Adonis empujó la puerta de la cocina y oí la exclamación sobresaltada de Adán. —¡Nena! No podía apartar los labios de los de Adonis. Suaves y cálidos, mordisqueaban, lamían y mordían mientras su lengua cartografiaba cada contorno. El deseo me recorría como lava fundida, y toda mi atención se centraba en la boca, las manos y la polla dura como una roca de Adonis. Al borde de la combustión espontánea, lo necesitaba. ¡Lo necesitaba!. Adonis apartó su boca de la mía el tiempo suficiente para emitir un gruñido, un chasquido de posesión. —De acuerdo, ya veo cómo es—. Adán se rio de la advertencia de Adonis. —Ya era hora de que te sacaras la cabeza del culo y trajeras a nuestra chica a casa—, gritó Adán tras nosotros mientras despejábamos la cocina. —Los dejaré, tortolitos...— El resto de la

