Extra

1939 Palabras
Día tras día y lo único que tenía en su mente era una cosa. Lo mucho que quería dejar esa facción. Tenía todo listo. En una pequeña maleta algunas prendas básicas, tirada a un lado de su cama, la cual hacía días no se molestaba en organizar. Amarró sus botas, resignado. Solo ese día y ya, y para el amanecer se habría ido. No se tendría que preocupar nunca más por Max y sus incansables intentos para que formara parte de los líderes de facción, o del odio -que bien sabía- Eric le tenía. Aunque, bueno, sus planes se habían retrasado un día completo, todo gracias a los Iniciados. La Ceremonia, los Trasladados, los Iniciados transferidos y nacidos en Osadía. Su sentido de responsabilidad lo obligó a quedarse, por lo menos un día, solo para recibir a los Iniciados, mostrarles el lugar, explicarles algunas cosas, y luego... adiós. Salió de su pequeño departamento, encontrándose con Eric en la puerta, cubrió con su propio cuerpo la vista al interior del departamento. Los ojos curiosos de Eric bailaron con rapidez del interior del lugar hacia él. —Cuatro—, saludó él con su usual tono. —Eric. Respondió y cerró la puerta, dirigiéndose directamente hacia aquella entrada que tan bien conocía. Ya habían algunas personas esperando allí, saludó con un simple buen día y se paró a un lado de la red. Minuto tras minuto, miraba constantemente hacia arriba, esperando la caída del primer iniciado. Escuchó el rugir del tren, y sabía que muy pronto empezarían a saltar. Y ahí estaba. Observó un pequeño borrón de colores rojos, naranjas y amarillos. Cordialidad. Luego vio la mata de cabello castaño y largo. Una Cordial. La primera en saltar. Ni siquiera yo hice eso, pensó. Tiró de la red, y el cuerpo de la muchacha rodó por esta. Tomándola de la cintura, de un solo tirón, la ayudó a bajar. Notó que mantenía su vista fija en el suelo, le causó curiosidad. Ella finalmente alzó la vista. Un par de ojos castaños, al igual que su cabello, enmarcados por largas pestañas. Mejillas rellenas, algo sonrojadas y pecas bañando estas -no lo admitiría en voz alta pero su primer pensamiento de ella fue lo hermosa que era. Vio que en el rostro de la cordial una mueca casi aterrada empezó a apoderarse de su rostro. Notó entonces que aún tenía sus manos en la cintura desnuda de ella. Las bajó rápidamente, retomando su postura: firme, calculador, frío. Era Cuatro, no Tobias Eaton. Se recordó. —¿Qué? ¿Alguien te empujó?—, dijo en un tono juguetón, una sonrisa en sus labios. —No. —Tu nombre. Pareció pensarlo un rato. —Valentine. Sonrió y miró a los otros Osados que observaban el espectáculo. —¡Primera saltadora: Valentine!—, gritó, ahora los gritos y silbidos no se hicieron esperar. Esta vez se dirigió a ella: —Bienvenida a Osadía. La guio hasta el pequeño grupo de Osados que la esperaban ansiosos, con una mano en su espalda baja. Él se alejó, nuevamente acercándose a la red, listo para ayudar a bajar al siguiente iniciado. —Nacidos en Osadía con Lauren. Trasladados conmigo. Andando—, ordenó y los Iniciados obedecieron al instante. —Normalmente trabajo en inteligencia, pero durante la iniciación seré su instructor—, empezó, caminando por los poco iluminados pasillos de Osadía—. Mi nombre es Cuatro. Tal vez había puesto en consideración irse por la noche. Se detuvo y miró al grupo, paseando su mirada por todos los transferidos, deteniéndose unos segundos en Valentine. —¿Cuatro? ¿como el número? —Cuatro como el número—, afirmó serio. —¿No estaban disponibles del uno al tres? Rió irónico, fastidiado, acercándose intimidante a la muchacha que había hablado. Es una Bocazas, no esperaba menos; pensó. —Tu nombre. —Christina. —Muy bien, Christina. La primera lección que vas a aprender de mi es a mantener la boca cerrada. La muchacha morena se quedó callada. Sonrió para sus adentros. —Andando. Les dio un tour por los complejos de Osadía. El Pozo y el Abismo, y terminó con los dormitorios. —Dormirán aquí lo que dure la iniciación. A las ocho de la mañana inicia el entrenamiento, sean puntuales. Los baños están allá, les encantarán—, señaló una zona completamente abierta—, notarán que es difícil guardar secretos aquí. Dijo burlón. Los transferidos soltaron muecas y quejas de inconformidad. —Hay ropa sobre sus camas. Vístanse. Caminó hacia la salida. Esquivando a los Iniciados. Pero ahí estaba nuevamente ella, Valentine. No, no podía caer por ella. Chocó su hombro con el de la castaña, sin molestarse en lo que dijera o siquiera en pedir perdón por chocarla. Odiaba las alturas pero sentía que ya estaba cayendo por ella. Pondría a prueba esto... aplazaría su partida unos días, y después vería qué hacer. ( . . . ) Ahora no soportaría perderla. Era simplemente absurdo. Aquel Abandonado que gritaba lo beneficioso que sería entregarla a Jeanine. Pero más absurdo aún era intentar discutir. No sólo con ellos. Sino con ella. Con su Valentine. Era tan terca, tan necia... tan ella. La vio correr a la casa. Lo más seguro es que se encierre en la habitación, pensó, pues la conocía bien. Porque, para este punto, ya sabía que cuando no estaba cómoda con algo, cuando algo le molestaba, cuando tenía mil cosas en la cabeza; ella se aislaba. Y no habría forma existente de sacarla de su aislamiento. Al entrar a aquella habitación, cerró la puerta a sus espaldas. Y la vio ahí, sentada en la cama, con sus piernas cruzadas y sus codos apoyados en ellas. Lágrimas escurrían por sus mejillas. Sintió tanta impotencia y tanta rabia. Por el simple hecho de que sabía en lo que estaba pensando. Lo sabía a la perfección y no planeaba permitírselo. Se sentó frente a ella, permitiéndole recostar su cabeza en su hombro. Había notado lo mucho que miraba sus muñecas. Ella había estado mirando el chip en su muñeca claro, pero junto a este había una pequeña cicatriz vertical. En el sentido de sus venas. Y ella misma le había dicho por qué tenía aquella marca blanquecina. Ella se la había echo, porque estaba cansada, hacía ya algunos años.  Recordó con claridad sus propias palabras: "Promete que hablarás conmigo, por favor, Val. Quiero ayudar, déjame ayudarte. ¿Sí?" Sí, te lo prometo. Recordó. —Sé lo que estás pensando—, dijo enterrando su nariz en su cabello, hasta ubicar sus labios junto a su oreja, de modo que ella podía oír su respiración—. Y no te dejaré hacerlo. Ella negó con la cabeza, aún recostada en su hombro. Cuando levantó la cabeza, con una sonrisa dolida y lágrimas nublado sus ojos, casi pudo sentir su corazón hundirse en su pecho. —Nadie más puede morir por mi culpa. —Nadie más va a morir por tu culpa. Estaba tan preocupado. Los dientes de la ansiedad y del temor no lo dejaban respirar con normalidad. —Tori encontrará la manera de sacar los dispositivos...- —¿Y si no lo logra? —Entonces...—, las palabras se atascaron en su garganta, se humedeció los labios varias veces antes de seguir hablando. Evidentemente nervioso—. Entonces... si... si no lo logra, ya veremos qué hacer. Juntos. Por favor. Rogaba mentalmente. —Yo sólo soy una persona. No importo tanto. Es lo que es. —Pero sí importas—, habló con los nervios y la desesperación sintiéndose en su voz. Quería tirarse al suelo y rogar de rodillas. Hacerla entender de una vez por todas que sin ella, él quedaría sin rumbo—. Me importas a mí. Y te amo. Varias lágrimas rodaron por sus mejillas, con una sonrisa rota en sus labios. Ella levantó sus manos hasta ubicarlas en sus mejillas. Cerró los ojos ante el tacto delicado de su Valentine. Juntaron sus labios en un beso. Uno lleno de dolor, de tristeza, de arrepentimiento, de temor. De perdón. Pasó su brazos por detrás de su abdomen, debajo de la ropa de la castaña. Acariciando su piel. En un ágil movimiento tiró de ella en su dirección, sentándola sobre sus piernas. Ambos sabían que la intensidad estaba subiendo. Que el perdón y el dolor habían sido expresados y ahora sólo había lugar para el deseo y el amor. Pasó sus manos por toda su espalda, acariciando la piel que debido a la situación en la que se hallaban, estaba sensible y deseosa por más. Se separaron para tomar aire. Ella mordió su labio inferior y tiró de él, provocándolo. Ella sabía lo mucho que él adoraba aquello. Él sonrió complacido. Se miraron a los ojos, viendo el deseo en los ojos del otro. La vio mirar su propia camisa, y con sus manos algo temblorosas la quitó sobre su cabeza. La tiró a algún lugar de la habitación. Él la miró en todo momento, analizando su cuerpo con detalle; las mejillas de la menor tomaron un color rojizo, debido a la vergüenza. Y se cubrió acto reflejo, escondiendo su rostro en el hueco del cuello de él. Tobias acarició su piel con suma delicadeza. Pasando sus dedos sobre las cicatrices de su cuerpo. Luego llegó hasta el tatuaje de debajo de uno de sus pechos, lo acarició con suma delicadeza. Tomó las muñecas de la castaña y apartó sus brazos, la obligó a pasarlos por su nuca. Dándole así un vista perfecta de su cuerpo, de sus grandes senos. Soltó una sonrisa coqueta, sosteniéndole la mirada. —Es lo que es—, susurró, viendo una chispa en los ojos castaños de Valentine. Volvió a unir su labios, esta vez en un beso más ansioso, más deseoso que el otro. Quitó su camisa sobre su cabeza, necesitando la cercanía. La temperatura empezó a subir en la habitación. En sus mentes ya no había pensamiento racional alguno; se manejaban por sus impulsos y sus deseos. Tobias besó todo su cuerpo, todas sus cicatrices. Todos sus tatuajes. Fueron uno solo. Esa noche ella volvió a su hogar. Esa noche él rogó para que no lo dejara. No lo soportaría. Le rogó y le demostró cuán importante era para él. ( . . . ) A la mañana siguiente, cuando no encontró el cálido cuerpo de la castaña a su lado, ni tampoco rastro alguno de su ropa o zapatos... el terrible y doloroso sentimiento de desolación y abandono fue lo primero que sintió. Luego, como sacado de algún lugar en su interior, el impulso imperante de ir por ella. De buscarla. De sacarla de los cuarteles de Erudición, incluso si moría en el intento. Porque sabía muy bien, que si ni siquiera lo intentaba: igualmente moriría. Iría por ella, así le costara la vida. Porque si no lo hacía simplemente estaría dando su vida a cambio de nada. Se había vuelto su prioridad. Su hogar, su mundo. Tenía que ir por ella. Porque era su todo. Era la chica mala que resultó ser buena; la encantadora pecosa -mejor amiga de Uriah- que agradaba a casi todo el mundo, pero era lo suficientemente ciega para no verlo; era a quien le había prometido proteger. "—Mientras esté aquí, nadie puede lastimarte.  —Tobias...- —Si yo...- si yo pudiera cambiar la forma en la que te ves a ti misma, ni siquiera te preguntarías el por qué. No te merecen". Era todo lo que siempre había soñado. Ella era todo lo que siempre quiso. -V
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