CAPITULO 10

888 Palabras
**BASTIAN** Salí de la reunión una hora después, sintiendo el peso de la Torre Valois sobre mis hombros. Al llegar al Penthouse, el silencio era casi sólido. Fui hasta la habitación de Camille. La puerta estaba entreabierta. La vi sentada en medio de su cuarto, rodeada de juguetes caros que no tocaba, mirando hacia la ventana con una expresión de soledad que me resultó extrañamente familiar. Intenté acercarme, pero en cuanto mis zapatos de cuero crujieron sobre el suelo, ella se tensó. No lloró, simplemente me miró con esos ojos azules que tanto se parecían a los míos, pero cargados de una desconfianza que me dolió más de lo que estaba dispuesto a admitir. “Necesito una solución”, concluí, dándome la vuelta. “Alguien que sea invisible, alguien que no traiga más dramas a esta casa, alguien que simplemente cumpla con su función sin esperar nada a cambio”. Recordé la conversación con Martha, una vieja conocida de la familia. Había mencionado a una sobrina. Una chica discreta, educada, sin pretensiones. “Alguien que necesita un nuevo comienzo”, había dicho. En ese momento, las palabras de Martha me parecieron irrelevantes, pero ahora, en medio del caos, sonaban como el único clavo ardiendo al que podía agarrarme. Cuando la puerta del ascensor privado se abrió a la mañana siguiente, no esperaba ver lo que mis ojos captaron. Frente a mí estaba la sobrina de Martha. Se llamaba Tess Vance. Me quedé un segundo observándola mientras ella mantenía la mirada fija en sus propios pies, como si estuviera intentando fundirse con el mármol del recibidor. Vestía un abrigo gris demasiado grande para ella y sostenía una maleta vieja con una fuerza que hacía que sus nudillos se vieran blancos. No era la típica niñera que solía contratar: no era una joven ambiciosa buscando un escalón social, ni una profesional de uniforme impecable. Era… retraída. Su cuerpo era generoso, envuelto en capas de ropa que parecían diseñadas para ocultar cualquier rastro de feminidad. Su rostro era suave, pero cargado de una tristeza tan profunda que me resultó casi incómoda. —Sr. Valois —murmuró ella, su voz era apenas un hilo de seda, pero sin rastro de la coquetería que solía irritarme en otras mujeres—. Soy Tess. Caminé hacia ella, mis pasos resonando con autoridad. La vi encogerse un poco más, como si estuviera esperando un golpe que no iba a llegar. Su falta de confianza era evidente, casi patológica. Para cualquier otro hombre, ella habría sido invisible, un error en el paisaje de lujo. Para mí, era perfecta. No causaría problemas, no intentaría seducirme para obtener beneficios y, lo más importante, parecía tener el mismo deseo de desaparecer que yo sentía a veces. —Llega a tiempo, Srta. Vance —dije, mi voz sonando profesional y distante—. Supongo que Martha le ha explicado las condiciones. Discreción absoluta. Eficiencia. Mi hija es… complicada. Si no puede manejarla, se irá hoy mismo. Tess asintió tímidamente, todavía sin mirarme a los ojos. —Entiendo, señor. Solo quiero… hacer mi trabajo. —Síganme —ordené. La guié hacia el área de juegos. Camille estaba allí, sentada de espaldas, ignorando a la Sra. Gable que intentaba leerle un cuento. La tensión en la habitación era palpable. Me detuve en el umbral y señalé a la niña. —Esa es Camille. Inténtelo. Tess dio un paso adelante. Se quitó el abrigo con torpeza, revelando una blusa sencilla que se ajustaba a sus curvas de una manera que ella intentó disimular de inmediato tirando de la tela. Se arrodilló en el suelo, a una distancia prudente de la niña. No hizo ruidos infantiles, no intentó forzar un abrazo. Simplemente se quedó allí, en silencio, y sacó algo de su bolso. Era una cámara fotográfica pequeña, de aspecto antiguo. Camille se giró lentamente. Sus ojos azules se fijaron en Tess. Por primera vez en semanas, la niña no se tensó. Miró la cámara y luego miró a la chica que, como ella, parecía querer ocupar el menor espacio posible en el mundo. Tess no dijo nada. Simplemente colocó la cámara en el suelo y la deslizó suavemente hacia la niña. Camille estiró una mano pequeña y tocó el dispositivo. Luego, levantó la vista hacia Tess y, para mi absoluta sorpresa, emitió un pequeño sonido que se pareció mucho a una risa apagada. Tess le dedicó una sonrisa pequeña, una que no era para mí, sino exclusivamente para mi hija. Una sonrisa cargada de una empatía que me resultó fascinante y aterradora a la vez. —Parece que le gusta —susurró Tess, finalmente levantando la vista para encontrar la mía. Sus ojos eran oscuros, profundos y llenos de una vulnerabilidad que me hizo apartar la mirada. —Parece que sí —respondí, aclarando mi garganta—. Sra. Gable, instale a la Srta. Vance en la habitación de invitados de la planta superior. Empezará de inmediato. Me di la vuelta para regresar a mi oficina, pero antes de salir, eché un último vistazo. Tess estaba sentada en la alfombra con Camille, mostrándole cómo mirar a través del visor de la cámara. La niña estaba tranquila, casi hipnotizada por la presencia de aquella mujer que, al igual que ella, parecía ser un náufrago buscando un lugar donde no ser juzgado.
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