De pronto, un caos estalla. Ante la amenaza de Damon, los guardias que custodian el salón desenfundan sus espadas hacia nosotros. Mi corazón golpea con fuerza en mi pecho mientras Milos se planta junto a Damon, quien observa fijamente los ojos coléricos de la reina. Ella aprieta los labios con tal fuerza que se convierten en una fina línea de ira.
Sus ojos son dos pozos negros de pura cólera.
Jadeo, parpadeando mientras mi dragón se remolina ante los gritos y las protestas que nos rodean.
—¡Comandante! —grita Tholides a su protegido, paralizado tras el estrado.
—¡Alteza! —Damon abre la boca, dirigiéndose únicamente a la reina, quien le regresa una mirada cargada de indolencia.
—¿Qué crees que estás haciendo? —escupe la reina al comandante.
—¡Por los dioses, es un dragón con plumas! —exclama Elyndra, de pie frente al estrado. En su mirada encuentro confusión y fascinación.
Tristán parpadea, asombrado, casi subiéndose al estrado para mirar a mi dragón, que me observa fijamente.
—¿Desde cuándo tienes una cría de dragón? —interrumpe Tristán, sin quitarme sus ojos violetas de encima. A pesar del caos, me concentro en el príncipe.
—Es que yo…—
— ¡Lo has robado! — Me acusa Casian , interrumpiendo con estrépito. Damon da un paso hacia atrás, aun levantando a Degolladora un poco más.
Levanto la mirada hacia el detestable príncipe; él me devuelve la mirada con los labios apretados. Su belleza oscura y malvada me revuelve el estómago.
— ¡No, yo no he hecho tal cosa! —
— Entonces, habla, mujer — proyecta Tholides su voz en el salón, parece aterrado de que Damon esté siendo tan osado.
Siento un respingo en el vientre y aprieto a mi dragón contra mi pecho. Puedo mentir, puedo decir cualquier otra cosa, pero esta situación ha escalado a tal punto que es absurdo contar mentiras. Trago el nudo que se me ha atascado en la garganta.
— Siempre estuvo conmigo — digo, y la reina cuadra los hombros.
— ¿Cómo? — ladra Seraphine.
—¿Cómo es eso posible? —pregunta Elyndra, pasándose la lengua por los labios.
Pero Damon la interrumpe, dirigiendo su atención a la reina consorte.
—Su Majestad —musita, y ella lo fulmina con la mirada—, ordene que bajen sus armas.
—¡Tú eres el que está amenazando a la reina! —grita Casian, y mis palmas cosquillean con el deseo de hacerlo callar de una bofetada en la cara.
—No permitiré que le hagan daño. Es un dragón; usted, como todos los que estamos aquí, sabe cuán valiosos son —. Concluye Damon. Y justo cuando Casian abre los labios para escupir su veneno, su madre lo silencia con un movimiento de mano.
Tristán, aún asombrado, vuelve a sentarse en su asiento; su lustroso pelo marrón oscuro brilla con los rayos dorados del sol. Al verlo así, me doy cuenta de que es la viva imagen de su madre.
Seraphine levanta la barbilla, aun sin dar la orden de que los guardias bajen sus armas.
—Jamás lastimaría a una criatura tan sagrada como lo es un dragón —dice ella finalmente y su voz resuena en el espacio. Damon relaja levemente los hombros. —Solo que no confío en ella. Además, la criatura debe quedarse para beneficiar al reino —sentencia, y el terror me hace temblar por completo; mi mente se estremece solo de imaginar que la separen de mí.
La voz de Kai se une finalmente a la conversación.
—Es una Drow, mi reina —puntualiza, y los murmullos de los lores y generales comienzan a hacerse escuchar. Un pavoroso murmullo azota mis oídos; suena diferente ahora que me escucho nombrada de esa manera en voz alta.
—¡Por eso mismo tiene que morir! —chilla Casius. —¡Una drow no debe pisar suelo élfico! ¡Mucho menos debe tener un dragón, no lo merece! ¡Quítenle al dragón! —grita Casian. Por instinto, aprieto al animalito con más fuerza en mi pecho; mis piernas se sacuden. A pesar de estar en desventaja, estoy más que segura de que no permitiré que me lo quiten.
Damon y Milos colocan sus cuerpos en defensa, listos para atacar. Sin embargo, antes de que los guardias se muevan, Kai se aclara la garganta, forzándose a dejar de sonreír.
—Alteza, si me permite... —Kai apoya las manos sobre la fría piedra del estrado, y una sonrisa letal atraviesa su rostro.
Seraphine rueda los ojos ante la hermosa faz del emisario
—Sí, ¿Lord Hazelgrove? —la voz de la reina suena tan irritada que no puede disimularlo.
—Lamento desilusionarla, pero la acusada parece que ya ha formado un vínculo con el dragón...—
— ¿Aja? — Seraphine levanta una ceja color café oscuro.
Kai se relame los labios y, finalmente, sus ojos encuentran mi rostro aterrado. Damon suelta un suspiro; la mano que sostiene la empuñadura de mi espada tiembla ligeramente.
—No puede separarlos —dice Damon en apoyo a Kai—. Créame cuando le digo que hacerlo sería un grave error...—
—Explíquese, comandante —responde Tristán, mostrando interés.
—Si tanto quiere al dragón, debe dejar que se quede con la señorita Grey. — La voz de Damon se relaja, al igual que sus hombros, aunque su mano sigue firme en la espada.
—Si los separa, el dragón morirá —sentencia Kai, y el terror me sacude las tripas de saberlo. Miro a mi dragón, que me regresa la mirada; sus pequeños ojos redondos y azules me escrutan inquietos mientras siento sus pequeñas garras arañar la piel blanda de mi pecho.
La sala queda en silencio, o al menos así es como percibo que pasa. Casian me observa con flechas en los ojos.
Todos contemplamos cómo la reina se remolina en su lugar, incómoda. Su rostro, de piedra, transmite una intensidad en sus ojos violetas que no deja dudas: su mente está deliberando.
La mano firme y amable de su eremita relaja los hombros de Seraphine. La reina mira a su sacerdotisa líder y está última le susurra sin dejar de observarme detenidamente. Aprieto a mi dragón más contra mi pecho mientras contengo el aliento.
Seraphine clava luego sus ojos en Damon, quien permanece firme. Frunce los labios en una mueca que reconozco como rabia. Finalmente, cuando la eremita regresa a su asiento para contemplar todo con la misma serenidad de siempre, la reina levanta los brazos e indica a los guardias que bajen sus armas.
Damon y Milos obedecen al comprobar que los hombres del rey se retraen. Parece que el comandante suelta un ligero suspiro de alivio, aunque su mejor amigo aún se esfuerza por relajarse.
Acaricio las plumas de mi dragón para serenarlo. El calor de su cuerpecito contra el mío me remueve el corazón. Ahora sé que ha estrellado su cuerpo contra un vidrio para llegar hasta mí, que ha escapado de Calanthia al no verme y ha volado para evitar que me aleje de él. No voy a permitir que ni siquiera la familia real me lo arrebate.
Seraphine se sienta de nuevo en su lugar y les ordena a Damon y a Milos que se aparten de mí. Los hombres dudan un poco, pero, inevitablemente, ambos regresan a sus sitios, aún en alerta. Detesto que se vayan; me hacen sentir más vulnerable de lo que ya estoy.
—Bien —zanja la reina—. No puedo permitir perder a una criatura tan valiosa —dice, apretando los labios como si sus palabras le supieran mal.
Casian se deja caer en su asiento, indignado.
—¡Pero madre! —exclama el heredero al trono. Pero ella vuelve a levantar las manos para silenciarlo; un destello de esperanza calienta mi corazón.
—He escuchado lo suficiente —su voz sacude mi cuerpo y sus ojos violetas se fijan en mí y en mi dragón—. Por consejo de mi eremita, no puedo quitárselo —dice, y suelto un suspiro de alivio. Desvío furtivamente la mirada a la atractiva sacerdotisa, quien me devuelve la mirada con unos singulares ojos cazadores. Luego, la reina sonríe ligeramente—. Sin embargo, no puedo dejar que ella se vaya sin recibir un castigo… —sentencia, y unas voces de protesta me hacen recordar que mis alumnos y Calanthia aún siguen retenidos en la puerta de la sala.
—Madre… —Tristán mira a la reina, y ella grita, silenciándonos a todos.
—¡Silencio en la sala! —aúlla y se dirige a mí—. Sé que piensas que este juicio es injusto, pero no te estoy juzgando por un estúpido accidente en un baile —dice, relamiéndose los labios—. Se te está juzgando por lo que eres —sus ojos se conectan con los míos—. ¿Y qué eres, Nicolae? —ladea la cabeza como un ave. Ella espera a que yo le conteste, pero la respuesta se atora en mi garganta como una piedra.
—Soy…
—Eres una mala semilla —dice Seraphine con un tono fiero—. Eres una amenaza para el bienestar del reino. Si bien no puedo evitar que un Drow pise el territorio del rey de plata, tampoco puedo permitir que un tesoro como lo es... —su mirada se posa en el dragón— la criatura que llevas en brazos se pierda. Son mucho más valiosas que el mismo reino, y esta criatura puede beneficiar a todo Fae si se maneja adecuadamente—. Se pasa la lengua por los labios. —Así que—, observa detenidamente a cada uno de los lores y se detiene en el rostro sereno de Damon—. He decidido que dejaré el dragón donde está—. Unas pocas voces se alzan en exclamaciones de desagrado. —Sin embargo—, se pone de pie, entrecerrando los ojos mientras mira a Kai—, dado que tanto el comandante Darckwood como el emisario Hazelgrove están tan interesados en la acusada—, sonríe—, les dejaré a ellos que se encarguen de ella, para formarla al servicio de la corona de Hellbula—.
—¡¿Qué?! —chilla un lord, mientras otros protestan.
Damon se pone de pie, sorprendido por las declaraciones de la reina. Elyndra asiente con la cabeza, en medio de una sonrisa siniestra.
—Como ya dije, se hará así—.
—Alteza, solo soy un emisario de la Corte de Cenizas, mi tiempo...—musita Kai, cruzando los brazos sobre el pecho. A pesar de que intenta lucir indignado, una sonrisa asoma en sus labios, de color melocotón.
La reina sigue sonriendo mientras se dirige al elfo albino.
—Un tiempo que se extenderá lo que sea necesario—, lo interrumpe—. Estoy segura de que, si envía un pergamino a su reino, ellos le concederán el tiempo necesario. Sé que es un amplio conocedor en la historia y que será de gran ayuda para que Nicolae descubra las capacidades que ya posee—. Seraphine se remueve satisfecha en su lugar, cuando sus palabras suenan cargadas de amenazas. —Además—, sus ojos vuelven a oscurecerse—, quiero saber cómo demonios terminó una Drow en mi reino y cómo es posible que alguien como ella tenga un dragón—. Borra todo rastro de sonrisa—. Estoy segura de que usted se encargará de ayudar, ¿no es así, Lord Hazelgrove? —.
Kai agacha la mirada sonriendo y pasándose la lengua por los labios.
—Claro, su alteza —responde él, levantando sus ojos claros hacia mí.
La electricidad me atraviesa, remolinándose con mi oscuridad. Un revoltijo me retuerce el estómago; mi dragón se sacude, girando su cabeza hacia el emisario. Luego, el animalito se enrolla en mis brazos mientras aquella poderosa sensación me incinera la médula. Hago un esfuerzo por apartar la mirada de la suya, y la sensación comienza a aminorar.
—Por otra parte, general Darkwood —lo llama, pronunciando su nombre con un regusto amargo en la boca—, usted la entrenará para que controle su magia de sangre y claro, sepa domar adecuadamente a su dragón. Estoy segura de que hará un buen trabajo para mantener a raya los poderes oscuros de la acusada —dice.
Damon no protesta; en cambio, aprieta los labios mientras la mira de una manera que puedo considerar… íntima.
—…Cuando esté lista, será enviada al frente, a pelear por Fae contra los trasgos —concluye, y yo respiro con dificultad. No soy la única: todos a mi alrededor reaccionan. Mi cerebro se enciende: ¡el frente! ¡con los trasgos! Damon cierra las manos en puño; está claro para todos que eso es una muerte segura para mí. —Usted, general, se irá con ella al Bastión de Drakenholt cuando esté lista —finaliza.
—Pero, el dragón… —Damon habla, pero Seraphine lo interrumpe nuevamente.
—El dragón, con suerte, tendrá el tamaño suficiente para pelear contra las bestias de los trasgos. —Sus ojos se entrecierran mientras recorre el rostro de piedra de Damon—. Si no, el dragón se quedará aquí y ella irá a Drakenholt sin él.
Mi corazón da un vuelco. Siento que se me corta el aliento.
—Pero… —refuta Damon.
—Está dicho. —Sentencia mientras su comandante estrella se relame los labios en silencio. Para él, como para todos, la reina ha hablado.
Seraphine no disimula la sonrisa que se le forma en los labios y, finalmente, centra su atención en mí.
—¿Alguna pregunta que tengas que hacer, Nicolae? —La mujer espera, golpeando una uña en la piedra con impaciencia.
Levanto la barbilla, decidida a no demostrarle lo confundida y aterrada que estoy. Mi mente da vueltas y no sé si esto es peor que ser solo esclava del sistema educativo de la academia Dragonfort.
Mi cuerpo tiembla, y en mi interior se agolpan miles de preguntas que desearía que la reina me contestara. Sin embargo, en el fondo, sé la respuesta a todas. Ella me lo ha dejado más que claro; no es estúpida, se beneficiará de mi situación, al igual que el reino, a costa mía, a costa de mi fuerza y de mi pequeño dragón. Un miedo se apodera de mí; no quiero perder lo más preciado que tengo. Sin embargo, también quiero descubrir quién soy y desentrañar todo el misterio de mi origen que me tiene vuelta loca.
Al aclararme la garganta y permitir que mi dragoncito intente esconderse en mi cabello, me atrevo a formular una pregunta absurda.
—¿Aún daré clases? —Es lo único que mi mente logra articular con coherencia. La reina amplía su sonrisa.
—No —responde de manera tajante, y mis alumnos protestan en desacuerdo. Sin embargo, la reina logra hacerlos callar. Me muerdo los labios; ella hasta me ha quitado esa pequeña cosa que me brinda felicidad —Si no tiene más que decir la acusada, esto se lo informaré al rey —murmura, soltando un suspiro mientras mira a la sacerdotisa que no me ayudó en absoluto. —Al fin y al cabo, tengo que avisarle de esto y él me dirá algo al respecto. Se les notificará sobre cualquier cambio en cuanto lo tenga —concluye, y se sienta de nuevo en su trono.
Sacude la mano con aire aburrido, indicándoles a mis guardias que me tomen nuevamente.
Dejo que manos firmes me tomen por los brazos; mis ojos recorren a Kai y luego a Damon.
Ellos me observan mientras me sacan del salón. Mis alumnos y Calanthia me miran en silencio, y mi dragón se remolinea aferrado a mi pecho.
Soy consciente ahora de que mi vida ha vuelto a cambiar, y esta vez, para peor. Ahora tengo a alguien a quien quiero proteger más que a mi propia vida.