Al contrario de lo que pensé, tener contacto piel a piel con este hombre enorme no es aterrador ni me provoca ganas de vomitar.
Apenas llegó a la habitación, los recuerdos se fueron. Creo que cada vez que está cerca de mí, no puedo evitar que todos mis sentidos se concentren en él, algo extraño que nunca me había pasado.
Aunque se sienta diferente, no me confío de mis instintos en estos casos. La última vez que me sentí segura con un hombre, resultó ser el mismo que me sometió de una manera horrible, al punto en que pensé que me merecía todo lo que él me hacía. Solo hui de él porque me dolía todo el cuerpo, porque dolía mucho, no porque pensara que no merecía ese dolor o que lo que me hacía no era justo. Que nadie merece eso.
Como siempre, su simple presencia no me deja adentrarme por completo en los recuerdos. Un simple cambio minúsculo en la presión con la que mantiene nuestras manos unidas es suficiente para que mi atención esté en el presente.
Él no dijo nada cuando hablé sobre el color de sus ojos. Solo su piel se sonrojó, pero fue muy poco y no duró mucho, así que tal vez solo me estoy haciendo ideas locas.
Mientras caminamos de regreso, una brisa algo fuerte nos golpea a ambos, pero el problema no es que mi cabello se suelte del moño improvisado sin liga que hice o que la camisa de él se levante tal vez enseñando más de lo necesario. El problema es el olor, o mejor dicho, los olores que vienen con el viento. Y no cualquier olor. Olores de hombres. Hombres grandes y de un rango nada inferior.
—¿No crees que estamos exagerando? Es normal que Marcus se aparte por períodos de tiempo.
—No así. Además, yo le avisé que venía.
Él intenta que yo camine. Él los trajo. Él nunca me va a proteger. Ningún hombre lo hará.
«¿Quién protegería a una cosa fea como yo?»
«¿Por qué me duele si sabía que lo que él decía no era real?»
—Ellos no...
Él no termina de hablar porque, en un rápido movimiento, lo muerdo.
Por instinto suelta mi mano, y corro tan rápido como puedo, sin importar que en pocos minutos me quede sin energía. Sin importar que no pueda ver bien por todas las lágrimas que se desparraman por mi rostro. Sin importar que mis piernas o los músculos me ardan porque corro a una velocidad que mi cuerpo no puede soportar, porque estoy llevándome al límite, a uno que tal vez me destroce los huesos. Puedo escucharlo, puedo escuchar sus pasos detrás de mí, puedo olerlo.
La primera rama se rompe en mi hombro. Arde, pero no me detengo, aun cuando mis rodillas y tobillos duelen, aun cuando siento que me falta el aire. Pero algo bueno pasa: no escucho sus pasos y su olor se vuelve menos fuerte. Limpio mis ojos y logro ver un árbol grueso con un hueco en el tronco. Desde que empecé a correr oculté mi olor. Me meto en ese hueco, froto mi cuerpo contra el tronco para que su olor me empape. Me lleno de tierra, incluso algo me pica, pero ni siquiera duele. La adrenalina hace el trabajo necesario.
«¿Él me quería...?»
Ni siquiera pienso en eso. Las lágrimas vuelven a salir de nuevo. La adrenalina se está yendo, y tengo que morder mi labio para no quejarme al sentir otra picadura, esta vez más fuerte. Cuando miro hacia abajo, me arrepiento. Hay una serpiente. No una pequeña ni bonita, sino una con manchas negras y algo marrón. Cuando intenta morderme de nuevo, ya estoy fuera del hueco, del que supongo es su nido. Miro mi brazo y mi pierna, con los puntitos de sus colmillos.
«Mi vida siempre es así. Una desgracia tras otra.»
—Pensé que nunca ibas a salir.
«¿Ven lo que digo?»
La voz ni siquiera es la de él. Es más grave, casi ronca. Ni siquiera me muevo. Solo dejo que las lágrimas se desparramen de nuevo. Era obvio que no podía escapar de él. Fue en vano.
—No me compartas. Haré lo que quieras, pero por favor, no me compartas.
Siento su mano en mi brazo y cierro los ojos. De inmediato entro al lugar que yo misma creé, a ese lugar donde nadie me lastima o al menos donde no lo siento. Solo espero.
| Zah |
Reviso las mordeduras. Esto no debió pasar. Si aceptamos reunirnos con ellos, era porque pensábamos que podíamos recibirlos afuera para evitar ser más sospechosos. Pero no tomamos en cuenta que no colocamos una hora específica. Nunca lo hacemos y, como Marcus pidió unos días libres, ellos sabían que estaríamos disponibles a cualquier hora.
Me meto al hueco donde está el insecto que lastimó la piel de mi compañera. Lo agarro por la cabeza y gruño. Sí, es venenosa, pero no sé cuánto tiempo tardará en hacer efecto. Salgo del hueco y agarro a mi compañera con la mano libre. El insecto se enrolla en mi brazo y yo le aprieto la cabeza.
—No la mates. Con ella podemos hacer el antídoto —dice mi humano. Solo por esa razón no le aplasto la cabeza.
Camino con ambos sobre mí. Antes de perseguirla, les dijimos a ellos que nos reuniéramos en la noche, que tenía algo que hacer. No pusieron peros, solo se dieron media vuelta y, si tenemos suerte, es posible que no sintieran su olor.
Cuando llego a nuestro hogar, ya he llamado al doctor. La dejo en la cama, pero de inmediato me doy cuenta de que, por la rabia y preocupación, no me fijé en que ella no se movía, no intentaba huir. Rápido, tiro al insecto en el baño y cierro la puerta. Me arrepiento porque no sé si lo maté, ya que no regulé mi fuerza, pero solo me preocupo por mi compañera. Agarro su rostro. Aún sigue pestañeando. Su corazón late con normalidad y su respiración es un poco más lenta, pero nada por lo que deba preocuparme. La puerta del cuarto se abre. El doctor ya tenía permiso de entrar.
—Breve, pero preciso, Zah.
—Huyó de mí. Corrió muy rápido, casi como una hembra Gamma normal. Se escondió en un árbol y una serpiente la picó. Ahora no responde, pero antes sí lo hacía.
—¿Dónde está la serpiente?
De inmediato la busco, encontrándola enrollada en la tina. La agarro y se la enseño.
—No está paralizada por el veneno. Esa serpiente pocas veces mata humanos, y ella, aunque es híbrida, no debería tener problemas.
—¿Híbrida? —pregunta mi humano.
—Sí. Es fácil saberlo cuando llevas décadas en esto. No es algo que pueda causarle la muerte ni daños permanentes. Sus ojos responden bien. Parece algo más mental que físico. Creo que leí sobre esto, pero no afirmaré nada hasta estar seguros.
Saca una aguja y me mira.
—Necesitamos muestras, tanto para saber qué tipo de Cambia Forma es como para estar seguros de que no está enferma.
—Puedes hacerlo, pero nadie debe saber de esto.
—¿Ni el Alfa?
—Solo díselo si te pregunta.
El doctor asiente y se va. Me quedo mirando el desastre que es mi compañera.
«Zanahoria traviesa e irresponsable.»