la cantidad procedía de su amigo Lestat de Lioncourt. Lestat deseaba que
Nicolás de Lenfent se trasladara de inmediato a un piso decente en la He de St. Louis o a algún otro lugar
adecuado, y el abogado Roget debería, por supuesto, ayudarle en ello. Terminado el traslado, Nicolás de
Lenfent podría estudiar el violín. Roget se encargaría de comprarle el mejor instrumento posible, un
Stradivarius.
Y, finalmente, debería escribirse una carga a mi madre, la marquesa Gabrielle de Lioncourt, en
italiano, para que nadie más pudiera entenderla, acompañada de una bolsa especial destinada a ella. Tal
vez si emprendía un viaje al sur de Italia, donde había nacido, allí pudiera detener el progreso de la
enfermedad que la consumía.
Me dejó realmente aturdido pensar que le estaba dando la libertad para huir. Me pregunté qué
pensaría ella al respecto.
Durante un instante no oí nada de cuanto Roget decía. Me la imaginé por un momento vestida por una
vez como la marquesa que era en realidad, cruzando las puertas del castillo en su propio carruaje de seis
caballos. Y luego recordé su rostro consumido y oí la tos de sus pulmones como si estuviera allí conmigo.
—Mándele la carta y el dinero esta noche —dije al abogado—. No importa lo que cueste. Hágalo.
Dejé a Roget oro suficiente para mantenerla cómodamente de por vida, si le quedaba alguna.
—Bien —añadí—. ¿Conoce a algún comerciante que trate de obras de arte, cuadros, tapices...?
Alguien que esté dispuesto a abrirnos sus tiendas y almacenes esta misma noche.
—Desde luego, monsieur. Permítame ir por mi abrigo. Iremos de inmediato.
Minutos después, nos dirigíamos al faubourg Saint Denis.
Y, durante las horas siguientes, revolví junto a mis ayudantes mortales en un paraíso de riquezas
materiales, escogiendo todo cuanto quería. Sillas y sofás, porcelana y cubertería de plata, cortinajes y
esculturas..., todo a mi gusto. Y, mentalmente, transformé el castillo donde había crecido mientras más y
más objetos iban siendo apartados para embalarlos y enviarlos al sur a la mayor brevedad. A mis
sobrinos les mandé juguetes que nunca habrían soñado: barquitos con velas de verdad, casas de
muñecas de increíble perfección y realismo, etcétera.
Aprendí de cada cosa que toqué. Y hubo momentos en los que todos los colores y las texturas se
hicieron demasiado brillantes, demasiado sobrecogedores. Lloré para mis adentros.
Y habría conseguido pasar por un ser humano hasta la médula durante todo aquel rato, de no ser por
un desafortunadísimo incidente.
En un momento dado, mientras dábamos vueltas por el almacén, apareció una rata con la osadía
propia de los roedores de ciudad, corriendo junto a la pared muy cerca de nosotros. La contemplé. No
tenía nada de especial, como es lógico, pero allí, entre el yeso y la madera y los lienzos, la rata parecía
extraordinariamente inusual. Y los hombres, equivocándose, como es lógico, se pusieron a murmurar
frenéticas disculpas por su presencia y a batir los pies para ahuyentarla.
Sus voces formaron en mis oídos una mezcla de sonidos como un cocido hirviendo al fuego. Mi único
pensamiento fue que la rata tenía los pies muy pequeños y que todavía no había examinado una rata ni
ningún otro animal pequeño de sangre caliente. Me agaché y capturé al roedor, con bastante facilidad,
me parece, y le miré las patas. Quise ver qué clase de uñas tenía y cómo era la carne que había entre
sus minúsculos dedos, y me olvidé por completo de los hombres.
Fue su repentino silencio lo que me devolvió a la realidad. Los dos me miraban fijamente,
estupefactos.
Les sonreí con toda la inocencia que pude, solté la rata y continué con las compras.
Ninguno de los dos hizo la menor mención a lo sucedido, pero extrajeron una lección de ello.
Realmente, les había asustado de veras.
Esa noche, más tarde, le hice un último encargo al abogado. Debía enviar un regalo de cien coronas a
un empresario teatral llamado Renaud, con una nota mía de agradecimiento por su amabilidad.
—Investigue la situación de ese pequeño local —le indiqué— Descubra si tiene deudas.
Naturalmente, no pensaba acercarme nunca al teatro. Ellos no debían saber nunca lo sucedido, no
debían ser contaminados nunca por ello. Y, de momento, ya había terminado de hacer todo lo que podía
por mis seres queridos, ¿no?
Y cuando todo esto hubo terminado, cuando las campanas de las iglesias dieron las tres sobre los
blancos tejados y me sentí de nuevo lo bastante hambriento para oler a sangre dondequiera que volvía el
rostro, me descubrí frente al vacío boulevard du Temple.
La nieve sucia se había convertido en lodo helado bajo las ruedas de los carruajes y me encontré
contemplando la Casa de Tespis con sus muros deslustrados y sus carteles arrancados y el nombre del
joven actor mortal, Lestat de Valois, anunciado todavía en letras rojas.