La plática era incómoda, como si hubiéramos metido los pies en un pantano de mentiras y excusas mal formuladas. Alejandro carraspeó, tratando de romper el silencio denso entre nosotros. —Bueno, yo traje los tragos —dijo, levantando una bolsa con cervezas—. Le dije a Paula que viniera aquí para que me acompañara a mi apartamento. Mi ceja se arqueó de inmediato. —¿Y las bolsas que según tú compraste? —pregunté, cruzándome de brazos. Paula, que hasta el momento había estado demasiado callada, soltó una risita ligera y se encogió de hombros. —Está bien —dijo—. Yo no vivo aquí cerca. Solo hemos venido a conocer dónde vives. Y las bolsas son mías, yo compré para que ambos tomáramos. Abrí los ojos de par en par. —¿Qué? —solté incrédula—. ¿Les parece gracioso investigarme? ¿Qué quieren sabe

