CAPÍTULO TREINTA Y SEIS Con un grito de dolor saliendo de su garganta, Mackenzie escuchó el disparo. La sangre le saltó encima con un chorro rápido y breve. Cerró los labios y se cayó al suelo, convencida de que le habían disparado, con la certeza de que el dolor empezaría a registrarse en cualquier momento. En vez de eso, el asesino se cayó sobre ella. En el momento que caía, atisbó a ver su rostro brevemente—y además de eso, el limpio agujero rojo que había en su frente. Gruñendo de frustración y de ira, Mackenzie se quitó al hombre de encima. Se deslizó hacia atrás y miró hacia la pequeña entrada. Bryers estaba de pie junto a ella, apoyándose contra el marco de la puerta con su Glock en las manos. Inspeccionaba la habitación con algo parecido al horror en su mirada cuando Mackenzi

