Cap. 6

1559 Palabras
—Ojalá estuviéramos solos—, susurró Tobias, rozando sus labios. Sonrió tontamente, entendiendo completamente a lo que se refería. Se sumieron en un compás sincronizado, donde sus respiraciones se mezclaban y sus labios se movían en completa sincronía. Los dedos de Tobias se deslizan por la corta cabellera castaña de la pecosa, y ella pasó sus brazos por el cuello del mayor, para juntar sus cuerpos aún más.  Ignorando que la habitación que les habían asignado, realmente eran dos literas, y ninguna pared. Por lo que, si la temperatura entre ellos llegase a subir aunque fuera un poco... bueno, cualquiera los vería. Él es más fuerte que cualquier otra persona que conozco, y más cálido de lo que cualquiera puede llegar a imaginar. Él es el secreto -de los muchos que tengo- que guardo como un tesoro, y el que guardaré por el resto de mi vida. —Amm... disculpen—, el simpático hombre los interrumpió, y por un segundo quiso quitarse ese pulcro y limpio zapato que le habían dado, y tirarlo a su cara. Notó que llevaba en sus brazos un cambio de ropa, esta era de color blanca—. El director espera—, les había arruinado el momento, lo que justificaba sus caras fastidiadas. Tobias dio unos cortos pasos hacia el muchacho, dispuesto a ir con el director—. Lo siento, él espera a Valentine solamente. —¿No podemos ir juntos? —Bueno, como tú abriste la caja que te invito aquí, quiere agradecerte personalmente. Qué injusto. Incluso en su cabeza sonó como un berrinche de una niña pequeña. De no ser por él, yo ni siquiera habría llegado a la estúpida caja. Miró a Tobias sobre su hombro, él le sonrió cortamente, levantando un poco su mano derecha en señal de despedida. —Te veré luego—, lo escuchó susurrar. Oh, no... —Despídete bien—, dijo en voz alta, con una gran sonrisa creciendo en su cara. Qué demonios estás haciendo. Lo que sea, no pares. Debido a la distancia a la que se encontraban, ella dio un pasó para acercarse, con una mano tiró de la camiseta del mayor, y con la otra -poniéndola a propósito, peligrosamente en la entrepierna del mayor, dejó un suave beso sobre sus labios para luego alejarse sin decir nada. Eso estuvo bien. Su pupila se dilató, y Matthew se incomodó por la situación. Tres puntos para mi. Oh, soy asombrosa. Sabía que Tobias la seguía con la mirada, lo sentía. Lo que solo lograba subir su ego y mejorar su ánimo. Esa pequeña sonrisa de triunfo jamás dejó su cara. ( . . . ) Subían por una cabina de cristal, que literalmente levitaba. Se asomó por una ventana abierta, miró hacia abajo instintivamente. Ahí estaba él. Lo saludó, aún con aquella mueca triunfante en su cara, él le devolvió el gesto, pero parecía algo descolocado... preocupado. Se quedó mirándolo hasta que desapareció de su campo de visión. —Nunca creí que el mundo fuera tan grande. —Sí, Chicago es una de las cincuenta grandes ciudades que existían, sólo en este continente. Más allá hay más tierra y océanos de lo que te puedas imaginar. Le agradaba Matthew. Era simpático y parecía dispuesto a hablar, a responder a sus preguntas. Pero había algo en él que no terminaba de convencerla, tal vez su apariencia misteriosa, o que no lo conocía bien; o, las miradas que le lanzaba, esas miradas que fingía no notar solo para no incomodar al chico al atraparlo viendo su escote o detallando alguna cicatriz en su cuerpo. —¿Y solo nosotros nos hundimos en porquería? ¿o todo está igual de podrido? Rió, intentando alivianar el peso de sus palabras. —Sí, todo. Excepto Providencia. Por eso es tan importante lo que estamos haciendo, Valentine. —Vaya, sonó como una gran responsabilidad—, antes de que el muchacho pudiera contestar, ella continuó—. Me dio dolor de espalda solo de escuchar el peso de la responsabilidad. La caja flotante se detuvo y una puerta se abrió, dando el paso a una gran habitación con muebles naranjas. Matthew le cedió el pasó, y una vez hubo ingresado, la puerta se cerró. Sintió un pequeño nudo de angustia. ¿Qué pasaría ahora? ¿Por qué él no la acompañaba? Miró a su alrededor, buscando alguna vía de escape, instintivamente. En efecto, todo era de un elegante color blanco marfil. Con una decoración bastante moderna... adecuada. Y unos muebles de un brillante color naranja. Notó que por unas escaleras bajaba un hombre canoso, vestía de traje bastante elegante, mostrando en su imagen el alto rango que tenía en aquel lugar. —Hola. —Usted debe ser el director—, lo miró, con una ceja enarcada. —Oh, por favor, llámame David. Es un placer conocerte por fin. Debes tener muchas preguntas. Mientras aquel hombre bajaba por las escaleras, ella se limitaba a detallar las vistas que tenía aquel salón. Desde ahí se veía todo aquel desierto rojo, toda la tierra baldía a sus alrededores. Oh... ¿que si tengo preguntas? Hombre, ¿cómo cree?... sí. Para empezar: ¿Qué es un aeropuerto? —Apenas lo estoy procesando—, se limitó a decir, con una sonrisa amable y fingida en su cara—. Aunque pensándolo bien, no. Tengo mucho por preguntar y quiero respuestas...- —Oh, Valentine, te conozco. Yo te vi nacer... Espera, ¿qué? —Vi el amor que tu madre y tu padre te profesaron—, su sonrisa desapareció—, vi a una pequeña con una infancia feliz...- —A ver...—, tomó aire, juntando sus manos—, define "feliz" y "amor de padre". —Vi a una pequeña con una infancia feliz convertirse en una joven capaz de tomar decisiones. Ser osada, desafiar a Jeanine, salvar Chicago—, completó la frase David, algo fastidiado por haber sido interrumpido—. Para tu gente eres una divergente, para el Consejo: una anomalía, para mí eres un milagro. Qué bellas palabras... encantadora tu mentira, eh, casi me la creo. Sonrió, intentando lucir amable. Aunque, si ese hombre la conocía tan bien como decía, ya debió haber notado la falsedad de su amabilidad. —David, estimado David...—, alargó, balanceándose sobre sus pies—, ¿es usted consciente de lo que pasa en Chicago? Sus facciones se deformaron a una mueca de desconcierto, de decepción. —Por supuesto, sí. Los de Erudición complicaron mucho las cosas, pero no te preocupes por eso; restablecer el orden en Chicago es importante tanto para mí como para ti. Debemos salvar a los Defectuosos. Nuevamente generan más dudas y no responden a las que ya tenía. Esta lista será eterna. —¿Defectuosos? —Las alteraciones genéticas tuvieron consecuencias desastrosas: tan valiente que eres cruel, tan pacífico que eres pasivo, tan listo que careces de compasión, como tu amigo, Edd. —¿Edd es Defectuoso? A ver, sabía que algo iba mal ahí dentro pero no al punto de sacar una nueva r**a de humanos solo por él—, bromeó con una sonrisa en su rostro, al notar la cara seria de David, recobró la compostura, borrando todo rastro de burla—. Está bien. Otra vez, ¿Edd es Defectuoso?—, esta vez intentó sonar intrigada, como si el término fuera algo nuevo, que jamás escuchó antes. —Sí—, dijo David con una voz que parecía ser una sentencia de muerte—. Por casi doscientos años nuestras más grandes mentes científicas han querido probar una teoría: Al rescatar a los genéticamente defectuosos del ambiente tóxico de La Periferia, y ponerlos en un lugar como Chicago, tal vez, con el tiempo el material genético humano sanaría sólo y volvería a su forma original. —¿Y yo soy una de ellos?—, cruzó sus brazos sobre su pecho, mirando a David con una mueca casi incrédula. —Tu eres la única. Umm, ¿qué? No, imposible. Me rehúso a creer tal barbaridad. —Imposible. Tobias es divergente, Uriah también, Tris era divergente, hay muchos divergentes. —No divergente. Pura. Tus genes son puros. El resto son Defectuosos. Bueno, mis genes sí, pero yo... oh, el beneficio de la duda. —¿Cuatro? —Defectuoso. —¿Uriah? —Defectuoso. —¿Tris? —Podemos seguir así todo el día, todos son Defectuosos—, la detuvo—. Pero en comparación, entre Cuatro y Edd, ambos sabemos que Cuatro es menos defectuoso. "Defectuoso" Tobias. ¡Ja! Ese hombre fue enviado a la tierra por los mismísimos dioses. El único defecto que le veo es que no esté aquí, ahora. —Lo que podamos entender de ti lo usaremos para ayudar a los otros Defectuosos. Okay, okay. Voy entendiendo. He entendido más en esta conversación de siete minutos que en todo el tiempo que fui a la escuela. Pensó. No, un segundo, algo no encaja. —Muy bien... ¿y todo eso que me acaba de explicar, estimado David—, soltó con algo de burla pero en su mayoría duda—, cómo infiernos afecta a Chicago? Silencio. Ah, dulce sabor de la venganza. Ahora quién no tiene respuesta a una pregunta. Puntos: Yo: 1, Gente del futuro: 32. -V
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