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3898 Palabras
La pesadilla es la misma. Corro entre la nieve, persiguiendo a alguien en medio de la noche, luego, vienen los gritos y la sangre, el terror y la oscuridad, después, la criatura devorándome completa. Me sacudo entre sueños, tengo miedo y siento que mi cuerpo está cubierto de sudor, pero, mientras el terror me invade, unas caricias cálidas recorren mi cuerpo, mezclándose con el miedo, siento que jadeo mientras salgo de la inconciencia poco a poco. De pronto el sueño se ha transformado, las manos son amables y me recorren con veneración, en mis sueños descubro la sombra de alguien, no logro distinguir de quien se trata, pero, manosea mis curvas haciendo que mi piel se erice, escucho mi propia respiración, siento como mi cuerpo se sensibiliza ante unas manos desconocidas que aprietan la carne de mis caderas o los pequeños bultos de mis pezones. Me remolino en mi cama, el calor sube por todo mi cuerpo, luego… Abro ligeramente los ojos al salir de la inconsciencia del sueño y descubro la oscuridad de mi habitación. Por un momento, creo que mi sueño era real y que alguien hurgaba en mi cuerpo de tal manera que encendía mi libido. Bostezo y me reacomodo entre las sábanas de mi cama; sin embargo, unos sonoros golpes en la puerta me hacen dar un ligero respingo. Antes de que pueda reaccionar, la puerta se abre de un rápido movimiento. Me toma un momento darme cuenta de quién se trata, pero cuando lo veo entrar en mi habitación, con sus pantalones de cuero apretados que acentúan sus piernas, y el chaleco del mismo material que resalta su bien trabajado torso, mi respiración se entrecorta. Su piel tostada brilla a la luz de la lámpara de fuego fatuo que ilumina sus facciones. Los tatuajes de sus brazos desnudos se alzan ante la belleza salvaje de su semblante. Sus ojos turquesa viajan hasta mí y suelto un suspiro, hundiéndome en la cama, porque, a pesar de que unas marcadas ojeras pueblan el contorno de sus ojos, dándole una apariencia cansada, sigue luciendo hermoso como siempre. —¿Qué demonios estás haciendo en mi habitación, Damon? —susurro con la voz aún entrecortada, mientras siento cómo mi dragón se remolina entre los edredones de mi cama. —Levántate ya —me ordena, haciendo un conjuro para que las velas de mi habitación se enciendan al mismo tiempo. Frunzo el ceño y me cubro la cabeza, abrazando al dragón dentro de la cueva de mis cobijas. —¡Sal de mi cuarto! ¿Qué te pasa? ¿No te enseñaron a no meterte en la habitación de alguien sin antes tocar? —mascullo, sintiendo cómo el sueño me pesa en los ojos, como si fuera una tortura. —Sal de esa cama ya. Vengo a darte tu primera clase. Ahora soy tu superior, tienes que obedecerme, cadete —confiesa, y saco la cabeza de las sábanas para verlo con los ojos entrecerrados. Mi cabello revuelto cae sobre mi rostro, y me sonrojo al contemplarlo sosteniendo la lámpara con una mano mientras descansa la otra en su estrecha cintura. Es entonces cuando me doy cuenta, bajo la luz de las velas, de que las ojeras bajo sus ojos delatan lo cansado que luce. —¿Mi superior? —enfoco mis ojos con indignación, aunque pronto el peso del sueño se impone sobre el hecho de que Damon ahora es mi jefe. —Espera… ¿Cómo? ¿Ahora? —miro por las ventanas; aunque las cortinas están cerradas, no es difícil darme cuenta de que aún cae la noche fuera. —¿Acaso estás loco? Deben ser las seis de la mañana —rezongo, mientras el dragón ronronea, acomodándose en el arco que forma mi vientre al estar recostada de lado sobre el colchón. Damon entrecierra los ojos. —Son las cinco de la mañana —me corrige. Un jadeo de decepción escapa de mis labios mientras me vuelvo a esconder en la seguridad de mis sábanas. —Piérdete —musito. Pero en un resoplido irritado, siento cómo toma las sábanas y, de un movimiento, me las aparta, revelando a mi dragón, que levanta la cabeza y se hace bolita en su lugar con un profundo bostezo. También revela mi cuerpo cubierto solo por una simple ropa interior humana. Abro los ojos y el estallido de adrenalina me hace levantarme levemente en el colchón, apoyándome con los codos para mirarlo fijamente a los ojos. El rostro del general se clava en mí y su mirada no parece perturbarse. Solo un destello azul le atraviesa los ojos. Veo cómo aprieta el mango de la lámpara, permaneciendo inmóvil en el suelo como una hermosa estatua. Jadeo, consciente de que mi ropa interior revela mucho más de lo que una prenda interior élfica lo haría, pero desde siempre había encontrado más cómoda la ropa interior humana por su facilidad para quitármela en situaciones que así lo requirieran. Me quedo quieta mientras lo observo desde abajo, consciente de que, si me muevo un poco, Damon podrá ver la ligera humedad que empapa mis bragas a consecuencia del inquietante sueño que invadió mi mente hace menos de una hora. Por ello, mantengo las piernas apretadas lo mejor que puedo. La manzana en la garganta de Damon sube y baja ligeramente, luego se da la vuelta con una velocidad que me sorprende. Parpadeo al verlo abrir la puerta de mi cuarto. Antes de salir, y sin regresar la mirada hacia mí, dice: — Te espero en el pasillo — ladra, y parece que de pronto se ha puesto colérico. — Tienes 15 minutos — sentencia y cierra la puerta con ímpetu. Mi dragón se acomoda en mi vientre y avanza un poco por mi cuerpo para mirarme a la cara. Restriega su cabecita en mi mejilla y yo le beso la coronilla. Ahora que Damon se ha ido y estoy sola de nuevo en mi habitación, la emoción del momento se ha transformado en la conciencia de las palabras de la reina. Me relamo los labios y me siento en mi cama, apartando el largo cabello n***o de mi cara. Es verdad: mi vida ha vuelto a dar un vuelco. Ahora, mi vida es menos mía; sin embargo, hay mucho que hacer ahora que las cosas son diferentes. Un malestar en el estómago me impulsa a ponerme de pie y vestirme. Mi dragón me sigue entre pequeños bostezos adormilados. — Lo sé, pequeño — musito mientras recojo mis cosas para volver a iniciar desde el principio. -.--.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-..-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-. El aliento se me corta y mis músculos protestan mientras continuamos caminando entre las piedras musgosas en una ascensión por la montaña. Jadeo, sintiendo los tirones en mis piernas; llevamos un par de horas caminando y, desde donde estoy, el amanecer ilumina los espesos bosques que bordean Hellbula. Entrecierro los ojos al mirar el horizonte; a pesar de que estoy cansada y el frío va en aumento conforme subimos, es hermoso. Las nubes naranjas pintan una visión divina del bosque e, incluso, el polvillo dorado de la magia salvaje brilla sobre las copas de los árboles violetas y verdes del paisaje. Me limpio el sudor de la frente y reacomodo el morral en mi cuerpo, un pedazo de tela que, en un inicio, había albergado el huevo de dragón y que ahora sirve como cangurera para el cuerpo hiperactivo de mi dragón. Él observa, como yo, el paisaje; su cabeza pequeña y delgada se mueve de aquí para allá mientras gruñe y gorgorea contento, mordiendo de vez en cuando la trenza suelta que cuelga tras mi espalda. Damon me guía, parece conocer el camino, y desde que salí de mi habitación no me mira directamente a la cara, lo que agradezco. Así, no puede ver mi rostro desfigurado de cansancio ni el sudor que lo mancha. Se ha limitado a hablarme de vez en cuando y solo me responde si yo le dirijo la palabra. —Mierda, ¿Cuánto falta? —le digo mientras salto un pequeño arrollo natural que baja directamente de la montaña. Damon gruñe y se acomoda un pequeño morral en la espalda; la piel dorada de sus brazos brilla bajo la luz del sol de la mañana al moverse. Mis ojos se pierden en sus tatuajes y en sus delgadas cicatrices, y casi resbalo en el musgo húmedo de las piedras. Mi dragón protesta y Damon me mira sobre su hombro sin dejar de avanzar. —Ya falta poco —responde, comenzando a escalar un cúmulo de rocas. Yo protesto; no quiero volver a subir rocas, nunca más, pero lo sigo. —Eso dijiste hace una hora —reprocho, mientras escalo las rocas metiendo los pies en los pequeños huecos entre las piedras. Un viento frío azota mi cuerpo y un respingo se apodera de mí. Sé que, si miro hacia abajo, veré una caída libre a una muerte segura. La garganta se me seca y me pego a las piedras, sintiendo cómo mis dedos se tuercen y el sudor de mi cuerpo se torna frío. Escucho la risa de Damon mientras observa cómo tiemblo; sus ojos turquesa me inspeccionan de vez en cuando mientras sube con agilidad las empinadas rocas. Una cólera calienta mi sangre al verme presa de su burla. Sin embargo, mi dragón ruge ligeramente y mueve la cabeza para mirar hacia abajo. Lo sé, siento el tirón hacia abajo cuando lo hace. Aprieto los labios, trepando entre temblores y con el aliento atrapado en mi garganta. —Tú cállate —reprendo a mi dragón—. Tú tienes alas y ya sé que puedes volar —digo, y mi voz tiembla al ver que falta poco para el borde—. Yo no tengo alas; si me caigo, me muero. —Le digo, y mi dragoncito me responde gruñendo, en lo que parece una risita. “Mierda detesto las alturas.” Damon llega primero y se asoma, ofreciéndome una mano para ayudarme a subir. No dudo en tomar su mano; su calor sacude de inmediato mi cuerpo y jadeo cuando me ayuda a elevarme con un solo brazo. Me agarro del borde y, en un patético despliegue de brazos y piernas, termino de trepar, arrastrándome sobre la piedra plana del borde. Mi cuerpo tiembla de alivio al mirar la roca; suelto un suspiro, dejando de temblar. Damon me ayuda a ponerme de pie y me alejo del borde. Un cosquilleo me invade cuando el general deja su mano más tiempo del necesario en mi antebrazo. Él aclara su garganta y me suelta. Me paso la lengua por los labios resecos y miro más allá, tras Damon. Mi corazón brinca al iluminarse mi vista ante la belleza que tengo frente a mí. Camino unos pasos hacia el pequeño valle incrustado en medio de la montaña; el verde y las pequeñas flores silvestres me envuelven. Incluso puedo ver una pequeña cascada partiendo la roca. Sigo el arroyo que desciende en otra cascada por el borde donde escalamos; allí no hace tanto frío. Puedo decir que el valle forma una burbuja cálida que da paso a una abundante vegetación verde, púrpura y amarilla. Me descuelgo a mi dragón de la espalda y lo abrazo para que mire lo que tengo de frente. Damon se me acopla a un lado y me deja asimilar la belleza natural. Sin embargo, un poderoso rugido parte el cielo; grito y aprieto el morral contra mi cuerpo mientras miro una sombra colosal navegar las nubes grises sobre mí. Respiro hondo, llena de miedo; parece que una tormenta va a romper la montaña en cualquier momento. Pero, cuando afino la mirada, noto que la sombra que atraviesa las nubes es un cuerpo alargado con un par de alas tan grandes como velas. Por un momento, el terror se apodera de mí, y mi instinto de supervivencia me lanza señales de alerta ante la amenaza de un dragón salvaje. Sin embargo, al ver la tranquilidad de Damon, me doy cuenta de quién se trata. Con asombro, la sombra emerge finalmente y el imponente dragón gris vuelve a rugir antes de descender y aterrizar en las rocas de arriba. Mi corazón late con fuerza mientras lo observo deslizarse por la montaña. Algunas piedras se desprenden de la pared y se desquebrajan en el suelo. Me alejo, escuchando mi propia respiración acelerada. Finalmente, Smoke Silver aterriza en la piedra plana entre rugidos. Sus ojos amarillos me miran y gruñe; sus largos y filosos colmillos, como cuchillas, brillan ante los rayos naranjas de la mañana. —Da... Damon —tartamudeo, observando cómo el enorme animal se acomoda en un costado junto a la cascada. El guapo comandante me sonríe y se acerca a su dragón. —No te hará daño —me dice. Al acercarse, su cuerpo parece pequeño ante el de la enorme bestia. Veo cómo alarga una mano y acaricia la piel escamosa del pecho de su dragón. Smoke Silver emite un gorgoteo similar al que hace mi dragón cuando está contento. Después, el comandante regresa y se quita el morral de los hombros, dejándolo sobre una pequeña acumulación de pasto junto al arroyo. Me acerco con cuidado y relajo los hombros cuando Smoke Silver se distrae mirando las aves en el cielo. —¿No hubiera sido más fácil subir la montaña con…? —nuestros ojos se encuentran en un instante en que veo que, del interior de su saco, saca una cantimplora y unos trozos de carne seca. Mi dragón se remueve inquieto dentro del morral donde está atrapado su cuerpo. —¿Con tu dragón? —le digo y abro mi saco para dejar salir a mi dragón. Este salta fuera y gruñe, caminando hacia Damon, quien sostiene la comida en una mano. Él le lanza un pedazo, y Smoke Silver vuelve la mirada hacia nosotros. Sus ojos se encuentran con los del dragón, y veo cómo agacha su enorme cabeza para olfatear en nuestra dirección. Damon esboza una sonrisa, mirando a su dragón como si este le hubiera susurrado algo que yo no pude escuchar, o tal vez, por lo gracioso que resulta ver cómo mi dragón engulle el trozo de carne. —¿Hubieras subido a Smoke si así hubiera sido? —me pregunta, ofreciéndome la comida y la cantimplora. Parpadeo, apretando los labios mientras miro a su dragón, que fácilmente podría devorarme de un solo bocado. Niego con la cabeza sintiendo como mi dragón gruñe trepando por mis pantalones mirando la carne en mis manos, me agacho y me siento sobre una roca y le doy la carne que tengo en las manos. —Eso pensé —responde Damon, acomodando el saco junto a las piedras. —¿Para qué me trajiste aquí? —pregunto, dando un trago al agua fría y fresca de la cantimplora. —Ya te dije que estamos aquí por tus lecciones —me responde, mientras agarro a mi dragón y acaricio las plumas cálidas de su cuerpo. —¿Ajá? —levanto una ceja, intrigada. Damon ríe. —Necesitas un lugar tranquilo para poder invocar tus habilidades. Asiento con la cabeza. —¿Así entrenan todos los elfos? —pregunto. Él se cruza de brazos y me mira fijamente. —En realidad, las habilidades suelen manifestarse por sí solas en algún momento de la vida —dice, y yo suspiro. —Luego se perfeccionan en aulas de clases de la academia de Dragonfort —me observa y apoya los brazos en las caderas—. En tu caso, haremos algo ligeramente diferente. —Y para eso me trajiste a este valle —sentencio mientras Damon suspira. —Necesitas encontrar la magia para que esta se manifieste en ti en la forma de... —duda un poco—. tu magia oscura. Un sentimiento desagradable se instala en la boca de mi estómago. ¿Magia? Jamás había hecho magia, nadie (a excepción de Calanthia) se había tomado la molestia de enseñarme y, mucho menos, esta se había manifestado por sí sola. —¿Y cómo lo logro? —pregunto, mordiéndome los labios. Él nota mi aflicción y se acerca a mí. —La magia está en todos lados, Nikky —musita, y yo levanto la mirada hacia él. —¿Cómo? —Está en la tierra que pisas y en las plantas que te rodean —se acerca y coloca su rostro peligrosamente cerca del mío. Mi corazón se sacude y trago saliva con nerviosismo—. En el agua y en el aire, solo tienes que aprender a tomarla prestada. Damon finalmente se agacha frente a mí, mientras Smoke Silven gruñe en el fondo. Parpadeo. ¿Tomarla prestada? —No tengo idea de cómo... —confieso, sintiendo una mezcla de confusión y curiosidad. Damon esboza una linda sonrisa; si no fuera por eso, casi olvido que ahora es mi líder, mi superior... mi comandante. —Tienes que meditar primero, darte cuenta de dónde estás y encontrar la magia en la naturaleza — veo cómo él extiende una palma frente a mí y, ante mis ojos, materializa una araña de electricidad blanca que me hace retroceder un poco. Abro los labios, asombrada, al verlo contener un rayo justo en su mano. Por un instante, olvido que es la estrella del ejército, el hombre que parte el cielo con sus destructivos rayos sobre su enorme dragón gris. No puedo imaginarlo destrozando trasgos sobre Smoke Silver. Damon cierra la mano de pronto y el rayo desaparece, como si nunca hubiera estado allí. —Vaya… —exclamo. —Te enseñaré cómo lograrlo —dice, tomándome de los hombros. El contacto de sus manos me causa un estremecimiento. —Practicarás el tiempo necesario hasta que no necesites meditar para lograrlo. Ahora, concéntrate. —Me dice mientras busco una posición cómoda; mi dragón se acomoda en mis piernas cruzadas. Los nervios se apoderan de mí. —Damon...— —Shhh—, me silencia. —Cierra los ojos—, me ordena y obedezco. —Solo oye el sonido del agua, siente la textura del pasto debajo de ti—. Dice, y asiento con la cabeza, intentando percibir lo que me rodea. —Sí. —Intenta concentrar todas esas sensaciones y encuentra una brecha...— La voz de Damon suena como un arrullo, me relaja. Me toma un momento, pero siento cómo un hilo se tensa en mi interior. Se siente diferente, así que decido tomarlo; esa debe ser la brecha. Un remolino se concentra en mi pecho mientras percibo el aroma metalizado y dulce de la magia, que parece provenir de todos lados. Abro los labios y mi piel se eriza. —¿Lo sientes? — Ronronea Damon, y su voz me estremece al encontrar en su pregunta más de un significado. Asiento con la cabeza, sintiendo cómo mi entorno comienza a desaparecer. Me concentro en el hilo delgado que parece descender por mi mente; lo tengo... —Esa es la parte fácil. Ahora, intenta mantenerlo un momento más—. Continúa, y siento cómo mis manos comienzan a temblar ligeramente. La sensación en mi pecho se aprieta y suelto un jadeo. ¿Es esta la magia? —Yo...— —Ahora pídela—. Musita, y yo frunzo el ceño. —¿Pedirla? — —La magia no es nuestra, a pesar de que somos receptores de ella. Pero antes tienes que darle algo...— Dice, y abro los ojos sintiendo cómo el hilo se tambalea. —¿Qué dices? — La mirada de Damon me contempla con serenidad, su rostro esta contraído en una mueca severa. —No puedes quitarle nada a nadie sin pagar un precio— confiesa —No puedes tomar la magia así como así, tienes que dar algo para que te sea otorgada. —¿Qué puedo ofrecer? —digo casi sin aliento, forzándome a no soltar el hilo. —Puedes dar lo que sea —los ojos de Damon centellean con un destello extraño—, pero lo perderás para siempre. Por eso siempre tienes que pensar qué dar a cambio— su voz me estremece. ¿No sabía que la magia podría ser tan cruel? —Pero puedes dar un recuerdo como pago, por el momento. —¿Un recuerdo? ¿El que sea? — Damon niega con la cabeza. —Tiene que ser el más significativo para ti —responde. Parpadeo y cierro los ojos, volviendo a tomar el hilo. —Entiendo —musito. Damon se queda en silencio y las palabras de su advertencia resuenan como alarmas en mi cabeza. Un escalofrío recorre mi cuerpo, una sensación tan desagradable que revuelve mi estómago. Siento el tirón en el hilo, jadeo, con las manos sudorosas; retenerlo es más difícil de lo que pensé. Siento el regusto intenso de la magia sobre la lengua y proyecto la imagen de la primera vez que vi a mi dragón; la sensación que me provoca estalla en mi pecho de tal manera que siento como si un coche me golpeara de frente. Un cosquilleo me recorre cuando el hilo se tensa más. Un temblor sacude mis entrañas y el frío se cuela en cada hueso de mi cuerpo, mientras jadeo tan fuerte que puedo oírme. Las manos de Damon me toman del brazo; el cosquilleo de su tacto me descoloca, pero mantengo la concentración mientras la magia se apodera de mi recuerdo. El ardor de la hoja cortando mi palma me estremece y el dolor me atraviesa, mientras una gota de sudor me desciende por la frente. Luego... —Nikky... —oigo el susurro de la voz de Damon dentro de mi cabeza como una caricia. Aún siento su mano sosteniendo mi palma con una dulzura que me conmueve; siento cómo su dedo acaricia levemente mis dedos temblorosos en un gesto de consuelo—. Abre los ojos —me ordena, y aunque aún jadeo, le obedezco. Es en ese momento que el olor metálico de la sangre y la magia inundan mis sentidos. Mis ojos viajan hacia mi palma y un sobresalto me sorprende al ver la pequeña bolita de sangre levitando sobre la herida abierta. Jadeo más fuerte al observar cómo la sangre oscura comienza a girar; mi corazón galopa en mis oídos mientras el olor de la sangre y la magia castiga mi nariz. Palidezco. —Yo... lo hice... —digo entrecortadamente, sin despegar los ojos de mi magia. Damon asiente y observa mi semblante, que poco a poco se vuelve cada vez más enfermo. Mi dragón baja de mis piernas y, parpadeando, mira la esfera de sangre con interés. La calidez de la mano de Damon me abandona y siento el frío congelar mis dedos. Sin embargo, la bilis sube por mi garganta; sé que me estoy poniendo verde. Damon parpadea y me toma por la nuca. —¡Rompe el hilo! —me ordena, pero estoy tan paralizada que no puedo moverme. —¡Rómpelo! —grita, y mi dragón gruñe y ruge con nerviosismo. Mi garganta se abre y mis manos tiemblan. La esfera en mi mano comienza a sacudirse; empiezo a sobrecargarme, jadeo sin aliento. Sin embargo, al cerrar los ojos, el hilo en mi mente se rompe. De inmediato, la magia me abandona, dejándome solo con el malestar. Con un movimiento, gateo sobre la hierba y llego hasta el arroyo. Me inclino y vomito la bilis de mi estómago vacío.
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