Cap. 10

1502 Palabras
—Este no es el lugar que creías...- —, escuchó el suave susurro, y su cuerpo entero gritó una respuesta, pero ella se mantuvo en silencio. —Si pudieras salvar a una sola persona, y tu elección fuera entre un niño sano y un viejo enfermo. ¿A quién elegirías?—, David interrumpió abruptamente a Tobias, solo logrando aumentar el enojo y desespero del ojiazul.  David quería jugar un juego, mientras que Tobias que quería finalizarlos todos. Personalmente, no escogería a ninguno. Pero él no quiere escuchar eso... —Yo no elegiría. —Entonces ambos mueren. Tobias no elegiría, simplemente porque en su conciencia quedaría que por salvar a uno, el otro muere. Él los habría salvado a ambos, incluso, se atrevería a decir, se habría sacrificado para salvarlos a los dos. Hubo una pequeña y silenciosa guerra de miradas entre los dos hombres. Eso, sin contar los otros cuatro pares de miradas que reposaban en aquella discusión, la de Matthew incluida -solo que la de él saltaba entre la pecosa y David, evitando casi con miedo la de Tobias. —Debemos irnos—, sentenció David, con suma severidad. El hombre caminó hacia el otro lado del gran salón, donde ya se hallaba una nave, con las puertas abiertas, esperando a ser abordada. —Vale, tenemos que regresar a Chicago, nunca debimos irnos—, casi rogó, buscando la mirada de la castaña. Ignorando aquel apodo que jamás escuchó salir de sus labios antes, frunció el ceño, reflejando en sus facciones el desconcierto y lo mucho que su actitud tan errática y desenfrenada, logró fastidiarla. ¿Qué? ¿Es broma? ¿Verdad? —No—, sonó tan infantil que incluso se atrevería a decir que Tobias ocultó con habilidad una sonrisa. Aclaró su garganta, recobrando la compostura—. Hay que esperar. —Esperamos lo suficiente. David no es la persona que tu crees que es. —Pero no tienes idea del trabajo que estamos haciendo. —¡¿Qué trabajo están haciendo?!—, susurró entre dientes, pero el tono empleado era digno de un grito. Su actitud, su tono, su forma tan brusca de hablarle, el agarre firme y fuerte -que seguramente dejaría marcas violáceas en la palidez de sus brazos. Era consciente de que seguramente todo esto, todo, tenía una explicación; y más cuando era de Tobias de quien se refería. Pero, en el fondo, en un oscuro rincón de su mente, una insidiosa voz fue ligada a un recuerdo, y por dos tortuosos segundos sintió que no era Tobias quien le hablaba con firmeza y súplica, sino su ebrio padre. Con su voz firme y enojada, con su presencia imponente y furiosa, con sus gestos exageradamente toscos. La insidiosa voz le gritaba que Tobias se estaba comportando como Adam, y que debía correr y alejarse de él tanto como le fuera posible. Decidió ignorarla, no quería que aquello inundara su mente, en absoluto. Porque sabía que se trataba de él, del ojiazul. Del muchacho que siempre había puesto su seguridad como prioridad, del muchacho que la abrazaba en las noches y le susurraba que solo se trataba de una pesadilla -que estaba a salvo.  Respiró con fuerza, cerrando los ojos por unos segundos, solo para escapar de la mirada azulada. —¿Tienes una idea de lo que pasa allá afuera?—, cuestionó él, nuevamente con un tono casi retador. —Naturalmente. ¿Entonces por qué demonios crees que vamos a ver al Consejo? ¡¿Una visita social?! Esto no es Cordialidad, no nos invitaron a almorzar...- —, casi gritó, dejándose contagiar de la ira de Tobias. Se podría decir que en cuanto al manejo de emociones, ella no era un ejemplo a seguir. Dos pueden jugar a esto. Muy rudo con tu mandíbula apretada y, tus brazos marcados y trabajados. Bueno, yo... ¿yo qué? Solamente soy una altanera de primera, que le hace frente a su intimidante novio, con la esperanza de ganar. Pudo escuchar a Tobias suspirar, en un gesto que, asumió, era para mantener los nervios a raya. Desvió su mirada unos segundos a las manos del muchacho. Ahí estaba. Abriendo y cerrando los puños repetidamente.  Realmente estaba haciendo su mayor esfuerzo por mantenerse relativamente calmado. —Pecas...- Val—, pareció corregirse, y ese solo acto le incomodó. Detestó que se hubiera corregido a sí mismo por un apodo que le parecía muy dulce, le importaba poco si Uriah le decía así o incluso él; amaba ese apodo y amaba que lo usaran para referirse a ella—. Tienes que escucharme. —¡Tenemos que irnos!—, escuchó el eco de la voz de David a la distancia. Podía oír la súplica en su voz. El temor... el insidioso y abrumador temor. El temor de ser abandonado de nuevo. Quiso abrazarlo con todas sus fuerzas y nunca dejarlo ir. Quiso escucharlo hablar de todo lo que le tenía por decir, en efecto. Quiso arreglar las cosas con él, hablar como personas civilizadas -y no como el par de adolescentes altaneros, orgullosos y toscos que eran. Quiso dejar la máscara de mal carácter, rudeza y orgullo, y hundirse entre sus brazos mientras se caía en mil pedazos. Era una pequeña bolita, en un principio, una pequeña bolita de porquería, que iba creciendo conforme las cosas empeoraban. La muerte de Tris -de la cual aún no se recuperaba-, la muerte de Tori, luego las peleas con Tobias que sucedían con más frecuencia -lo que los condujo a distanciarse y a tratarse el uno al otro casi como extraños. Y ahora, esto. Estaba entre la espada y la espada. No había una "pared", dos espadas que amenazaban con acabarlo todo a la primera de cambios. Tomó una inspiración fuerte, sintiendo el aire llenar sus pulmones. Sintiendo el valor llenar su ser. Porque lo necesitaba, para lo que iba a hacer, lo necesitaba. Alzó una mano, rozando la mejilla de Tobias donde podía sentir los pequeños vellos que formaban los indicios de una barba. Su mirada bailó por todo el rostro del muchacho, pero paseándose más de una vez por sus labios, enfocándose finalmente en sus brillantes ojos azules. Sintió sus propios ojos arder y nublarse ante la formación de lágrimas en ellos. No. No ahora. No así. Simplemente no. Por favor... —Tengo que ir—, su voz tembló sin piedad, tan baja que temía que ni siquiera el mismo Tobias la hubiese escuchado. Tan baja que temió no haber hablado en absoluto. Pero para su sorpresa, sí, la escuchó, y lo pudo confirmar al escucharlo suspirar por lo bajo, quitar la mirada de ella y dirigirla al suelo; y finalmente, como si de un puñal en su pecho se tratase, dejó de sentir la calidez de la mano derecha del mayor en su hombro, en un gesto cargado de rechazo y decepción. En sus ojos pudo ver algo familiar. Pero no podía deducir qué era. No sabía que se trataba del sentimiento de abandono, de que -no solo un agujero se instalaba en su pecho, sino que este se las arreglaba para esparcir el sentimiento por todo su cuerpo, hasta el punto de convertirse en dolor puro. Era consiente del daño que le había hecho. Sabía que con esas simples palabras había logrado deshacerse de lo "brillante" en los ojos de Tobias. Quiso gritar, llorar, huir, golpear algo -lo que fuera. Pero se limitó a observar la escena frente a sus castaños ojos: veía el momento exacto en que los ojos de Tobias perdían el brillo acogedor, y se convertían en un par de diamantes fríos, distantes y calculadores. Pudo ver, de primera mano, el momento en que Tobias se apagó frente a sus ojos. El momento en que dejó de ser Tobias, y se convirtió en Cuatro. Quiso decir algo. Lo que fuera. Pero estaba en blanco. Su mente y su boca parecían dos unidades independientes, donde no podía expresar lo que pensaba con sonidos coherentes. Suspiró. Y gesticuló un suave y pequeño "lo lamento tanto". Caminó de espaldas hacia David quien observaba la escena casi maravillado, giró sobre su eje, ahora caminando de frente. Por favor, no digas nada. Te lo imploro. —Cometes un error. Con un demonio. ¿Había necesidad de eso? ¡No, maldición! ¿Por qué tienes que complicar las cosas? —¿Y tomar buenas decisiones cuándo ha sido una cualidad mía?—, dijo tan bajo que solo David pudo escucharla, quien no dudó en reír abiertamente ante esto. No quería, evidentemente. No quería dejar atrás al único hombre, a excepción de Uriah, que la había tratado como si mereciera el mundo entero -pero siendo consiente de que ella misma podía conseguirlo por su cuenta si así lo quisiera. A la primera persona que le había mostrado sus cicatrices. Y la primera persona que las besó todas y cada una. La primera persona que le mostró que por muy rota que estuviera... siempre podía sanar. -V
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