Epílogo

1680 Palabras
Giró sobre su costado, pasando el brazo por el torso desnudo de Tobias. La había despertado la luz del sol que se colaba por el enorme ventanal. —Oye... Un gruñido cansado y bastante adormilado fue su contestación. —Tobias...—, jugó con los rulos desordenados, y ahora mucho más largos y rebeldes que nunca. Otro gruñido. Subió a su espalda, pasando una pierna a cada lado del cuerpo desnudo del mayor, apoyando su peso en estas y no en Tobias. Trazó con sus dedos las líneas de tinta, algunas cicatrices ya casi imperceptibles, los logos de las facciones. Hasta que finalmente obtuvo una respuesta coherente y no un simple gruñido. —¿Qué pasa? Escuchó su voz pastosa y casi como un gruñido, gracias a que aún se hallaba adormilado. Sonrió en respuesta. Levantó sus caderas con algo de esfuerzo -ya que le dolía todo el cuerpo por los sucesos de la noche anterior, y Tobias giró su cuerpo, ahora quedando boca arriba; y ella quedando sentada sobre sus caderas. —¿Estás mejor? Asintió, ahora trazando con sus dedos figuras y patrones desiguales en el pecho y estómago del muchacho. Con un sonrojo leve en las mejillas. —¿Quieres comer? Iré por algo a la Cafetería. —No tienes que hacerlo. Quédate aquí. ¿Sí? —Claro. Tiró de ella para que se acostara a su lado, casi obligándola a recostar su cabeza en su pecho. Pasó sus brazos por el cuerpo de ella. Abrazándola. Dejó una de sus manos en el estómago de ella, acariciando este. Ojos de corazón. Literalmente, aquellos dos ojos azules brillaban como nunca, con ilusión, amor, y un poco de temor. Hubo un silencio bastante cómodo. Pero es que no necesitaban hablar o llenar el silencio con palabras sin sentido. —Edd me hará un favor hoy en la tarde. Me dijo que lo encontrara en el edificio de Verdad. —¿Es sobre eso? Asintió. Ahora moviéndose un poco para recostarse en las almohadas. Tobias se inclinó y la besó en la frente, se sentó e inclinó un poco para depositar un beso en el estómago desnudo de la castaña. Se levantó de un tirón de la cama, caminando hasta el casillero que usaba como armario. Junto a este había otro casillero, donde estaba la ropa de Valentine. Tomó una toalla y la colgó en su hombro. —Hey, cúbrete, hay niños mirando. —Claro, una niña pequeña que necesita una ducha—, rió, acercándose nuevamente a la cama, para hacerle cosquillas en las plantas de los pies—. Te espero en la ducha. Asintió, viéndolo desaparecer en el baño. "Claro que un hogar puede ser una persona. Pero también un lugar. O un objeto. O lo que sea. Simplemente el hogar es a donde pertenece el corazón. A donde vas para estar a salvo, para quitar el peso de tus hombros. A donde vas después de tanto dolor, sabiendo que allí encontrarás confort. Solía pensar que mi hogar estaría en cualquier lugar menos dentro de la Valla. Lejos. Muy lejos. Me equivoqué. Estaba justo aquí, en él, a quien le pertenece mi corazón. Siento que lo merezco. Después de todo, de las noches en vela, de los golpes, de Jeanine, de David... de llorar como se debe a nuestros amigos. De todo. Me lo merezco. Merezco un poco, al menos, de felicidad Como todos, ¿no? Hay una cosa que he sabido desde pequeña: la vida nos hace daño a todos, una y otra vez, sin que podamos evitarlo. Y ahora estoy aprendiendo algo nuevo: que todos podemos sanarnos. Los unos a los otros. Solía creer que jamás encontraría un lugar. Digo, donde encajar, donde ser aceptada. Estaba tan cegada por mi odio a mi misma, que no me di cuenta que desde el principio había encontrado mi lugar. Con mis amigos: Uriah, Christina, Edd, Marlene... Tori, Tris, Will. Y, bueno, el amable Matthew que llegó a Chicago hacía unos días -no le pregunto cómo ni por qué, parece no querer hablarlo. Con Tobias. Quien me hizo un espacio en su pequeño piso en Osadía. Trajo un casillero, como el de él, donde guardo mi ropa. A veces sale y regresa después de un rato con dos bandejas, traídas directamente de la Cafetería, para que coma algo. Reacio a dejarme salir de estos muros. Luego comemos y él deja las bandejas en la puerta, seguramente para recordarse a sí mismo de devolverlas a la Cafetería en la mañana. Han pasado algunos meses desde David y la gente del futuro. Y las cosas con Tobias van en ascenso. A veces me despierta alguna pesadilla a mitad de la noche, pero él está ahí. Y me abraza hasta que me calmo, y puedo volver a dormir. "—¿Tuviste otra pesadilla?—, me pregunta. Casi nunca puedo ver su rostro, ya que todo el lugar se halla sumido en la bruma de la noche. Yo asiento y él me abraza—.Vuelve a dormir, yo voy a luchar contra los malos sueños si vienen por ti. —¿Y con qué lo harás?—, le pregunto yo, entre aterrada y adormilada. —Con mis manos desnudas, por supuesto—, me responde. Y solo necesito eso para volver a caer dormida a su lado." Él está ahí. No se irá. —Val—, llamó desde el baño, algo preocupado, pues generalmente ella no tardaba más de algunos minutos en ir tras él al baño. —Voy. Es simplemente encantador. Llevo un tiempo sintiéndome mal, enferma. Me preocupa un poco, la verdad, y a Tobias... bueno, parece que se le acaba el mundo. "Solo es una gripe o algo así. No me voy a morir". Le digo, pero siempre responde con lo mismo: "Déjame cuidarte, no seas necia". Y no refuto nada, tampoco reniego. Lo dejo hacerlo. Hace una semana me pidió que hablara con Edd, por lo mismo. Le dije que si con eso se sentía más seguro lo haría. Entro a la ducha, el agua está tibia, lo cual agradezco. Él me abraza por la espalda y le sonrío. Toma una botella del suelo y empieza enjabonar mi cuerpo. Es él quien me ducha. Y yo lo ducho a él. Me envuelve en una toalla y me obliga a salir del baño, me tira algo de ropa a la cara, riéndose a carcajadas. Se ve tan joven, tan alegre. No como Cuatro el instructor de Osadía que le gritó a Christina en su primer día como iniciada. Sino como Tobias, el muchacho de dieciocho años -y muy pronto diecinueve- que me cuida como si yo fuera un maldito bebé. Jamás lo había visto tan alegre, tan juguetón. Tan él. Nos vestimos y salimos de nuestro departamento. Él cierra la puerta a sus espaldas, guardando la única llave de esta en el bolsillo de su chaqueta. Esa condenada chaqueta. Si me permiten decir, creo que fue hecha por los mismos dioses, exclusivamente para él. En una mano lleva las bandejas donde comimos la noche anterior y con su otra mano envuelve mis hombros. Caminamos por los pasillos. A pesar del tiempo, las miradas de los demás Osados parecen no parar. A veces quisiera gritarles "¡¿qué?! ¡¿nunca vieron una pareja?!", pero Tobias parece leer mi mente, y, con un beso en la mejilla y una mirada fría a los demás Osados, todo sigue su curso. Pero claro. Él había sido el mejor de su clase, y yo la mejor de la mía. Si no hablaban de nosotros siendo una pareja, hablaban de esto. O, en su defecto, no solo de haber sido los mejores sino el haber sido los mejores siendo transferidos. O -por supuesto- de cómo cambiamos todo. Él se aleja por un pasillo hacia la izquierda. Irá a entregar las bandejas y luego a aquella sala llena de cámaras, donde trabaja con Zeke. Y yo voy directamente a la salida. En el camino me encuentro a Uriah y ofrece ser mi acompañante. Acepto y vamos juntos. Directamente hacia el edificio de Verdad. Edd está allí, esperando. Le sonrío y saludó, Uriah también lo saluda. Y entonces todos empezamos a caminar hacia los complejos de Erudición. Donde hay mejores máquinas, mejores laboratorios, mejores médicos. Una vez allí, vamos a una habitación, Uriah espera afuera, a petición de él mismo. Me dice que espere unos minutos, y tendrá los resultados. Hizo varias pruebas, entre ellas una de sangre, por lo que sostengo un algodón contra mi brazo. Edd le dice a Uriah que puede entrar y mi mejor amigo obedece. Se queda de pie a un lado mío, sosteniendo mi mano como apoyo. Y cuando Edd lee los resultados, siento que me quiero morir. Mi corazón se hunde en mi pecho ( . . . ) —Le diré, no te preocupes. Estaremos bien. —Mierda, pecas. ¿Sabes que eso de que eso de la sobrepoblación era jugando? ¿Verdad? —Eres un idiota...—, dice golpeando su brazo con el puño cerrado. Entro al departamento y veo a Tobias de espaldas, en el balcón. No está usando ninguna camisa, lo que me da una leve sensación de deja-vu, a cuando nos besamos por primera vez. A cuando me mostró por primera vez su tatuaje. Lo abrazo por detrás, y dejo un beso en la piel tibia de su espalda. Él me sonríe y me pregunta qué tal salió todo. Le cuento que Uriah me acompañó y sonríe, me dice que en la mañana le agradecerá el gesto. Le cuento lo que Edd me dijo y finalmente le muestro la hoja de papel llena de información -con los resultados, que me dio el pelirrojo. —Positivo—, lee el moreno con sus ojos brillando. Sonríe, y me besa. Y siento todo su amor en el gesto. Casi me regaño a mi misma por haber deseado morirme a la hora de escuchar a Edd pronunciar un "estás embarazada." Fin. -V
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