Estaba sentado en el sillón. Me pareció que llevaba dormido toda una eternidad, pero no había dormido un solo instante. Estaba en el castillo, en el hogar de mi padre. Busqué a mi alrededor el atizador del fuego y mis perros, y si quedaba un poco de vino, y entonces advertí las cortinas doradas a los lados de las ventanas y la parte de atrás de Notre Dame recortada contra el cielo estrellado. Y la vi a ella. Estábamos en París. E íbamos a vivir para siempre. Ella tenía algo entre las manos. Otro candelabro. Un mechero de yesca. Estaba de pie, muy erguida, y sus movimientos eran rápidos. Prendió una chispa y la aplicó a las velas una a una. Las llamitas se avivaron y las flores de papel pintado de las paredes se alzaron hasta el techo y las bailarinas de éste se movieron por un ins

