Llego con el corazón acelerado, la voz de mi madre se escuchaba tan triste que me hizo temer lo peor, entro al hospital corriendo pregunto en resección en inmediatamente voy hasta la sala que me indican.
Al entrar puedo ver a mamá sentada y a papá a su lado de pié, camino con pasos firmes hasta ellos.
— ¿ Cómo está? — al verme mi madre se lanza a mis brazos, a los segundos papá se nos une.
— Ha sido un jodido susto— declaró papá deshaciendo el abrazo — él doctor a dicho que sólo tiene una pequeña contusión en el brazo.
Dejé salir todo el aire retenido en mi pulmones, estaba tan preocupada por mi hermano que en mi cabeza se habían hecho miles de ideas y ninguna era alentadora.
El sonido de mi móvil hizo que desviará la mirada hacia mi cartera, sin fijarme en quien era respondí.
— Amor— el miedo regreso a mi cuerpo al escuchar su espantosa voz— ¿ cómo está tu hermanito?.
Me alejé de mis padres, nerviosa de que pudieran escuchar la conversación. No hablé, el continuó con su aterrador tono de calma.
— Sólo quería darte un susto... Ya sabés, recordarte con quien estás hablando.
—¡ ¿ Fuiste tú?!— algunas enfermeras voltearon a mirarme, apreté más el auricular a mi oído — es un niño, joder... ¿ porqué demonios tenías que meterlo en toda esta mierda?.
Lo escuché suspirar tras la otra línea, sin esperar a que dijiera nada más cortó la llamada.
¡ Maldito hijo de puta!.
En toda mi vida nunca había sido testigo de lo que era el odio, pero ahora no sólo estaba empezando a ser testigo sino que se estaba colando lentamente dentro de mí; Federico Lordes, era un maldito psicópata que me tenía en sus manos, no sólo a mí también a mi familia pero atentar contra mi hermano era caer muy bajo por eso me juré destruirlo, acabar con él, jugar su maldito juego y ver cual de los dos terminaba peor; lo que sea por salvar mi familia.
Patrick salió del hospital con el brazo izquierdo enyesado, algunos raspones pero nada de preocuparse. Durante el camino a casa nos contó que el auto que lo atropelló salió de la nada, lanzándose sobre él sin ningún reparamiento.
Al escucharlo mi enojo aumento y el miedo por igual pero ya la decisión estaba tomada y no había vuelta atrás.
Mamá ayudó a Patrick a subir a su habitación, pesé a todas sus quejas de que no era un paralítico.
— Debo salir — le informé a mi padre que se encontraba subiendo el primer peldaño de la escalera para seguirlos.
— ¿ A dónde vas?— enarco ambas cejas curioso.
— A la tienda, regreso en seguida— abrió la boca para decir algo pero una pequeña tos se lo impidió— te quiero.
Conduje sin prisa tomandome el tiempo de aclarar aún más mis pensamientos, me sentía como un animal llevado al matadero. La opresión en mi pecho era indescriptible, sentía tantas náuseas, tantas ganas de salir huyendo y desaparecer pero estaba mi familia, ellos por sobre todas las cosas inclusive sobre mi bienestar.
Observé la hora en mi móvil, me quedaban treinta minutos para que el plazo acabara. Nunca había sido tan consciente de la simplicidad de la vida, de como en un segundo todo puede cambiar, ni siquiera con la enfermedad de mi padre me había sentido tan abatida. Al menos en esos momentos estábamos todos juntos pero ahora estaba sola, sola con mi cruz.
Sin mucha curiosidad verifico la entrada de la gigantesca casa que he visitado varias veces, todas por orde de él. Bajo del coche sintiendo como las lágrimas empiezan a mojar mi rostro, las limpio inmediatamente, no podía permitirme tal acto de cobardía.
Toco el timbre de la puerta delantera.
— ¿ Quién? — escucho la ya conocida voz del guardia.
— Kyara Smith—. Declaro en tono gélido, las enormes puertas se abren delante de mis ojos. Vuelvo a mi auto para entrar a la mansión.
Aparco frente a la entrada principal, apago el auto y suspiro. Dejo caer mi cabeza sobre el timón del auto, la opresión en mi pecho no disminuye al contrario, más lágrimas empiezan a descender por mi rostro.
— Si de verdad existes — levanto mi rostro mirando hacia arriba — si de verdad estás ahí arriba,Dios, ayudame... Dame fuerzas, no dejes que ese hombre acabé con mi familia— limpió mi rostro eliminando todo rastro de lágrimas.
Desciendo del auto, camino hacia la puerta de la casa que ya esta abierta un sirviente se encuentra parado junto a ésta.
— Bienvenida, senorita Smith — paso delante del hombre sin siquiera saludarlo, todo lo que habitaba en esa casa me repugnaba.
Delante de mi, vestido impecable como siempre estaba el causante de mis nuevas desgracias. El sirviente desapareció dejándonos solos.
— Acepto — declaré con voz gélida, una gran sonrisa se ensanchó sobre sus labios.
Se acercó hasta mí, todo dentro de mí se revolvió. Tantas emociones juntas y ninguna era ratificante, todo lo contrario eran oscuras, llenas de impotencia, odio y repulsión.
— No quise arribarte al desespero— sus manos se posaron sobre mis mejillas logrando que me removiera incómoda—. O quizás sí, pero el fin justifica los medios.
Doy un paso atrás evitando así el contacto.
— Ya estoy aquí, puedes ahorrarte tus malditos medios— declaré mirándolo fijamente a los ojos.
— Entiendo tu enojo pero cuando seas mi esposa y te enamores de mí...
— nunca pasará...
— Eso lo veremos, sabés perfectamente lo persistente que soy— su tono de voz era más que aterrador, tanta auto eficiencia era agobiante — toma asiento, es hora de aclarar ciertos puntos.
Señaló un enorme sofá, me senté en éste y el en uno frente a mí.
— Quiero que vengas a vivir conmigo — abrí los ojos asqueada — mañana mismo para ser precisos.
— ¿ Qué?, no puedo mi familia...
— Ellos estarán bien, se mudarán a unos de mis departamentos más cerca del centro y del hospital, tu hermano será cambiado a un colegio privado. Tu familia tendrá todo, absolutamente todo.
Bajé el rostro avergonzada, ahora me sentía sucia como si me estuviera vendiendo
.
— Debo explicarles — suspire— ni siquiera saben que tengo una relación con alguien.
— Les explicaremos juntos...
— Prefiero hacerlo sola...
— Como quieras, sólo espero por tu bien y por el de ellos que seas bastante convincente de nuestro amor — casi vómito al escucharlo hablar —. No queremos que tu familia sospeche.
— Haré el mejor esfuerzo — masculle con evidente sarcasmo, su mirada se posó sobre mí con altanería.
— Nos casáremos dentro de un mes.
— !¿ Qué?! — me levanté confundida, ¿ cómo demonios pretendía eso?.— es imposible, ni siquiera soporto verte y pretendes que me até a ti en un mes.
Las palabras salieron de mi boca sin poder evitarlo, giré a verlo pero su expresión era la misma, calmada y relajada.
— Bien, dos meses...
— Cuatro...
— Dos...
— Tres o no hay trato— al escucharme su expresión cambió, tal parecía que mi decisión lo sorprendió.
— Tres— Sonreí para mis adentros, tenía más tiempo para elaborar un plan— pero te quiero pasado mañana aquí con todas tus cosas, o mejor no, te compraré todo nuevo.
— ¿ Así piensas enamorarme, comprándome?.
Giró sobre sus talones ignorando mi comentario, detuvo su paso y giró a verme. Por un segundo me asusté al ver esa mirada tan frívola y maquiavélica.
— Una cosa más — susurró —. Por ninguna razón se te ocurra traicionarme porque entonces si conocerías al verdadero Federico Lordes y eso mi amor, sería el error más doloroso que podrías cometer.