09.

1098 Palabras
«¿Por qué le prometí un conejo entero?» Ni siquiera tengo tiempo de ir al pueblo vecino a traer otro. No importa cuántos tutoriales haya visto, me quedo seco. Ni siquiera entiendo cómo no se quemó y, para completar mi miseria, creo que no está bien cocido en las partes cercanas a los huesos. —Ya pasaron más de cinco horas y no ha salido —dice Zah, caminando en mi mente de un lado a otro—. Ve a verla, no me gusta esto. Meto el desastre de comida en el horno y cierro la puerta, pero suspiro al escuchar cómo se rompe el cristal. —Bien hecho, ahora tenemos que comprar otro —me regaña. Igual que yo, no quiere que nadie se entere de ella. Aún no controlo esta posesividad. No entiendo cómo hicieron Kurt y sus hermanos para no ir detrás de sus humanas desde el primer día que las conocieron. Camino hasta quedar frente a la puerta de mi dormitorio. Toco un par de veces solo para avisar mi llegada y espero unos segundos, ya que desde afuera no se escucha nada. Como no me deja entrar, abro la puerta lentamente, dándole tiempo para decirme algo si no está en condiciones de recibirme, pero el sorprendido soy yo. Mi compañera, la hembra que me alborota cada célula y que vuelve loco a mi puma, está hecha bolita en el suelo. Sus rodillas tocan su pecho, sus pequeños brazos las rodean y su mejilla está pegada al piso. Aunque tiene algunos mechones de cabello en la cara, por el tono rojo extremo de su nariz y la parte que debería ser blanca en sus ojos, sé que estuvo llorando. «¿Y si alguien la encerró antes y yo le estoy haciendo lo mismo?» Un escalofrío me recorre de solo compararme con alguno de los que le hizo daño. Juré protegerla, aunque ella no lo sepa. —¿Te duele algo? —Sé que es lo más estúpido que puedo preguntar, pero la conozco. Si me acerco demasiado, puede asustarse más. —No. Ni siquiera me mira. Sus ojos están en dirección al suelo, pero sé que no lo está viendo. —No eres mi prisionera. Sé que es difícil de entender, pero desde que te olí no puedo separarme de ti. Te necesito en mi vida y por eso te retengo, pero esa retención es solo para que estés a mi lado. No significa que no puedas ir a los lugares que quieras. —¿Y si no quiero estar aquí? —Sé más específica. —¿Y si no quiero estar en esta manada? —Entonces renuncio y nos vamos a recorrer el mundo —respondo de inmediato. Ella me mira por primera vez. Aunque no me gusta que sus ojos apagados se centren en mi cicatriz, si no me viera raro, me pondría un antifaz. Aprieto la tela de la manga de mi camisa, que termina justo en la muñeca. Aunque tengo muchas más cicatrices, la de mi rostro me avergüenza más que cualquier otra. «Ese día fui débil.» Ese día pude haber arruinado su vida. Tal vez pudimos encontrarnos antes, tal vez pude evitar que sufriera tanto si no me hubiera enfrascado en mi soledad. Si hubiera hecho viajes como los otros machos... Kurt nunca se negaría, incluso guardaría mi puesto por años. Lo conozco. —¿Odias mi manada? —Hay un largo silencio, pero al menos se sienta—. Necesito que confíes en mí. Para eso primero debemos conocernos, saber lo que nos gusta y lo que no. —No me gustan los lugares poblados —murmura sin mirarme. —Eso está bien, hay muchos a los que no les gustan, pero en esta manada hay muchos lugares solitarios... —Dejo de hablar apenas veo cómo sus labios se mueven. Es un gesto simple, pero cautivador. —¿Podemos ir? —Por supuesto, vamos —me acerco y extiendo mi mano. Ella la mira y, lentamente, coloca la suya sobre la mía. Un escalofrío agradable me recorre y, por la forma en que estira los dedos, sé que ella también pudo sentirlo. Lentamente, levanto mi mano y ella se pone de pie. Mi camisa le cubre lo suficiente para parecer un vestido corto, y es tan hermosa que cualquier pedazo de tela le quedaría bien. —¿Prefieres el bosque o una estructura? —Bosque. No quiero ir lejos. Me sorprende eso. Pensé que quería grabarse cada detalle para intentar su segunda huida, pero parece demasiado afectada como para pensar en eso ahora. En ningún momento aleja su mano de la mía y sé que puede sentir al menos una porción del vínculo que nos une. Salimos de la casa y nos internamos en el bosque. Lo que no me convence es que lleve zapatos. —Tal vez solo está preparada por si algo pasa. No creo que intente huir —me asegura Zah. En ningún momento me mira, y eso duele. Observa el bosque, pero no a mí. —Ella no es adivina, pregúntale —gruñe Zah. Respiro profundo. No quiero insistirle en nada, no quiero hacer que me cuente cosas para las que aún no está lista, pero me mata no saber. —¿Te disgusta mi apariencia? Ella gira la cabeza hacia mí, pero no me mira. —No. —¿Por qué no me miras? —Porque te enojas cuando lo hago. —Eso no es cierto. —Te fuiste cuando te miré la cara. Toco mi cicatriz y suspiro. Mis inseguridades están arruinando el progreso que hago. —Eso fue un malentendido. Nunca podría enojarme contigo. —¿Puedo mirarte? —Por supuesto. Ella alza la cabeza de inmediato y esos cautivadores ojos van directo a mi rostro. Por suerte, no se fija en mi cicatriz. —El color verde de tus ojos es muy bonito. Mi puma salta de emoción en mi mente de un lado a otro. —Solo espera a que vea el mío y los tuyos parecerán mierda —dice Zah, arrogante, pero lo ignoro. Trato de controlar los latidos de mi corazón o esto va a delatarme. Creo que mi hembra está intentando coquetear conmigo, y juro que está funcionando de maravilla. —Tú también te sonrojas. Es bueno saber que no soy la única que parece una cereza. «Cereza... cerecita.» —Si de frutas hablamos, me gusta más la zanahoria —se mete Zah en mis pensamientos. —Eso ni siquiera es una fruta. —Como sea —gruñe—, es una zanahoria.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR