Mis labios temblaron, pero mi voz salió clara y firme. —¿Cómo pueden… cómo pueden siquiera llamarse mi familia? Mi padre puso los ojos en blanco, como si estuviera lidiando con una niña caprichosa. Jordan soltó una carcajada, evidentemente disfrutando de mi dolor. —Oh, vamos, Roxana, no seas dramática —dijo mi hermano, recostándose en su silla—. No escuchaste nada que no fuera verdad. Me quedé mirándolo, sintiendo que la ira me hacía hervir la piel. Estaba a punto de decirle exactamente lo que pensaba de él cuando mi padre me interrumpió. —Roxana, esto no tiene que ver contigo. Siéntate y cálmate. No hagas una escena. —¿Una escena? —solté una risa amarga, incrédula—. ¿Eso es lo que creen? ¿Qué me voy a quedar callada mientras ustedes planean cómo deshacerse de mí y arruinar mi vida?

