Akila dankworth
No sé cuánto tiempo dormí.
No fue un sueño profundo… fue más bien como caer en agua oscura sin tocar el fondo. Recuerdos, voces, imágenes que no lograba entender flotaban a mi alrededor. A ratos creía escuchar mi nombre, susurrado desde algún lugar que no podía ubicar.
Desperté de golpe.
Mi respiración era irregular, como si hubiera corrido kilómetros. Me incorporé lentamente, dejando que mis ojos se acostumbraran a la penumbra. La habitación seguía igual: silenciosa, ordenada… demasiado tranquila.
Pero algo no encajaba.
El silencio del palacio no era vacío. Era espeso. Vivo. Como si las paredes respiraran conmigo.
Me froté los brazos.
—Es solo tu imaginación, Akila —murmuré.
Mentira.
Lo sentía en la piel.
Me levanté con cuidado. El suelo frío me devolvió al presente. Caminé hasta la ventana y aparté la cortina apenas lo suficiente para mirar afuera.
El amanecer apenas comenzaba a teñir el cielo de azul. El patio interior del palacio se extendía debajo: columnas altas, jardines perfectamente trazados, una fuente inmóvil que parecía congelada en el tiempo.
Y entonces lo vi.
Una figura masculina cruzaba el patio con paso firme.
No sé cómo explicarlo… pero mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Mi respiración se detuvo.
Había algo en su forma de moverse. Seguridad. Control. Como si perteneciera a ese lugar más que nadie.
Levantó la cabeza.
Nuestros ojos se encontraron.
Fue apenas un segundo.
Pero algo me atravesó el pecho como una descarga eléctrica.
No fue miedo.
Fue… reconocimiento.
Retrocedí de la ventana como si me hubiera quemado.
—¿Qué demonios fue eso…? —susurré.
Mi corazón seguía latiendo demasiado rápido.
Un golpe suave en la puerta me hizo girar.
—¿Akila? —la voz de Milah.
—Sí… estoy despierta.
Entró con una bandeja. El aroma de pan caliente y especias dulces llenó la habitación. Mi estómago reaccionó antes que mi orgullo.
—Come —dijo—. Hoy aprenderás cómo funciona este lugar.
Mientras comía, sentí su mirada evaluándome.
—Aquí todo tiene reglas —continuó—. Cada gesto importa. Cada palabra también.
—¿Tan estricto es?
Milah sonrió levemente.
—Este palacio no es solo un hogar. Es tradición viva.
No supe por qué esas palabras me dieron escalofríos.
Tradición viva.
Sonaba… peligroso.
—
Durante el día, el palacio parecía otro.
La luz revelaba detalles que la noche ocultaba: símbolos tallados en piedra, mosaicos con patrones repetitivos, telas bordadas con figuras antiguas.
Todo parecía… significativo.
Extendí la mano hacia uno de los símbolos.
—No lo toques —dijo Milah con rapidez.
Retiré la mano.
—¿Por qué?
Dudó.
—Hay cosas que es mejor respetar… aunque no las entiendas.
Eso no respondió nada.
Pero mi piel seguía erizada.
Mientras caminábamos, sentía las miradas de los demás sirvientes. Nadie era grosero… pero había algo en el ambiente. Tensión. Expectativa.
Como si todos supieran algo que yo no.
Y eso me incomodaba.
Porque yo también empezaba a sentir que ese lugar escondía algo.
Algo grande.
—
Horas después, mi mente seguía regresando a la figura del patio.
A esa mirada.
Ridículo.
No lo conocía.
Pero mi cuerpo recordaba la sensación.
Un sonido me saco de mis pensamientos y me sobresalte.
Giro la cabeza.
Y ahí estaba el.
Más cerca.
Mucho más.
Sentí el aire cambiar.
Era alto. Imponente. Su presencia llenaba el espacio sin esfuerzo. Sus ojos… no sabría describirlos. Eran intensos. Observadores. Como si me desarmaran capa por capa.
—Eres nueva —dijo.
No fue una pregunta.
—Sí —respondí, odiando que mi voz sonara más suave de lo normal.
Silencio.
Sostuvo mi mirada.
Y mi corazón empezó a golpear demasiado fuerte.
—Ten cuidado —dijo finalmente.
Fruncí el ceño.
—¿Con qué?
Una leve curva apareció en su boca.
—Con este lugar.
Y se fue.
Así de simple.
Me quedé inmóvil.
No fue una advertencia casual.
Fue… una promesa.
Milah apareció segundos después.
—No deberías hablar con él.
—¿Quién es?
Vaciló.
—Alguien que no pertenece a tu mundo.
Eso solo empeoró mi curiosidad. La duda de quien será llena mi mente y ninguna respuesta, aunque por su ropa, seguro que no pertenece a mi mundo.
(...)
Esa noche no pude dormir.
El palacio estaba inquieto.
Lo sentía.
La presión en mi pecho no me dejaba en paz. Me levanté y salí al pasillo. La luz era tenue. El aire olía a incienso antiguo.
Caminé sin rumbo.
Hasta que escuché voces.
Me escondí tras una columna.
—No podemos retrasarlo —susurró alguien.
—Ella ya está aquí —respondió otra voz.
Mi corazón se aceleró.
¿Ella?
—El ritual debe cumplirse.
Ritual.
Mi piel se erizó.
Retrocedí… y mi pie rozó el suelo.
Silencio.
—¿Quién está ahí?
El pánico explotó en mi pecho.
Corrí.
Pasillos borrosos.
Respiración agitada.
El palacio parecía cerrarse sobre mí.
Giré una esquina —y choqué contra un cuerpo sólido.
Manos firmes me sostuvieron.
Él.
Otra vez.
Sus ojos eran más oscuros ahora.
—Te dije que tuvieras cuidado —murmuró.
Intenté hablar.
No pude.
Su cercanía era abrumadora. No me tocaba más de lo necesario… pero su calor me envolvía.
Seguridad.
Peligro.
Atracción.
Todo al mismo tiempo.
Pasos resonaron cerca.
Me empujó suavemente contra la pared, cubriéndome con su cuerpo.
Su respiración rozó mi oído.
—No hagas ruido.
Un estremecimiento me recorrió entera.
Las voces pasaron.
Silencio.
Lento… se apartó.
Nuestros ojos se encontraron.
Algo quedó suspendido entre nosotros.
Algo que no tenía nombre.
—Vuelve a tu habitación —dijo suavemente.
Asentí.
Caminé sin mirar atrás.
Cuando cerré la puerta, mi cuerpo seguía temblando.
No de miedo.
De anticipación.
Apoyé la espalda contra la madera.
Respiré.
El palacio guardaba secretos.
Y yo acababa de quedar atrapada en el centro.
Algo antiguo se movía.
Algo que me había estado esperando.
Y apenas comenzaba.