Capitulo 1 [La noche que lo cambió todo]

860 Palabras
Narra Akila. Hay noches que no terminan cuando sale el sol. Se quedan respirando contigo, escondidas bajo la piel, recordándote que tu vida acaba de romperse… y que nada volverá a ser igual. Esa era una de ellas. Mis piernas ardían por el cansancio, pero seguían moviéndose. Paso tras paso. Huida tras huida. No sabía cuánto tiempo llevaba caminando por las calles frías, solo que cada metro que avanzaba me alejaba más del lugar que alguna vez llamé hogar… y de las personas que decidieron que ya no había espacio para mí en él. Mis hermanas. Tragué saliva. No. No iba a pensar en eso. Si lo hacía, me derrumbaría. Y no podía permitirme caer. No aquí. No cuando estaba sola. Las luces de la ciudad brillaban como si se burlaran de mí. Todo seguía igual para el mundo… excepto yo. Me detuve frente a una vitrina y mi reflejo me devolvió la mirada: ojos rojos, ojeras marcadas, cabello revuelto. Parecía más pequeña. Más frágil. —No llores —susurré. Pero las lágrimas no obedecen órdenes. El dolor en mi pecho era punzante. No físico… algo más profundo. El tipo de dolor que te vacía por dentro. Perder a mis padres había sido como caer al vacío. Pero que mis propias hermanas me echaran… eso fue el golpe final. Respiré. Una vez. Dos veces. Sigue caminando, Akila. Eso era lo único que podía hacer. Un escalofrío me recorrió la espalda cuando escuché pasos acelerados detrás de mí. Mis músculos se tensaron. Instinto puro. Levanté la mirada justo cuando una mujer se detenía a unos metros de distancia. No invadía mi espacio… pero me observaba con atención. Sus ojos eran cálidos. Demasiado cálidos para una noche como esa. —¿Qué haces sola a estas horas, niña? —preguntó. Mis brazos se cruzaron automáticamente sobre mi cuerpo. Protección. —No tengo a dónde ir —admití. Decirlo en voz alta lo hizo real. El silencio que siguió fue pesado. La mujer me estudió con una calma que me incomodaba… como si pudiera leer todo lo que intentaba ocultar. —¿Cómo te llamas? —Akila. Repitió mi nombre suavemente, pensativa. —Estoy buscando chicas para trabajar —dijo—. Tendrías alojamiento, comida y sueldo. Trabajo honesto. Mi corazón dio un salto. Demasiado bueno. Demasiado rápido. —¿Por qué ayudarme? —pregunté con cautela. Su sonrisa fue pequeña, sincera. —Porque alguien hizo lo mismo por mí cuando lo necesité. Desconfié. La vida no regalaba salvaciones. Siempre había un precio. Pero el viento helado atravesó mi ropa, recordándome mi realidad: estaba sola, sin dinero, sin destino. No tenía opciones. —Espere —dije cuando comenzó a girarse—. Iré con usted. Un brillo de alivio cruzó su mirada. —Sígueme. Puedes confiar en mí. La observé en silencio. Confiar… ya no era algo sencillo. —No confío en nadie —aclaré—. Pero no tengo otra opción. Ella asintió sin ofenderse. Caminamos. Cada paso aumentaba mi alerta. Miraba a todos lados, preparada para correr si algo se sentía mal. Pero nada ocurrió. Hasta que lo vi. Altos muros se levantaban frente a nosotras, iluminados por una luz dorada que parecía arrancada de otro tiempo. Mi respiración se detuvo. —Esto es… Las palabras murieron en mi garganta. Guardias custodiaban la entrada. Uniformes impecables. Miradas firmes. La mujer avanzó con naturalidad, y ellos la dejaron pasar. Mi pulso se disparó. —¿Estamos en el…? —Palacio Real —confirmó—. Ahora trabajarás aquí. El mundo se inclinó. Un palacio. No un refugio cualquiera… un palacio. Las puertas se abrieron y el interior me golpeó con su grandeza: candelabros brillando como estrellas atrapadas, alfombras rojas extendiéndose como ríos silenciosos, paredes adornadas con símbolos antiguos que parecían observarme. Todo era demasiado. Demasiado hermoso. Demasiado peligroso. Mi corazón latía con fuerza. Esperanza… y miedo. —Soy Milah —dijo—. Bienvenida al palacio, Akila. Mis ojos ardieron. No lloré. Esta vez no. Enderecé la espalda. Si este era mi nuevo comienzo… lo tomaría. Aunque el aire del palacio parecía susurrar advertencias. Aunque algo en mi interior gritaba que este lugar guardaba secretos. Aunque sentía que acababa de cruzar una puerta de la que no habría regreso. Seguí a Milah por los pasillos, intentando no parecer impresionada. Pero cada detalle me atrapaba: columnas talladas, tapices antiguos, ecos lejanos de pasos que parecían contar historias. —Aquí vivirás —dijo al detenerse frente a una pequeña habitación. Abrí la puerta. Era sencilla… pero limpia. Una cama, un baúl, una ventana que dejaba entrar la luz de la luna. Refugio. Después de horas de incertidumbre, el peso del día cayó sobre mí de golpe. —Descansa —indicó Milah—. Mañana empieza tu nueva vida. Nueva vida. Cuando la puerta se cerró, el silencio me envolvió. Me senté en la cama y respiré temblorosa. Todo había cambiado en una noche. Toqué mi pecho. Seguía latiendo. Seguía aquí. Y aunque no lo sabía… tenía la sensación de que este palacio no solo me había dado un techo. Me había arrastrado directo al centro de algo mucho más grande. Algo que apenas comenzaba.
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