Levanto la mirada, sorprendida. Él no me mira, tiene la vista fija en la pared de acero inoxidable. —No es lo que piensas… —empiezo, con la voz entrecortada. —Alexander, ahora no —interviene su acompañante—. Calma, piensa con la cabeza fría. Alexander ríe, pero su risa es hueca, sarcástica. —¿Calma? ¿Te das cuenta de lo que acaba de decir? —Da un paso más, y sus ojos finalmente se clavan en los míos. Son dos tempestades heladas—. ¿Te estás burlando de mí, Chloe? —¿Burlarme? ¿De qué hablas? —le sostengo la mirada a pesar del temblor en mis piernas. —¡De mí! —gruñe, golpeando la pared con el puño. El ascensor vibra con el impacto. Retrocedo instintivamente, pero no hay espacio. Me tiene acorralada, su rostro a centímetros del mío. —¡Yo no te miento! —escupo, impulsada por una mezcla

