Miro la habitación. Las paredes verde oscuro me parecen asfixiantes y solo me recuerdan que, en vez de estar en el bosque, me encuentro técnicamente secuestrada. No soy tan amante del bosque como otros de mi especie, pero prefiero mil veces el bosque a estar aquí.
Mis dedos intentan limpiar la baba seca de mi rostro en vano. No sé en qué momento me dormí, pero, de todas formas, no fue mucho. Hay un pequeño reloj en la única mesita de noche y recuerdo que la última hora que vi eran las tres de la madrugada; ahora apenas son las 5:17 a. m. Sin embargo, nada de eso importa porque me tenso al ver una sombra en el poco espacio entre la puerta y el suelo. Como temía, la puerta se abre y dejo de tocar mi rostro. El gran hombre entra.
—Estás despierta —me sonríe—. Lo siento, sé que es temprano, pero ayer no pudiste comer mucho.
Camina hacia la cama donde estoy sentada y, de inmediato, me muevo hacia atrás. Mi espalda choca contra la pared, ya que esta cama no tiene un respaldar.
—Ay —murmuro, cerrando los ojos.
Me dolió y ni siquiera sé por qué, pero me tenso al sentir una brisa rara a mi lado izquierdo. Cuando volteo, él ya está a mi lado. Igual que muchos de mi especie, es extraordinariamente rápido.
—Déjame ver, por favor —me sorprende lo suplicante que se escucha su voz.
Pero, aunque quiera centrarme en él, el olor del plato que antes tenía en sus manos y que ahora está en la cama me resulta muy tentador. Sé que tuve que utilizar mi capacidad de curación en algún momento, porque el hambre que siento no es normal.
—Te dejo tocar si compartes tu comida —aunque intento sonar segura, no lo logro. Es difícil sonar así cuando él está muy cerca de mí.
—Era para ti de todas formas —murmura. Su atención está más centrada en mi espalda.
Me muevo con cuidado. Me siento dándole la espalda y me preparo mentalmente para lo que viene. De todas formas, él lo haría tarde o temprano. Al menos podré tener algo de comida para así ayudar a mi cuerpo a curarse.
Aprieto las sábanas al sentir cómo él sube mi camisa. Escucho cómo suelta un suave gruñido.
—¿Por qué no me dijiste que estabas herida?
Yo me mantengo callada. Ni siquiera yo lo sabía. Supongo que fue cuando me acorraló contra el tronco ayer.
Abro los ojos cuando baja mi camisa. Aunque no quiero, volteo y mi corazón empieza a latir rápido al ver que se fue al baño. Está buscando algo.
«Tranquila, lo has hecho muchas veces, una más no te matará».
Aunque intento pensar eso, ni yo me lo creo. Ha pasado un tiempo desde la última vez que actué sumisa, desde que dejé que hicieran lo que quisieran conmigo para poder sobrevivir. Sé que estoy un poco fuera de forma. Será doloroso, sobre todo porque no conozco a este macho. No sé qué le gusta y, si lo hago enojar, mis huesos pagarán las consecuencias. Vuelvo a agachar la cabeza mientras miro mis piernas cubiertas por la sábana.
No tengo que voltear, ya que escucho cómo viene. Aprieto la sábana de nuevo cuando se coloca detrás de mí. Mis labios tiemblan. Contengo cualquier sollozo cuando él levanta mi camisa.
—Sentirás algo frío, pero esto te curará de inmediato.
Un escalofrío recorre mi espalda al sentir algo viscoso y frío justo donde me dolió cuando me pegué contra la pared. Sin embargo, puedo distinguir el toque de sus ásperos dedos. Trago grueso. Son grandes. Todo en este hombre es enorme.
—Listo —baja mi camisa. Yo me quedo inmóvil.
Respiro solo cuando se aleja de mí. Nada de lo que me preparé pasa. Él no me toma, no me lastima, no me obliga a tragarme mi llanto. Solo agarra el plato que dejó en la cama y se acerca a mí para dejarlo sobre mis piernas.
—No sé qué tipo de cambiaformas eres, por eso traje pequeñas porciones de todo.
Lo que dice es cierto. Por el miedo, no me había fijado en que el plato era enorme. Tiene diferentes tipos de frutas picadas en cuadritos perfectos. También hay algunas verduras picadas de la misma forma y, por último, carne cortada igual que todo lo demás. Las porciones están alineadas de manera que ninguna toca la otra. Es simplemente perfecto.
—Gracias.
Él se sienta a mi lado derecho y yo agarro uno de los cuadritos de carne cruda. Sabe bien, aunque no sé distinguir qué tipo de carne es. Solo sé que no es pescado o pollo, ya que es roja.
—No me agradezcas. Es un placer alimentar a mi compañera.
Siento que sus ojos recorren cada parte de mi cuerpo, pero no me atrevo a mirarlo.
Yo sigo comiendo. No lo hago rápido como me gustaría. No debo hacer nada que lo enoje. Solo debo asegurarme de que me siga alimentando, de estar en buena forma para cuando me toque huir, porque necesitaré correr sin parar para al menos tener algo de seguridad de que podría salir de su manada antes de que se dé cuenta de que me fui.
—¿Te gusta la carne?
—Sí.
—¿Me quieres decir qué tipo de cambiaformas eres?
—No —cierro los ojos, esperando el golpe.
Ya cometí ese error una vez. La pregunta puede ser sencilla y parecer inofensiva, pero no lo es. Hacerle saber qué soy le daría ventaja para investigar y someterme más de lo que puede hacerlo ahora. Al menos yo sí sé qué tipo de cambiaformas es él. Solo debo investigar sus debilidades. Abro los ojos cuando no siento un golpe. Ni siquiera hay un gruñido de su parte por mi negativa. Este hombre es diferente. Es temible. Es más fácil engañar a alguien volátil e impulsivo.
—Mi favorito es el conejo. Aunque es pequeño, su carne me encanta —me sorprende que haya decidido cambiar el tema, pero debo tener cuidado con lo que digo porque puede sacarme pistas—. Cuando llegué aquí, me comí diez el primer día. Kurt... digo, mi Alfa tuvo que comprar más, pero no me regañó. Al contrario, estaba feliz de que yo me sintiera libre de comer, ya que algunos de los pícaros que llegaban se abstenían de comer por miedo a ser regañados o expulsados.
Siento su mirada quemarme la piel. Parece que espera que me una a su conversación.
—¿Te has comido un conejo entero?
—No.
La verdad es que a mí me daban las sobras. Y si alguna vez conseguía un buen pedazo de carne, era solo porque estaba muy lastimada o él estaba feliz.
—Entonces prepararé uno para ti. ¿Lo prefieres cocinado o crudo?
—Cocido, por favor —murmuro de inmediato. Aprendí que las oportunidades nunca deben desperdiciarse.
—Perfecto. Te advierto que no soy el mejor cocinero, pero me defiendo muy bien.
Él extiende su mano y yo le entrego el plato. Mientras hablábamos, nunca dejé de comer. En el plato solo dejé un poco de algunas verduras.
—No tengas miedo de utilizar el baño. Como puedes imaginar, no tengo ropa para hembras. Usa la mía por ahora hasta que vayamos al pueblo a comprar.
Dice esto cuando se levanta de la cama. Yo me quedo inmóvil, dudando de que sea cierto lo que acabo de escuchar.
«Este hombre me sacará de su manada».
—Recuerda que no eres una prisionera. Si deseas salir del cuarto, puedes hacerlo. Si quieres salir de la casa, yo te acompaño, ya que aún no te he presentado y puede haber malos entendidos.
Por primera vez, lo miro. Él sigue sonriendo. No puedo evitar que mis ojos se centren en su ojo de color más opaco, seguro por el zarpazo que le provocó la cicatriz.
—Si necesitas algo, estaré en la sala.
Sale rápido de la habitación. Creo que no le gustó que mirara sus ojos. Fui tan tonta. Pude haberlo hecho enojar y provocado que algo malo pasara. No debo tentarlo. Aunque parezca un hombre paciente, no dudo que pueda ser letal si se lo propone.