—¡Basta! — grito, vomitando de nuevo la bilis de mi estómago en el arroyo. Mi cuerpo tiembla y la cabeza me da vueltas. En ese momento, agradezco que Damon me haya traído hasta aquí; así, nadie verá mis patéticas demostraciones de debilidad. Jadeo, escupiendo el líquido amargo, con la frente empapada de sudor. —¡Esto es horrible! — ladro, sintiendo cómo una nueva arcada me ataca la garganta. —¡No puedo más! — chillo, sintiendo que en cualquier momento mi cuerpo va a colapsar.
—Vamos, una vez más—. Damon me toma del brazo y me obliga a levantar la cara del agua verdosa del arroyo. Me quejo; llevamos toda la mañana intentando canalizar una vez más la esfera de sangre, pero desde la primera vez no he logrado hacerlo. En cambio, mi cuerpo ha rechazado la idea de volver a hacer magia.
Jamás hubiera pensado que fuera tan difícil y que Damon fuera tan cruel al obligarme a intentarlo una y otra vez. En este punto, la herida en mi palma ha sangrado considerablemente y me punza tan espantosamente que, al intentar doblar la mano, se convierte en una tortura.
La magia es aterradora. No puedo comprender cómo es que Damon puede controlarla de esa manera. Apenas intento hacerlo y ya siento el velo del desmayo nublándome la vista. Estoy más que agotada. Como había dicho Damon, la magia cobra un precio tan alto que no tengo ganas de soportarlo, y mucho menos quiero que el comandante me obligue a intentarlo una vez más.
—¡No puedo! —grito mientras trato de deshacerme de las manos de Damon —¡Tú y la magia son tan despiadados! — Mis ojos se humedecen. Estoy cansada, hambrienta, adolorida y me siento mal. No quiero seguir, y eso que apenas es el primer día de mi entrenamiento.
Damon coloca sus manos en las caderas, sus ojos son severos, estrictos; parece no doblarse ante mi muestra de vulnerabilidad. Me siento en el borde del arroyo y me limpio los labios con la manga de mi blusa, sintiendo la magia aún potente sobre la lengua. Me veo obligada a escupir en el agua para deshacerme del molesto sabor que me revuelve el estómago.
—Tienes que esforzarte —dice, y lo miro con resentimiento. Me he estado esforzando, pero él me empuja mucho más allá de mis límites, más de lo que puedo soportar.
—Basta —respondo, una mueca de dolor atraviesa mi rostro al ponerme de pie en la orilla. Sé que, si vuelvo a intentarlo, me desmayaré. No quiero que Damon termine por comprobar que soy una elfa patética, aquella que había forzado su mente a mantener el hilo que la magia me ofrecía al sumergir mi cabeza en la cruel naturaleza, y que ha fracasado al no poder retener el hilo una vez más. Me froto la nariz y camino, con mi dragón siguiéndome de a brincos y gruñidos.
Damon se frota la frente y me sigue. Ambos nos sentamos entre las rocas, donde descansan las cosas que trajo en el morral.
—Supongo que un descanso es necesario —me dice, y me tiende la cantimplora, que tomo como si me entregara oro puro. Con ansias, la abro y apuro el líquido fresco, calmando mi garganta ardiente.
Suelto el aire y me arrastro hacia el suelo musgoso, recargando la espalda en el lugar donde estuve sentada. Pienso en lo imposible que será bajar la montaña sintiéndome como me siento. Me froto la frente y mi dragón se sube en mi regazo.
—No creí que fuera tan difícil —mascullo, mientras Damon saca del morral una manzana y una pequeña daga, con la que comienza a quitarle la piel. Mi estómago protesta de hambre.
—No dije que sería fácil —sentencia — Además—, levanta la mirada hacia mí —tu magia oscura es mucho más poderosa que la normal, por eso es un poco más difícil para ti.
Frunzo el entrecejo.
—Creí que era lo mismo —respondo, y él niega con la cabeza.
—Es magia de sangre, es antigua, arcana y salvaje—. Me mira y siento cómo se me corta el aliento mientras acaricio a mi dragón, que sale corriendo de mi regazo hasta el río, en dirección a Smoke Silver, quien se había aburrido tanto que se quedó dormido. —Requiere más fuerza de la usual—.
—¿Cómo lo sabes? —.
—Lo investigué—. Se encoje de hombros y me ofrece un pedazo de manzana con sus manos. La tomo rápidamente, observando lo guapo que luce bajo la luz del sol.
—¿?—.
—Tenía que investigar lo que me iba a meter—. Dice mientras muerde otro trozo que corta para él.
Me aclaro la garganta, recordando el cosquilleo viscoso de la magia oscura recorriéndome el cuerpo como lenguas húmedas y frías.
—En realidad, sí puedo distinguirla—, digo y él me mira. —Se siente raro—. Me rasco la cabeza. —Es decir, la magia de la naturaleza es diferente porque, cuando la magia de sangre se manifiesta en mí, se siente...— Desvío la mirada de sus ojos. —Es doloroso—.
Se hace el silencio, pero luego él lo rompe.
—Si no puedes canalizar bien tu magia, puedes pedirle un poco a tu dragón. —Confiesa, apuntando a mi dragóncito que olisquea una garra enorme de Smoke Silver. Lo miro sorprendida y colérica.
—¿Y por qué demonios no me lo dijiste antes? —Chillo, indignada.
—Porque solo es para emergencias. Además, tu dragón te la tiene que dar voluntariamente. —Damon gira la cabeza, al igual que yo, y observa cómo Smoke Silver abre un ojo para mirar a la cría que comienza a mordisquearle un dedo. Mi corazón siente que se detiene y me levanto, caminando hacia los dragones.
—¡No hagas eso! —Grito, y el enorme dragón gris levanta su cabeza, gruñéndome y frenándome instantáneamente. Mis ojos se posan en mi dragón, que ahora salta para intentar alcanzar los pinchos de la barbilla de Smoke Silver.
Mis ojos se abren de pánico; Smoke Silver es tan enorme que la cría parece una pequeña pulga saliendo a su encuentro. Damon no se mueve de su lugar; en cambio, se lleva otro trozo de manzana a la boca.
Aun así, me muevo una vez más hacia los dragones.
—Nikky, no lo hagas —me advierte, y yo jadeo, sintiendo las rodillas debilitadas—. No le hará daño. —Se pone de pie y camina hacia los dragones.
—Pero… —trago saliva con dificultad—. ¿Cómo sabes que no lo hará? —Pregunto, y Smoke Silver bufa con fuerza, haciendo que la ráfaga de aire empuje a la cría hacia atrás.
—Me lo ha dicho—. Damon me lanza una última mirada pícara antes de tomar a mi dragón por la barriguita. El animalito se remolina, chillando en lo que parece un berrinche, y camina de regreso hasta donde estoy. Mi piel se eriza.
—¿Puedes hablar con tu dragón? — pregunto mientras se acerca. Observo cómo inspecciona a mi dragón, que no deja de aletear y retorcerse en sus manos bronceadas.
—Tres cosas—, me dice y me entrega a mi dragón. Lo abrazo y lo sigo de regreso a las piedras. —La primera: sí, hablo con él...
—¿Cómo? — interrumpo.
Él regresa a su tarea con la manzana.
—Cuando formas un vínculo con tu dragón, inevitablemente te hablará por la mente—. Se sienta y me invita a hacerlo.
—¿Por qué no puedo escuchar al mío? — pregunto, alzando a mi dragón para mirarlo, como si así pudiera lograr que me hablara.
Damon suelta una carcajada.
—Porque quizás es solo una cría. —Dice y asiento; ahora entiendo que es muy pequeña para actuar de esa manera. Luego miro al comandante.
—¿Y la segunda cosa?
—Smoke Silver jamás lastimaría a una cría —dice—. Para los dragones, las crías son lo más importante, incluso más que los dragones ancestrales —. Damon debió notar mi rostro de desconcierto porque aclara—: Son el futuro de su especie, Nikky.
Me muerdo los labios, recordando cómo, a pesar de que la cría de dragón molestó a Smoke Silver, este no reaccionó negativamente.
—Y… tercero —continúa Damon, apuntando a mi dragón con el mango del puñal—, es hembra— Musita.
Parpadeo unas cuantas veces; me tardo unos minutos en entender a qué se refiere. Escucho cómo el dragón gruñe y se sacude en mis manos para bajarse y morder el morral donde lo transporté antes.
—¿Eh? —mascullo para mí, y miro a la cría que muerde la tela sin parar. La tomo y le quito el saco; este se rompe ligeramente, pero sosteniendo al dragón por el cuerpo, lo acerco a mi rostro. Me mira gruñendo. —¡Eres una chica! —le digo, dibujando una sonrisa. Luego parpadeo con curiosidad—. ¿Cómo lo has sabido? —le pregunto a Damon, mirándolo directo a los ojos.
Damon me entrega los pedazos que restan de manzana, y mi dragona se los devora antes de que yo pueda agarrarlos. Damon entierra el cuchillo en la tierra y me mira, apoyando los codos en las piernas.
—¿En serio quieres que te lo muestre? —dice, y yo, al comprenderlo, niego con la cabeza.
—No. —
Sonríe.
—Desde que la vi por primera vez, ya lo sospechaba: su anatomía es fina, delicada, como la de las hembras de dragón, pero necesitaba confirmarlo— Damon cruza los brazos sobre su amplio pecho, los músculos rollizos de sus brazos se abultan, y mirarlo, aunque solo sea fugazmente, me envía una descarga justo entre las piernas.
Acaricio la carita de la dragona con ambas manos y deposito un beso en su frente.
—Así que definitivamente me has engañado —le digo.
Se hace un corto silencio.
—¿Ya has pensado en un nombre? —me pregunta Damon, sorprendiéndome. Ni siquiera me había puesto a pensar en su género, mucho menos en buscarle un nombre.
—No —confieso.
Damon dirige su mirada hacia su dragón durante unos cortos segundos y luego concentra su atención en nosotras.
—Smoke Silver dice que la llames con un nombre que solo ella pueda mencionar —suena su voz como un ronroneo. Desvío la mirada y encuentro al enorme dragón gris observándome fijamente. Un escalofrío recorre mi espalda al ver sus ojos inteligentes. —Los nombres de los dragones son sagrados; nadie debe ser digno de llamarla por su nombre verdadero —musita Damon, pero algo muy dentro de mí sabe que le está traduciendo al dragón.
Me aclaro la garganta. De pronto, reflexiono que Smoke Silver no es el verdadero nombre del poderoso dragón macho que acompaña al guapo comandante y me pregunto si Damon sabe cuál es.
—Mmmm... —lo medito un poco, mirando a mi dragona con detenimiento. Noto sus ojos azules y su lindo y esponjado plumaje blanco, y por primera vez siento que debo darle una identidad, hacerla existir.
Tanto Damon como Smoke Silver me dan mi tiempo. Ella mordisquea el aire cuando un pequeño insecto pasa entre nosotras, y una sonrisa atraviesa mi rostro.
—Para todos, ella será Syreli —sale de mis labios, y la dragona deja de mordisquear el aire para mirarme entre parpadeos, como si aceptara su nombre. Damon observa a su dragón con aires cómplices. Luego, se pone de pie y se sacude el polvo del uniforme.
—Significa “Mordelona” en el elfo antiguo —traduce Damon, y su dragón asiente con la cabeza, poniéndose de pie, mientras su verdadero nombre gira en el interior de mi mente, como las plumas que deja en mi habitación.
—La clase ha terminado por hoy —zanja Damon, haciéndole un gesto a Smoke Silver, y el enorme dragón se eleva hacia el cielo. Mi pecho estalla de adrenalina y emoción; trago saliva con dificultad mientras Damon se ajusta el pequeño morral al hombro.
Es momento de irse, es hora de descender a pie la montaña.
Sin embargo, antes de ponerme de pie, me inclino sobre la dragona y la acuno entre mis piernas y mi cuerpo. Allí, mientras me mira en silencio, le susurro su verdadero nombre.
“Melinorsygreli…”
La que muerde el cielo…
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—Perdóname, perdóname, perdóname... —lloriquea Calanthia, mientras apoya su frente en mi hombro derecho. Llora y la venda en su mano izquierda cosquillea la piel expuesta de mi hombro, buscando que la ligera corriente del lago no la mueva de su lugar.
Suelto un suspiro y giro en el agua para mirarla. Le tomo la mano herida por la mordida de Syreli, la acerco a mi mejilla y la miro fijamente a esos ojos dorados que me inquietan.
—Ya te dije que está bien —le digo, estirando una sonrisa mientras Syreli nada en el lago turquesa como un pez en su elemento—. No ha sido tu culpa.
La suelto y noto que los ojos de la sacerdotisa se humedecen; se abraza a sí misma, buscando consuelo.
—Es que, te juro que intenté evitar que saliera, pero cuando me mordió, se arrojó contra la ventana de tu habitación —parpadea, mientras una hoja ancha del enorme árbol verde que reposa en una islita miniatura, dentro del santuario cubierto de roca y maleza, cae entre nosotras.
Suelto un suspiro y siento cómo Syreli me roza las piernas dentro del agua; el cosquilleo de sus plumas me arranca una risita.
—Ya te dije que lo entiendo. Ahora, olvidemos eso, ¿sí? —digo, hundiendo mi largo cabello azabache en el agua fresca.
Ella asiente con la cabeza y se talla un brazo con un puñado de hojas frescas que ha sacado del agua.
La oigo resoplar mientras, con los dedos, comienza a deshacer los nudos de mi cabello empapado.
—No me has contado cómo te fue en tu primera clase con... —sé que estira los labios en una sonrisa— ...con el guapo comandante Darkwood.
Se inclina sobre mi hombro para hablarme. Aprieto los labios y, de repente, Syreli emerge del agua, chillando y moviendo sus pequeñas alas para impulsarse.
—Horrible —respondo, y ella me da un tirón suave del pelo.
—¿Por qué?
Me paso un mechón de cabello tras la oreja.
—No pensé que intentar manifestar mis poderes fuera tan difícil —digo, y ella chasquea los labios —Además, Damon es… —me aclaro la garganta, alargando la mano para tocar a Syreli —Es muy estricto con su entrenamiento.
Calanthia suelta un suspiro.
—Bueno, sí, es difícil invocar la magia, pero... —me sonríe—. Es un comandante Nikky. ¿Acaso esperabas que fuera comprensivo? —me pregunta.
—En realidad, no, pero…—
Calanthia suelta mi pelo y nada un poco para quedar frente a mí. Sus ojos chispean y su sonrisa me hace sentir el rostro rojo de vergüenza.
—¿Querías que fuera diferente contigo? —pregunta mientras me abrazo a mí misma, mientras observo cómo mi dragona emerge del agua y se acomoda bajo las raíces del árbol que se erige en medio del lago. La veo sacudirse el agua de las plumas y se echa en un bostezo.
—No, no, no —mascullo, pero mi rostro ya arde, rojo como un tomate—. Nada de eso, yo… simplemente no creí que me presionara de esa forma, como si —trago saliva— como si yo fuera cualquier persona. —Digo, y ella entrecierra los ojos, aprieta los labios y ahoga una risa.
La miro y un sentimiento cálido se estaciona en mi pecho, la manoteo y nado lejos de ella para que no siga viendo mi rostro avergonzado.
Ella nada hasta mí y se aclara la garganta.
—Él es el que te ha dicho que Syreli es hembra, ¿verdad? —Desvía el tema, y le sonrío; por algo es mi amiga.
Asiento con la cabeza y le arrojo agua. Ella se ríe y me salpica a mí también; nuestras carcajadas resuenan en el espacio cerrado del palacio, donde el lago inunda la estructura.
—Si no te tratas esa herida de la mano, se te va a infectar —interrumpe la singular voz de Celadine.
Las risas cesan, y al mirar a la diablesa, la vemos cruzada de brazos, de pie junto a la orilla de piedra. Sus ojos amarillos me recorren con la calma y el desinterés de siempre. Aprieto los labios y suspiro; acabo de salir de un juicio que casi me cuesta la vida, y ella solo me regaña.
—¿Solo eso tienes por decirme? —le digo, nadando hacia la orilla. Calanthia me sigue en silencio.
La mujer levanta una ceja negra, manteniéndome la mirada tras los cristales de sus anteojos.
—La vida sigue, Nicolae —afirma, mientras avanza por el pasillo. Mi amiga y yo salimos del agua. La bata blanca de Calanthia se adhiere a su cuerpo, resaltando todas sus curvas. Ella estira sus alas y las sacude, deshaciéndose del agua. Yo me cruzo de brazos, protegiéndome del aire fresco que eriza la piel de mi cuerpo cubierto solo por ropa interior humana—. Hay mucho por hacer —dice. Con un ligero movimiento de uno de sus dedos, nuestros cabellos se secan por completo.
—¿Entonces, a qué has venido? —le pregunto a mi protectora, observando cómo se quita de los hombros un pequeño morral que deja caer al suelo frío.
Miro hacia atrás y veo a Syreli lanzarse al agua, nadando rápidamente para alcanzarme. Celadine solo le lanza una furtiva mirada mientras revisa el interior de su saco marrón.
—El comandante Darkwood ha acudido a mí esta tarde —dice. Levanta la vista para mirarme y saca lo que parecen ser ungüentos en frascos y una venda—. Parece que tú y él estuvieron ocupados está mañana por tus lecciones –levanta los ojos ligeramente hacia mi mientras termina de acomodar su morral, luego suspira- Me ha pedido que atienda la herida de tu mano.
—¿Él te ha pedido eso? —exclamo. Calanthia se lleva una mano a los labios, mirándome en complicidad. Intento evitar encontrarme con los ojos de mi amiga, pues el rubor vuelve a pintar mi rostro.
—Sí, me insistió que lo hiciera, aunque sabe que estoy atendiendo al rey. —Se pone de pie y toma mi mano, inspeccionando la fea línea irritada de mi palma. Chasquea los labios—. Fue muy molesto, tengo mucho que hacer.
—Ya veo —respondo mientras la curandera se pone a trabajar en mí. Calanthia lucha por no sonreír mientras se quita la tela empapada y comienza a vestirse. Syreli chilla a mi alrededor, pidiéndome que la cargue.
Celadine levanta la mirada cuando termina de darle la última vuelta a la venda de mi mano; me encuentro con sus ojos.
—Sé lo que pasó en el juicio —me dice, y siento una opresión en el pecho—. Sé lo que tienes que hacer. —Me suelta y me da una palmadita en el brazo—. Luego averiguaremos qué hacer para evitar que te vayas al frente de guerra. —Dice y aprieto la mandíbula con fuerza.
Como no le contesto, ella se inclina para volver a tomar su morral y mi ropa, me tiende mis prendas y se acomoda el tirante de su saco de regreso al hombro.
—Por mientras yo...—
—Por mientras, sigue con tus deberes—, dice Celadine mientras camina hacia la puerta de plata que separa el singular lago del pasillo principal. —Ahora tienes una reunión con un emisario—. Su voz hace que mi cuerpo reaccione, erizándose solo de recordarlo. Parpadeo y siento cómo la electricidad chispea en mi piel ante la sola idea de verlo. Un frío helado me recorre, y tengo que agacharme para recoger a Syreli del suelo; su cuerpo cálido me reconforta el pecho.
Observo cómo la diablesa me lanza una última mirada antes de salir y cerrar la puerta tras de sí, de regreso a sus obligaciones con el rey. Un grito me sorprende, me sacudo, y Syreli ruge cuando mi amiga me toma del brazo, chillando y gritando de emoción. Parpadeo y la miro, aun teniendo mi ropa en una mano y a Syreli en la otra.
—¡Cala! —
—Oh sí, el hermoso Kai Hazelgrove—, me agarra de la cara. —Deberías hablarle de mí—. Se muerde los labios y me suelta. —Dile sobre mí—, canturrea y corre hacia la puerta, vestida y con el pelo seco. Parpadeo nuevamente, clavada en el suelo, y la observo corretear como una adolescente —¡Vete, vete! Seguramente te está esperando—. Me dice mientras me lanza un beso.
La veo marchar por donde se fue la sanadora. Un temblor me sorprende. Me paso la lengua por los labios. A diferencia de mi mejor amiga, yo no siento el mismo júbilo; en cambio, la oscuridad se apelmaza en mi cuerpo con tanta fuerza que me provoca náuseas.
No quiero ir con lord Hazelgrove.