—La verdad es que... ya abierto el cajón de mierdas... bueno, no sé ni por dónde empezar—, su sonrisa, justo como su arrogancia, creció.
Las cinco personas en la mesa no parecieron afectadas. No se atrevía a apostar pero pudo jurar haber visto a la mujer de acento extraño, pasar saliva con nerviosismo.
—No pueden categorizar así a las personas. No funciona. Es estúpido. Digo, si han estado viendo todo lo que pasa en Chicago, ¿no creen que es más viable aceptarlos a todos en lugar de dividirlos en distintos grupos? Sin que importe que sean Puros o Defectuosos.
—No vinimos aquí a hablar de eso.
—¡Bueno, pues deberían!—, sentía sus nervios a punto de ebullición, quería gritarles un par de verdades en la cara. Pero se contuvo—. Con todo el respeto que seguramente se merecen. Entiendo que piensan que esto es solo un maldito experimento. Pero las personas en Chicago son reales, están en una guerra por las divisiones que ustedes, desgraciados, crearon. ¡Y ustedes no están haciendo nada para evitarlo!
—David tiene el control sobre la administración de Chicago—, la mujer de acento habló, con una mueca casi burlona.
Su garganta se cerró, sintió su boca seca de un momento a otro.
Apretó los puños, mordiendo el interior de su mejilla para evitar sacar de sí todo aquello que la estaba molestando en ese momento. Quiso gritar. Por lo que estaba pasando en Chicago, por sus amigos, por lo que había pasado con aquel niño -que al parecer le había afectado bastante a Tobias-, quiso gritar por... por Tobias.
Por Tobias. Por Uriah.
—Solo vino a extender sus fondos—, explicó el hombre canoso.
¿Por qué no me sorprende? Por qué no me sorprende que me haya visto la cara. Que me hayan visto la cara... otra vez. Qué imbécil. ¿Qué pasó con esa estúpida promesa de no confiar en nadie plenamente? Nadie, además de Tobias y Uriah.
Agachó la cabeza. ¿Enojo? ¿Decepción? ¿Ira? ¿Vergüenza? No estaba segura.
Pero tenía claro que quería salir de allí corriendo.
—Y lo haríamos con gusto. Pero si las cosas están tan mal como ella dice, David, ¿no crees que deberías arreglar ese asunto primero?
Giró sobre su eje para encarar al hombre. Su garganta estaba seca, ni siquiera estaba decepcionada de lo que el hombre había hecho... estaba decepcionada de sí misma, por haberse dejado engañar tan fácilmente.
¿Qué había pasado con ella? Con la Valentine indestructible e imperturbable.
Silencio absoluto.
( . . . )
—Dijo que no podía hacer nada.
—Estoy haciendo algo. Estoy reviviendo las facciones.
La nave se elevó en el aire, avanzando por el mismo camino por el que habían llegado.
Apretaba sus puños con tanta fuerza que sus nudillos se habían puesto blancos, con tanta fuerza que sus uñas llegaron a lastimar las palmas de sus manos, con tanta fuerza que sentía sus brazos entumecidos.
—¿Qué? ¿Para qué demonios?
—Esperaba que los Leales se hicieran cargo del problema. Las facciones funcionan, Valentine. Mantienen la paz.
Una bala en la cabeza de un imbécil también mantiene la "paz", y eso es decir poco.
—No debí... no debí confiar en usted. Debí escuchar a Tobias.
Cerró los ojos, intentando apaciguar el dolor de cabeza que empezaba a amenazarla.
—Tu quieres cambios, sin sacrificio. Quieres paz, sin luchar por ella. El mundo no funciona así.
Lo que quiero ahora es poner una bala en su frente, pero no tengo un arma. El mundo no funciona así ¿verdad?
Su respiración era pesada. Sentía un gran peso instalarse sobre sus hombros hasta el punto que la dejaba sin aliento. Los dientes de la ansiedad y la ira desgarraron sus entrañas.
( . . . )
Jadeó, empujando varios trozos metálicos para hacer su camino fuera de la destrozada nave.
—¿Estás bien?
El delgado muchacho rió sin gracia, tosiendo en busca de aire.
—Voy a estarlo. No estamos muy lejos.
Para su suerte no estaba herido de gravedad, más allá de unos cuantos cortes y lo que luego serían moretones violáceos, todo estaba bien.
—Debo ir a Chicago, y decirle a Evelyn que su problema no es Johanna.
—Necesitas esto—, jadeó, sosteniendo sus costillas con una mano, con su mano libre sacó de su bolsillo lo que a los ojos de Tobias era ¿un reloj? ¿un brazalete? ¿una tarjeta?—, para la Valla Virtual—, una tarjeta. Estiró su cuerpo con esfuerzo para tomarla—. Debes ayudarnos, Tobias. No sabes de lo que es capaz.
Pudo escuchar el temor en la voz de Matthew.
—¿Qué pasará con Val?
—Mientras se quede en El Departamento estará a salvo. Es demasiado valiosa para él.
Y para mi. Mordió su lengua para no responder. Se levantó del suelo de un tirón.
—Tengo la ventaja. Cuando David te pregunte—, tomó el brazo del muchacho, levantándolo sin esfuerzo—, quiero que le digas que te abandoné. ¿Sí?
Empezó a caminar.
—¿Por qué?
Detuvo su andar.
—Así ella sabrá que mientes.
Reanudó la marcha, cojeando un poco.
( . . . )
Saltó de la nave sin contemplaciones, caminó hasta las puertas para ingresar a aquel salón que ya conocía bien. Vio a Matthew caminar hacia ellos con gran esfuerzo, había dos grandes cortes en su rostro, sangre seca en sus mejillas.
Cojeaba, tenía un brazo recogido y podía ver el dolor que le significaba andar. Se apresuró a él, sosteniéndolo por los hombros, con una mueca preocupada.
—Fue un accidente—, explicó, sin aliento. David llegó a su lado, oprimió sus labios en una línea recta para contener un gruñido de fastidio—. Había turbulencias, más que otros días. Una tormenta. Un rayo, tal vez. La nave cayó...-
Su corazón se hundió en su pecho dolorosamente, el aire abandonó sus pulmones. Jadeó.
—¿Y Cuatro?
Tiró de la ropa del muchacho, necesitando una respuesta.
—No sé. Me desmayé y... al despertar... todos habían muerto. Cuatro no estaba—, él le dedicó una mirada extraña.
Tobias. Lo abandonó. ¿Tobias? ¿Tobias, abandonando a alguien? ¿Estamos hablando del mismo Tobias? ¿De mi Tobias?
—Busquen en los caseríos de la Periferia. Tranquila, lo encontraremos.
David se alejó. Dejándolos solos a ellos dos.
Matthew miró sobre su hombro, verificando que nadie escuchara su conversación.
Ella se acercó más, de forma casi invasiva. Pudo notar a Matthew tragar con fuerza.
—Cuatro no abandonaría a nadie en un accidente—, salió como veneno hirviendo.
—Sí...—, él bajó la mirada hacia las manos de la muchacha, que aún sostenía su ropa con fuerza—. Dijo que eso dirías. Cuatro va a intentar volver a Chicago.
El aire abandonó sus pulmones nuevamente.
( . . . )
—Peter, tengo un trabajo para ti en Chicago.
—¿En qué me beneficia?
—Si sale bien, puedes escoger el trabajo que quieras... menos el mío.
Sonrieron.
( . . . )
Respiró con fuerza. Se despidió de su orgullo. Abrió la puerta que daba a una pequeña habitación, dentro de ella estaba Edd, en una silla.
—¿Has visto a Peter?
El pelirrojo se veía sorprendido: —¿No está en su cápsula? No, no lo he visto.
¿Cápsula? Creí que eran oficinas.
Miró hacia el pasillo, vio a algunas personas salir de una... cápsula. Entró en la de Edd, cerrando la puerta a sus espaldas, sin apartar la vista de las personas.
Debía ser precavida.
—Y yo... ¿puedo hacer algo por ti?
Lo pensó unos segundos.
—Busca a Cuatro, no le digas a nadie.
—Okay, claro. Lo que necesites, Valentine.
Intentó sonreír.
-V