Habitaciones vacías. Ventanas con rejas. El manto infinito de la noche sobre las almenas. Eso fue
todo lo que encontré en la torre. Pero en la planta baja de ésta, junto a la puerta de las escaleras que
conducían a las mazmorras, encontré una tea en el puesto del centinela y una bolsa de yesca para
encenderla en el nicho contiguo a la garita. Vi huellas en el polvo. La cerradura estaba bien engrasada y
la llave giró con suavidad cuando por fin encontré la correspondiente.
Iluminé con la antorcha una estrecha escalera de caracol y empecé con cierta repugnancia a bajar los
peldaños debido al hedor que ascendía de algún lugar situado más abajo.
Naturalmente, conocía aquel hedor. Era bastante corriente en los cementerios de París. En les
Innocents era denso como un gas venenoso pero había que convivir con él para poder comprar en las
tiendas del lugar, o para tratar con los amanuenses. Era el olor de los cuerpos en descomposición.
Y, aunque me produjo arcadas y me hizo retroceder unos pasos, tampoco resultaba tan intenso, y el
aroma de la resina de la tea al arder contribuía a aminorarlo.
Seguí el descenso. Si había allí el c*****r de algún mortal, no podía escaparme de él.
Pero en el primer nivel bajo el suelo no encontré ningún cuerpo. Sólo había allí una enorme sala
funeraria con las puertas de hierro oxidado abiertas a las escaleras y tres enormes sarcófagos de piedra
en el centro. Era muy similar a la cámara de Magnus. Aunque mucho mayor, tenía el mismo techo curvo
a baja altura y el mismo hogar, tosco y profundo.
¿Qué podía significar aquello, sino que otros vampiros habían dormido allí en alguna época? Nadie
instala una chimenea en una cripta funeraria. Al menos, yo no había oído mencionarlo nunca. E incluso
había unos bancos de piedra. Y los sarcófagos eran como el de allá arriba, con grandes figuras
esculpidas en ellas.
Sin embargo, absolutamente todo estaba cubierto por el polvo de años. Y había muchísimas
telarañas. Sin duda, los vampiros ya no habitaban allí. Era totalmente imposible. Y, no obstante, resultaba
muy extraño. ¿Dónde estaban quienes habían ocupado aquellos sarcófagos? ¿Se habían arrojado al
fuego igual que Magnus, o todavía seguían su existencia en alguna parte?
Entré y abrí los sarcófagos uno tras otro. Dentro no había más que polvo. Ningún indicio de otros
vampiros, ninguna prueba de que existieran más vampiros.
Salí de la cripta y continué escaleras abajo, aunque el hedor a descomposición se hacía cada vez más
penetrante. De hecho, muy pronto se hizo insoportable.
Procedía de detrás de una puerta que pude ver más abajo, y tuve verdaderas dificultades para
obligarme a aproximarme. Naturalmente, cuando yo era un ser mortal, tal olor me habría repugnado; pero
esto no era nada en comparación con la aversión que sentía ahora. Mi nuevo cuerpo quería alejarse de él a la carrera. Me detuve, respiré profundamente y me obligué a ir hacia la puerta, decidido a ver qué había
hecho allí mi perverso maestro.
Pues bien, el hedor no era nada comparado con lo que vieron mis ojos.
En una profunda mazmorra yacía un montón de cuerpos en todas las fases de la descomposición,
huesos y carne putrefacta plagados de gusanos e insectos. Las ratas huían de la luz de la antorcha,
rozándome las piernas camino de la escalera. Las náuseas me hicieron un nudo en la garganta y el olor
me sofocó.
Con todo, no pude dejar de mirar aquellos cuerpos. Allí había algo importante, algo terriblemente
importante, que debía descubrir. Y, de repente, me di cuenta de que todos aquellos muertos habían sido
varones —las botas y los jirones de ropa que llevaban lo delataba— y todos ellos eran rubios, de tonos
muy parecidos al mío. Los escasos c*******s que conservaban sus facciones parecían de jóvenes, altos
y de constitución delgada. Y el ocupante más reciente del siniestro lugar —el c*****r fresco y chorreante
que yacía con los brazos extendidos a través de los barrotes— se parecía tanto a mí que podría haber
sido mi hermano.
Aturdido, avancé hasta que la puntera de mi bota rozó su cabeza. Bajé la antorcha y abrí la boca
como para lanzar un grito. ¡Los ojos húmedos y viscosos del muerto, plagados de mosquitos, eran del
mismo azul que los míos!
Retrocedí tambaleándome. Se adueñó de mí un terror cerval a que el muerto se moviera, me agarrara
por el tobillo. Y supe por qué lo haría.
Cuando topé con la pared, tropecé con un plato de comida putrefacta y un cuenco. El cuenco cayó al
suelo, se rompió y la leche cuajada que contenía se derramó como un vómito.
El dolor me apretó las costillas. La sangre, como un fuego líquido, me vino a la boca y brotó de mis
dientes, salpicando el suelo delante de mí. Tuve que sujetarme de la puerta abierta para mantenerme en
pie.
Sin embargo, entre la niebla de la náusea, mi vista se fijó en la sangre. Contemplé aquel brillante color
carmesí a la luz de la antorcha. Observé cómo oscurecía la sangre al caer en la argamasa entre las
piedras. Aquella sangre estaba viva y su dulce aroma cortaba como el filo de una navaja el hedor de los
muertos. Espasmos de sed reemplazaron las náuseas. La espalda se me dobló y fui inclinándome con
una flexibilidad desconcertante más y más hacia la sangre.
Y los pensamientos no cesaron en ningún instante de agolparse en mi cabeza: aquel joven había sido
llevado con vida a aquella mazmorra; la comida putrefacta y la leche agria tenían por objeto alimentarle o
darle tormento. El joven había muerto en la celda, atrapado con los demás c*******s, sabiendo
perfectamente que pronto sería otro de ellos.
¡Dios, sufrir aquello! ¡Sufrir aquel horror! Y cuántos otros habrían conocido exactamente el mismo
destino, todos jóvenes de cabello rubio.
Me encontré de rodillas, y todavía me incliné más. Sostuve la antorcha a baja altura con la mano
izquierda y bajé la cabeza hasta la sangre, con la lengua salida entre los labios, tan brillante que creí
estar viendo la de un lagarto. La lengua lamió la sangre del suelo. Escalofríos de éxtasis. ¡Oh, qué delicia!
¿Era yo quien hacía aquello? ¿Era yo quien lamía aquella sangre a un par de centímetros del cuerpo
sin vida? ¿Era mi corazón el que latía con cada sorbo apenas a dos dedos del cuerpo sin vida de aquel
muchacho al que Magnus había llevado allí como me había conducido a mí, de aquel muchacho al que
Magnus había condenado a muerte en lugar de a la inmortalidad?
La repugnante mazmorra parpadeaba como un llama mientras yo lamía la sangre. El cabello del
muerto me rozó la frente. Su ojo, como un cristal estrellado, me contemplaba fijamente.
¿Por qué no estaba yo encerrado en aquella celda? ¿Qué prueba había superado para no estar ahora
allí, gritando y sacudiendo los barrotes, notando cómo se cernía lentamente sobre mí el horror que había
presagiado en la posada del pueblo?
Los temblores de la sangre me recorrieron los brazos y las piernas. Y el sonido que escuché —el
sonido brillante, tan cautivador como el carmesí de la sangre, el azul del ojo del muchacho, las alas
tornasoladas del mosquito, el deslizante cuerpo opalino del gusano, el resplandor de la antorcha— fue mi
propio grito, salvaje y gutural.
Dejé caer la antorcha y me incorporé de rodillas, golpeando el plato de hojalata y el cuenco roto. Me
puse en pie y corrí escaleras arriba. Y cuando cerré de un portazo el acceso a las mazmorras, mis gritos
se alzaron más y más, hasta la misma cima de la torre.
Me perdí en el sonido, que rebotaba en las piedras y volvía a mis oídos. No podía parar. Era incapaz
de cerrar la boca ni de tapármela.
Pero entonces, a través de la puerta atrancada y de una decena de estrechas ventanas que se abrían
en lo alto, vi que se acercaba la inconfundible luz de la mañana. Mi gritos cesaron. Las piedras habían
empezado a iluminarse. La luz rezumaba en torno a mí como un vapor hirviente que me quemaba los
párpados.
No tomé la decisión de correr. Sencillamente, me encontré haciéndolo, corriendo arriba y arriba hacia
la cámara interior.
Cuando salí del conducto, la estancia ardía en un mortecino fuego púrpura. Las joyas que rebosaban
del baúl parecían moverse. Casi ciego, logré levantar la tapa del sarcófago.
Muy pronto, la tapa caía de nuevo sobre mí. Desapareció el dolor de mi rostro y de mis manos y me
quedé inmóvil y a salvo mientras el miedo y la pena se fundían en una oscuridad fría e insondable.
Fue la sed lo que me despertó. Y supe al instante dónde estaba y qué era. No tuve sueños mortales
de vino blanco muy frío ni de la verde y fresca hierba bajo los manzanos del huerto de mi padre.
En la estrecha oscuridad del sarcófago de piedra, me toqué los colmillos con los dedos y los encontré
peligrosamente largos y afilados como pequeñas navajas.
Percibí que en la torre había un mortal y, aunque no había llegado a la puerta de la cámara exterior,
pude escuchar sus pensamientos.
Oí su consternación cuando descubrió abierta la puerta que daba a la escalera. Tal cosa no había
sucedido nunca con anterioridad. Escuché su temor al descubrir los leños quemados en el centro de la
estancia y le oí llamar a su «amo». El individuo era un criado, y un ser traicionero y falso, por lo que pude
captar.
Aquella capacidad para escuchar lo que pasaba por la mente del criado me fascinó, pero había otra
cosa que me perturbaba: ¡su olor!
Levanté la tapa de piedra del sarcófago y salí de él. El olor era débil, pero muy sugestivo. Era el
aroma almizcleño de la primera prostituta en cuya cama había liberado mi pasión. Era el olor del venado
asado después de días y días de ayuno en invierno. Era el perfume del vino joven, de las manzanas
frescas o del agua cayendo con un rugido por un despeñadero en un día de calor mientras yo introducía
mis manos en ella para beber.
Sólo que el aroma que ahora percibía era inmensamente más rico, y al apetito que despertaba era
infinitamente más voraz y más primario.
Avancé por el conducto secreto como una criatura que nadara en la oscuridad, hasta que, después de
desencajar la losa de la cámara exterior, me incorporé de pie en ésta.
Y allí estaba el mortal, mirándome con una expresión de desconcierto en sus pálidas facciones.
Era un hombre viejo y arrugado y, por algunos detalles del confuso torbellino de pensamientos que se
agolpaban en su mente, supe que era cochero y mozo de cuadra. Sin embargo, todo lo que escuché en
su mente resultó enloquecedoramente impreciso.
Luego, el intuitivo recelo que sentía hacia mí me alcanzó como el calor de un horno. Y no cabía
ningún malentendido. Sus ojos hervían de odio mientras recorrían mi rostro y el resto de mi figura. Él era
quien había conseguido las finas ropas que ahora llevaba yo. El era quien se había ocupado de los
desgraciados de la mazmorra mientras seguían vivos. ¿Cómo era, se preguntaba con muda indignación,
que yo no estaba entre ellos?
Esto, como podéis imaginar, me hizo quererle muchísimo. Sólo por aquel pensamiento, le habría
estrujado con mis manos desnudas hasta matarle.
—¡El amo! —exclamó entonces con desesperación—. ¿Dónde está? ¡Amo!
—Me pregunté qué sabría el viejo de su antiguo amo. Escuché en sus pensamientos que le tenía por el
hechicero de algún rey. Y ahora era yo quien tenía el poder. En resumen, el criado no sabía nada que
pudiera serme de utilidad.
Pero mientras me enteraba de todo esto, mientras lo absorbía de su mente muy en contra de su
voluntad, fui extasiándome con las venas de su rostro y de sus manos. Y el aroma me embriagó.
Percibí el mortecino latir de su corazón e imaginé el sabor de su sangre, lo que se experimentaría al
probarla, y me invadió de pronto una sensación avasalladora, rica y cálida que se apoderó de mí por
completo.
—El amo se ha ido; el fuego ha acabado con él —murmuré, y escuché mi propia voz como un sonido
gutural, extraño y monótono. Avancé poco a poco hacia él.
El viejo criado echó un vistazo al suelo ennegrecido. Después alzó los ojos al techo cubierto de hollín.
—No. Eso que dices es mentira —replicó enfurecido. Y su cólera destellaba como un faro ante mis
ojos. Noté su mente llena de rencor y sus desesperados pensamientos.
Pero, ¡ah!, qué aspecto tan delicioso tenía aquella carne viva. Me sentí dominado por un apetito
despiadado.
Y él se dio cuenta. De un modo errático e irracional, el viejo lo notó y, dirigiéndome una última mirada
torva, echó a correr hacia la escalera.
Le alcancé inmediatamente. De hecho, me resultó tan sencillo que disfruté con la captura. En un
momento dado, deseé mentalmente extender los brazos y reducir la distancia entre el viejo y yo. Al
instante siguiente, le tenía ya entre mis manos, impotente, y le levantaba del suelo mientras sus pies,
libres, trataban de golpearme.
Lo sostuve en alto con la misma facilidad con que lo haría un hombre corpulento con un cuchillo, tal
era la desproporción entre el viejo mortal y yo. Su mente era una maraña de pensamientos frenéticos y
parecía incapaz de decidirse a actuar de algún modo para tratar de salvarse.
Pero el leve murmullo de estos pensamientos quedó borrado por la visión que me ofrecía.
Sus ojos ya no eran las puertas de su alma, sino dos globos gelatinosos cuyos colores me
hipnotizaban. Y su cuerpo no era más que un pedazo de carne caliente y sangre que yo necesitaba
poseer.
Me horrorizó que aquel pedazo de carne estuviera vivo, que aquella sangre deliciosa fluyera por
aquellos brazos y dedos que se debatían ante mis ojos. Pero luego me pareció perfecto que así fuera. El
era lo que era, yo era lo que era, y ahora iba a saciar mi sed con él.
Le acerqué a mis labios y mordí la arteria que sobresalía de su cuello. El chorro de sangre golpeó mi
paladar. Emití un breve grito, a la vez que aplastaba al viejo contra mí. No era el mismo fluido ardiente de
la sangre de mi maestro, ni el delicioso elixir que había lamido de las piedras de la mazmorra. No, aquello
había sido pura luz convertida en líquido. Al contrario, ésta era mil veces más suculenta, con el sabor del
turbio corazón humano que la bombeaba; era la esencia misma de aquel aroma caliente, casi humeante.
Noté que mis hombros se alzaban, que mis dedos se clavaban todavía más en su carne y que casi
surgía de mi cuerpo una especie de zumbido. Mi única visión era su pequeña alma jadeante, mi única
sensación era la de un abandono intenso.
Tuve que aplicar toda mi fuerza de voluntad para, justo antes del momento final, apartarle de mí.
¡Cuánto deseé sentir cómo se detenía su corazón! ¡Cuánto anhelé notar cómo los latidos se espaciaban
hasta cesar, saber que había poseído a aquel mortal!
Pero no me atreví.
Su cuerpo resbaló pesadamente entre mis brazos. Los suyos quedaron abiertos sobre las losas del
suelo, y el blanco de sus ojos asomaba bajo sus párpados entreabiertos.
Y me sentí incapaz de apartar aquel cuerpo de mi mirada agonizante, lleno yo de muda fascinación
ante su muerte. No se me escapó el menor detalle. Escuché su último suspiro y vi cómo su cuerpo se
abandonaba a la muerte, sin resistirse.
La sangre me calentó. La noté latir en mis venas. Cuando lo toqué con las palmas de las manos, mi
rostro estaba ardiendo. Mi vista se había hecho extraordinariamente penetrante y me sentía más fuerte
que cuanto podía imaginar.
Recogí el cuerpo y lo arrastré por los peldaños en espiral de la torre hasta la mazmorra, donde lo dejé
para que se pudriera con los demás.
Era hora de irse, de poner a prueba mis poderes.
Llené la bolsa y los bolsillos con todo el dinero que podía transportar con comodidad y me ceñí una
espada adornada de gemas que no parecía demasiado pasada de moda. Luego bajé la escalera y salí de
la torre cerrando detrás de mí la verja de hierro.
Evidentemente, la torre era lo único que quedaba en pie de una gran casa en ruinas. Sin embargo,
capté en el viento —quizá como lo olfatearía un animal— el olor intenso y muy agradable de unos
caballos, y rodeé las piedras hasta encontrar una cuadra en la parte posterior.
En su interior había no sólo un hermoso carruaje antiguo, sino cuatro espléndidas yeguas negras. Era
un auténtico milagro que no se asustaran de mí. Besé sus finos flancos y sus hocicos largos y suaves. En
realidad, me enamoré tanto de aquellas bestias, que me habría pasado horas aprendiendo lo que pudiera
de ellas con mis nuevos sentidos. Pero lo que anhelaba en ese instante eran otras cosas.
Además de los animales, había en el establo otro ser humano, cuyo olor había yo captado también
nada más entrar. Pero el mortal estaba profundamente dormido y, cuando le desperté, comprobé que se
trataba de un chiquillo de muy pocas luces que no representaba ningún peligro para mí.
—Ahora yo soy tu amo —le dije, al tiempo que le daba una moneda de oro—, pero esta noche no voy
a necesitarte, salvo para que me ensilles una yegua.
El muchacho me entendió lo suficiente para indicarme que no había sillas de montar en la cuadra,
antes de caer dormido de nuevo.
Daba igual. Corté las largas riendas del carruaje de una de las bridas, puse éstas en la más hermosa
de las yeguas y salí del establo montando a pelo.
No puedo expresar lo que sentí con el poderío de la yegua debajo de mí, el viento helado en el rostro
y la gran cúpula del cielo nocturno en lo alto. Mi cuerpo estaba fundido con el del animal. Iba volando
sobre la nieve, riendo estentóreamente y, a ratos, cantando. Lanzaba notas agudas que jamás antes
había alcanzado, y luego descendía a una cálida voz de barítono. En algunos momentos, simplemente
gritaba de algo parecido a la alegría. Sí, tenía que ser de alegría; pero, ¿cómo podía un monstruo sentir
tal cosa?
Quise cabalgar hacia París, por supuesto, pero sabía que no estaba preparado. Eran demasiadas las
cosas que aún ignoraba sobre mis poderes. Así, pues, cabalgué en la dirección contraria hasta llegar a
las afueras de un pequeño pueblo.
No había humanos a la vista y, al acercarme a la pequeña iglesia del lugar, sentí un acceso de rabia,
totalmente humana, que se abría paso a través de mí extraña felicidad.
Desmonté rápidamente y tanteé la puerta de la sacristía. La cerradura cedió y crucé la nave hasta la
barandilla del comulgatorio.
No sé qué sentí en aquel momento. Tal vez deseaba que sucediera algo. Me sentía sanguinario. Pero
no cayó ningún rayo. Observé el fulgor rojizo de la lamparilla colocada en el altar. Contemplé las figuras
inmóviles en la negrura nocturna de las vidrieras.
Y, desesperado, salté la barandilla y puse las manos sobre el propio sagrario. Forcé sus delicadas
puertecillas, introduje las manos y saqué el copón, adornado de gemas, con sus hostias consagradas.
No, allí no había ningún poder, nada que pudiera ver o sentir o percibir con ninguno de mis monstruosos
sentidos, nada que me respondiera. Había obleas, oro, cera, luz.
Hundí la cabeza sobre el altar. Mi aspecto debía ser el de un sacerdote en plena misa. Después, volví
a cerrarlo todo en el sagrario. Lo dejé tal como lo había encontrado, para que nadie advirtiera que se
había cometido un sacrilegio.
Tras esto, recorrí una de las naves laterales de la iglesia hasta el fondo y regresé por la otra,
cautivado por las sorprendentes pinturas y estatuas. Me di cuenta de que podía ver no sólo el arte
creativo, sino también el proceso seguido por el escultor o el pintor. Podía ver cómo la laca captaba la
luz. Distinguía los pequeños defectos en la perspectiva, junto a destellos de inesperada expresividad.
Pensé en cómo se verían los grandes maestros a mis ojos. Me sorprendí contemplando los más
simples dibujos en las paredes de yeso. Después me arrodillé para mirar las aguas del mármol hasta que
me encontré tendido en el suelo, con los ojos muy abiertos, mirando el suelo bajo mi nariz.
Todo aquello se estaba saliendo de contexto. Me incorporé, tembloroso y lloriqueante, veía los cirios
como si estuvieran vivos y me sentí muy harto de aquel lugar.
Era hora de salir de allí y visitar el pueblo.
Pasé dos horas en sus calles, la mayor parte del tiempo, nadie me vio ni me oyó.
Me resultó absurdamente fácil saltar las tapias de los jardines y elevarme desde el suelo a los tejados
no muy altos. Podía dejarme caer al suelo desde una altura de tres pisos y escalar la pared de un edificio
clavando las uñas y las puntas de los pies en la argamasa entre las piedras.
Me asomé a algunas ventanas y vi parejas dormidas en sus camas revueltas, niños reposando en
cunas, ancianas cosiendo bajo una débil luz.
Y las viviendas parecían casas de muñecas con todos los detalles. Colecciones perfectas de juguetes
con sus finas sillitas de madera y sus pulidas repisas sobre las chimeneas, con las cortinas zurcidas y los
suelos bien fregados.
Vi todo esto como quien no ha formado nunca parte de la vida, admirando con emoción hasta el
menor detalle. Un delantal blanco almidonado en su percha, unas botas gastadas junto al fuego, una jarra
junto a una cama.
Y la gente... ¡Ah!, la gente era una maravilla.
Naturalmente, me llegaba su aroma, pero mi apetito estaba satisfecho y el olor me hizo sentir mal. En
lugar de ello, me quedé embelesado con su piel rosada y sus delicados miembros, con la precisión de
sus movimientos, con el proceso entero de sus existencias, como si yo nunca hubiera formado parte de
ella. Que todos tuvieran cinco dedos en cada mano me parecía admirable. Les vi bostezar, llorar, agitarse
en sueños. Me sentí hechizado contemplándoles.