Jugueteé con el borde de mi bata de seda mientras Carina daba los últimos toques a mi peinado recogido. Era uno de esos peinados con rizos en cascada, mitad arriba, mitad abajo, que parecían demasiado complicados. Carina tejió con pericia un intrincado diseño de camelias, orquídeas y aliento de bebé para sustituir el velo. Mientras se ocupaba de los últimos mechones rebeldes y los engatusaba pacientemente para que quedaran perfectos, estudié mi reflejo. Mi maquillaje era una suave paleta de colores que realzaba mis ojos y daba a mis labios un tono rosa empolvado. Sobria y elegante, parecía adinerada. Nadie diría que hacía unos meses había sido poco más que una prisionera víctima del tráfico s****l. Carina hacía milagros y merecía una medalla por su trabajo, pero yo sabía la verdad. Debajo

