—Mírame—, imploró. Mis ojos se clavaron en los suyos. —He sido un idiota—, afirmó Adonis sin reservas ni justificaciones. Mis labios se crisparon. —Puede que sea uno de tus mejores rasgos. Adonis rio entre dientes. —Me parece justo. Su rostro se volvió serio y apretó mi mano sobre su corazón. —Soy tuyo. Todo. Adonis guía mi mano hasta su polla y la envolvió alrededor de la base. Caliente, enorme y dura. Mis dedos no llegaron a rodearla del todo, y el calor inundó mi sexo al pensar en él estirándome y llenándome. Su mano apretó la mía y me instó a acariciarlo. La piel era suave como la seda, y él estaba duro como el acero, mientras su mano descansaba sobre la mía, mostrándome cómo le gustaba que lo tocaran. Me animó a agarrarlo con más fuerza, a acariciarlo desde la base hasta la punta

