Mi cuerpo todavía estaba sobre el de Alexander, desnuda, jadeante, con la piel pegajosa por el sudor. El sofá debajo de nosotros estaba completamente desordenado, como si hubiéramos estado peleando en vez de… bueno, haciendo lo que acabábamos de hacer. Alexander tenía una mano en mi cintura, sosteniéndome con posesividad, mientras que la otra seguía entretenida en mi trasero, masajeando, acariciando, explorando. Lo miré con los labios entreabiertos, tratando de recuperar el aliento, mientras él sonreía con esa maldita expresión satisfecha y arrogante. —¿Cómo me encontraste? —pregunté con la voz ronca. Él deslizó su mano más abajo, presionando un poco más con sus dedos. —Tengo mis contactos. Un escalofrío recorrió mi espalda, pero no por miedo, sino por la manera en que su voz sonaba

