Miré a Aramis. Quise hablar, decirle que estaba bien, que no se preocupara, pero mi cuerpo decidió lo contrario. Una ola de agotamiento me golpeó, cobrándome la factura de lo que había hecho. Mis párpados se cerraron con el peso del cansancio, y la oscuridad me envolvió en un instante. —¡Dagny! —escuché su grito, cargado de desesperación. Sabía que estaba inconsciente, atrapada en un lugar entre el sueño y la realidad. En lo profundo de mi mente, deseaba más que nada abrir los ojos, aliviar el sufrimiento de Aramis, mostrarle que seguía allí con él. Pero no podía. De repente, una voz suave, casi como un susurro acariciado por el viento, rompió el silencio. “Todo saldrá bien, solo trata de confiar.” Era una voz dulce y serena, que parecía provenir de la nada y a la vez de todas parte

