Capitulo 3 [Aprendiendo a respirar entre coronas]

973 Palabras
Akila Despertar en el palacio todavía se sentía como abrir los ojos dentro de la vida de otra persona. Durante unos segundos -los más frágiles- olvidaba dónde estaba. Mi mente esperaba el techo viejo de mi antigua habitación, el ruido familiar de la calle, el murmullo cotidiano que me decía que el mundo seguía siendo el mismo. Pero no lo era. Las cortinas pesadas, la piedra tallada, el silencio... me devolvían a la realidad. El palacio. Mi nueva vida. Respiré hondo antes de sentarme en la cama. El suelo estaba frío bajo mis pies, pero ya no me sobresaltaba. Supongo que el cuerpo aprende rápido cuando entiende que resistirse no cambia nada. Mientras me vestía con el uniforme, mis manos temblaron levemente. No por frío. Por memoria. Y sin querer... regresé a ese momento. Flashback Observo fijamente a mis hermanas junto a la puerta. Sus miradas se clavan en los libros que llevo en las manos como si fueran una ofensa personal. No me da tiempo a reaccionar. Gianna los arranca de mis brazos y los lanza al suelo. El sonido me atraviesa. —¿¡Qué hacen?! —chillo, viendo cómo los patean a un lado. —Lo necesario para que dejes de ser una rata de biblioteca —escupe Cecilia. Sus ojos arden con algo que no es solo rabia. Es dolor mal dirigido. Siempre he pensado que las personas no dañan porque sí... dañan porque no saben qué hacer con lo que llevan dentro. Me agacho para recoger los libros. No me lo permiten. Sus manos se enredan en mi cabello. —Si no serás como nosotras, no puedes seguir aquí. —¿Cómo ustedes? —repito, sintiendo el enojo hervir— Primero muerta. El silencio que sigue es peligroso. Y entonces todo ocurre rápido. El tirón. El grito que no logro contener. La puerta abriéndose. El golpe de mis rodillas contra el suelo. —No volverás a poner un pie en esta casa —resuena su voz. Las lágrimas que retuve caen sin permiso. Mi mundo se rompe en silencio, ahí, frente a la puerta que alguna vez fue hogar. Minutos después me levanto. No tengo a dónde ir. Pero sé que no puedo quedarme. Y camino. Porque incluso rota... sigo siendo yo. Parpadeé. La habitación del palacio volvió a tomar forma frente a mí. Mis manos seguían tensas. Respiré. —Ahora estás aquí—me dije. Y salí al pasillo. El palacio ya estaba despierto. Sirvientes caminaban con precisión, como si cada movimiento estuviera ensayado. Nadie hablaba más de lo necesario. Nadie estorbaba. Aquí todo tenía orden. Y yo... intentaba encajar. Milah me esperaba cerca de la cocina. —Hoy servirás en el comedor real —dijo. Sentí el estómago caer. —¿Yo? Su mirada decía compórtate. Mis manos empezaron a temblar. Pasé de caminar sola en la calle... a servir a la familia real. Una locura. Tomé la bandeja principal. Pesaba más por la responsabilidad que por su contenido. Otros empleados se colocaron a mi alrededor. Respiré. Debo ser profesional... debo ser profesional... Milah abrió las puertas del comedor. Demasiado rápido. Entré sin mirar a nadie. Tal como me habían enseñado. Me acerqué a la mesa y dejé la bandeja central. Sentía las miradas. El peso de ellas. Una chica me entregó otra bandeja con una jarra. —El príncipe —susurró. Alcé la mirada. Y lo vi. Sus ojos grises se clavaron en los míos con una intensidad que me robó el aire. El es el chico que me he entrado ya varias veces en el palacio sin saber que era el príncipe. Tragame tierra, aparte creerá que soy una metiche por estar escuchando conversaciones que no me incumben. El silencio se alargó un segundo de más. Error. Un carraspeo me devolvió al presente. Avancé. Mis manos traicionaron mis nervios. La bandeja resbaló. El jugo cayó. Directo sobre él. El tiempo se detuvo. Mi rostro palideció. Mis ojos buscaron los suyos en pánico, sabiendo que es mi fin. Nadie grito ni reaccionó, todo quedó en sumo silencio. El no reaccionó de forma exagerada. Pero su mirada... Dios. Sentía que me iba a atravesar. —Lo siento —susurré, sintiendo que el mundo se abría bajo mis pies. Nadie se movía. Nadie respiraba. Hasta que él habló. —Ni siquiera pueden conseguir gente competente, Milah, despidela y tu aprende a fijarte por donde caminas. Su voz era firme. Calma. Peligrosamente controlada. Un guardia se acercó, limpiaron el desastre, y yo retrocedí con el corazón golpeando contra mi pecho. Milah no me miró. Lo cual era peor pero su voz me dio un rayo de luz en medio de el gran desastre. —Majestad, me disculpo en su nombre, dele otra oportunidad, es nueva y no sabe lo que hace. La mirada del príncipe pasó de mi a ella y bufo. —Solo desaparecela de mi vista. El enojo cubrió mi vista pero evite decir lo que pienso para que las cosas no empeoren. El resto del servicio pasó en una neblina de nervios. Pero algo cambió. Cada vez que levantaba la vista... lo encontraba observándome. Con una mezcla de desden e interes que no lograba definir. Y eso era infinitamente más perturbador. Cuando finalmente salí del comedor, mis piernas temblaban. Me apoyé contra la pared. Respiré. Sobreviví. Otra vez. Pensé en la chica que había sido expulsada de su casa. Y en la que ahora servía frente a una corona. La vida no avanzaba en línea recta. Giraba. Golpeaba. Te arrancaba cosas... Y te entregaba otras que aún no sabías manejar. Miré mis manos. Ya no temblaban. Tal vez no me estaba volviendo fuerte. Tal vez solo estaba aprendiendo a no romperme. Y en este palacio... Eso sería necesario. Porque lo sentía. Algo grande se movía bajo la superficie. Y yo... estaba justo en el centro.
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