Adonis me miró cuando entré en la cocina. Sus labios se inclinaron hacia arriba en señal de saludo y una calidez se desplegó en mi pecho y se arremolinó en mi vientre. Se giró para prepararme un café con leche y yo me anoté en la mente que tenía que aprender a manejar el complicado aparato, pero tenía que admitir que Adonis me reconfortaba y me resultaba un poco doméstico cuando me preparaba el café por la mañana. Andrés y Adán estaban volteando panqueques y revolviendo huevos. Parecían relajados y más felices. Ambos me dedicaron grandes sonrisas y volvieron a sus alegres bromas. Era casi como si las semanas que llevábamos separados se hubieran esfumado y la separación se hubiera borrado. Había momentos en los que mi enfado o mi desconfianza salían a la superficie, pero Adonis tenía razón

